Hay tantas cosas, a propósito de Núñez Feijoo, que mueven a la melancolía y el abatimiento, que uno ha aprendido a navegar la vida como si Feijoo no existiera, como si no fuera una broma pesada la mera idea de que cuando acabe de caer Sánchez (y ya no falta mucho) su sustituto en la Moncloa será en un señor a quien en décadas de vida política no se le conoce una sola idea original, una sola iniciativa excitante, un solo momento inspirador. Después del bochorno por latrocinio, nos espera el bochorno por tedio.
Para empezar, hay que explicar a los asesores de Feijoo que ese empeño por presentarle con aires de treintañero activo y desenfadado resultan auténticamente truculentos. Le quitaron las gafas, le ajustaron los outfits, le tiñeron el pelo y lo que han conseguido es un extraño aire de cincuentón relamido del extrarradio, el tipo que insiste en saludar a todos y solo consigue que los niños se aparten. Dejen al gallego aburrido ser un gallego aburrido: de todos modos, el camino a Moncloa está abierto de par en par. Disfruten su próxima victoria y al menos no nos mareen con estilismos inquietantes.
También tendrían que entender los señores del PP que el formato ideal para Feijoo no es un talk-show semi humorístico, donde se exigen unos reflejos mínimos y algo de chispa. Para Feijoo sería mejor un plano largo y sostenido en el que se le viera sentado de espaldas en un parque, mientras a su alrededor los patos bostezan hasta desmayarse de pura desesperación. O tal vez un documental casero en el que pudiera mostrar su archivo personal (seguro que lo tiene) de frases hechas, ideas precocinadas y lugares comunes, revolviendo algún cartapacio polvoriento. Es verdad que hay que ir al hormiguero de vez en cuando si uno quiere dar la impresión de estar surfeando la ola de la actualidad. Pero ahora mismo Feijoo ganaría unas elecciones aunque se presentara intubado en una cama de hospital, en estado de coma vegetativo.
Otra petición más: ahorren al público, por favor, segmentos en los que Feijoo dice que frente a Vox él defiende las “políticas de género” o “los derechos LGTBI”. La vergüenza ajena hace que hasta las pantallas tiemblen, con el campo electromagnético ruborizándose a nivel atómico. Si tiene que decir esas cosas el candidato Feijoo, que las diga a solas en un trastero, en la penumbra, a solas con el eco de su mediocridad. No hay por qué torturar al público de manera innecesaria.
Tarde o temprano vendrá la campaña electoral y don Alberto se dedicará a dar mítines y discursos a todas horas, mirando hacia el teleprompter con aire de estar sufriendo una lipotimia. Hasta que el momento llegue, pedimos que continúe con su política de perfil bajo (o más bien de inutilidad absoluta), que bastante tenemos que soportar con el estado actual de las cosas.
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