Parastoo Ahmadi es una mujer que tiene 29 años. Es cantante. Tiene una voz extraordinaria (podéis escucharla al final del artículo). El 11 de diciembre de 2024 transmitió en directo por YouTube un concierto desde el caravasar de Deir Gachin, en Qom. No había público físico. Solo ella, su voz y un grupo de músicos. Cantó sin el velo obligatorio. El vídeo se viralizó. Esta semana, el tribunal penal de la provincia de Qom la condenó, junto a ocho miembros de su equipo de producción, a recibir 74 latigazos.
Además, dos años de prohibición absoluta para abandonar Irán y otros dos años de prohibición para realizar cualquier actividad artística. El cargo: ofender la moral pública y difundir contenido “inmoral y vulgar”.
Setenta y cuatro golpes de látigo sobre la espalda de una mujer por cantar.
No por robar, no por matar, no por conspirar. Por abrir la boca y dejar que saliera su arte sin el trapo que la denigra que el régimen decide que debe cubrirla. Cada latigazo es un mensaje claro: en esa tierra, la voz de una mujer libre es amenaza. Y mientras el cuerpo de Parastoo se prepara para pagar ese precio físico y eterno, mientras se desgarrará la carne hasta el hueso, mientras pase el siguiente mes curando cicatrices imborrables si sobrevive, una parte de la izquierda occidental —esa que se llena la boca de “feminismo interseccional”, “defensa de las mujeres” y “resistencia contra la opresión”— mirará hacia otro lado o, peor, encontrará matices, contextos culturales y “luchas legítimas” que justifican o minimizan la barbarie.
Es desgarrador porque duele en lo más profundo de cualquier persona que aún conserve un mínimo de coherencia moral, tan escasa últimamente. El sonido, el grito de dolor. El cuero cortando el aire. La piel que se abre. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis…Setenta, setenta y una, setenta y dos, setenta y tres, y cuatro veces.
Y después, dos años encerrada dentro de las fronteras del mismo país que la castiga y la descarna, y dos años sin poder cantar ni crear. Su voz, su profesión, su vida tal como la conocía, borradas por decreto. Todo porque se atrevió a enseñar el pelo sin permiso del poder teocrático. La ironía es de las que revuelven el estómago. Los mismos sectores que marchan con pancartas exigiendo “justicia para las mujeres” en cualquier país que no sea enemigo geopolítico de sus narrativas, guardan un silencio sepulcral o activan el manual de excusas cuando el verdugo lleva turbante y cita versículos que puedan justificar la aberración y crueldad.
Defienden “el derecho a la diferencia cultural” mientras una mujer iraní recibe latigazos por mostrar el pelo. Eso no es diversidad cultural. Celebran “la resistencia palestina” sin detenerse demasiado en cómo tratan a las mujeres quienes ejercen el poder real en Gaza o en los territorios controlados por grupos aliados al régimen iraní. Hablan de “patriarcado estructural” en Occidente y cierran los ojos ante el patriarcado que azota, encarcela y mata literalmente por no llevar velo.
No es que ignore los problemas en otros lugares. Es que la selectividad es obscena. Cuando una mujer en Irán, en Afganistán o bajo cualquier régimen teocrático similar alza la voz, la respuesta de esa izquierda autoproclamada progresista suele ser un “sí, pero…” que termina protegiendo al régimen más que a la víctima con tal de no acpetar su incongruencia, vale más tener razón. . “No hay que dar argumentos a la derecha”, “es culpa del imperialismo”, “hay que contextualizar”. Contextualizar los latigazos. Contextualizar la prohibición de cantar. Contextualizar el destierro interior de una artista de 29 años.
Parastoo Ahmadi no es un caso aislado. Es el síntoma de un sistema que castiga la existencia misma de la mujer como ser autónomo y libre. El régimen iraní no se conforma con prohibir; necesita castigar públicamente para que el miedo se instale en cada cuerpo, en cada espalda. Y cada vez que sectores influyentes de la izquierda occidental eligen la equidistancia cómoda o la defensa velada de esos regímenes —en nombre de antiimperialismo, multiculturalismo o alianzas geopolíticas—, están poniendo una venda más sobre los ojos de quienes podrían presionar de verdad.
El feminismo que calla ante 74 latigazos a una cantante por no llevar velo no es feminismo. Es una pose vomitiva. Es una ideología que ha decidido que algunas mujeres importan más que otras según el pasaporte del opresor. Es la traición más dolorosa: la de quienes se presentan como aliadas universales de las mujeres y terminan siendo, por omisión o por cálculo, las mejores aliadas del verdugo. Mientras Parastoo espera el momento en que el látigo caiga sobre su cuerpo, el mundo que se dice civilizado sigue dividido entre sanciones por no respetar los derechos humamnos o premiar por el acuerdo alcanzado sobre Ormuz a tan vil gobierno. Pero la piel de una mujer que solo quería cantar no entiende de complejidades. Solo entiende de dolor. Y de silencio. y de 74 latigazos. Dos años sin poder huir. Esa es la sentencia. Y la mayor condena no es solo la que dicta el tribunal de Qom. Es la que dicta cada voz que, pudiendo gritar contra esta infamia, prefiere mirar hacia otro lado o susurrar “pero…”. La espalda de Parastoo Ahmadi sangrará. Su voz, si sobrevive, quedará marcada para siempre. Y la pregunta que queda flotando, desgarradora e incómoda, En vez de invertir en bancos lila y buzones arcoiris, en carpas moradas y chupópteros holgazanes varios, por qué no se invierte realmente en ayudar en casos tan sangrantes y desgarradores como esos latigazos.






