He estado dudando si escribir sobre Juan Carlos Aragón.
Entre otras cosas porque conocí al hombre que había tras el GENIO.
Y tampoco voy a hacer ahora el teatrillo de decir que éramos íntimos. No. Nos cruzamos un par de veces y eso ya fue mucho más de lo que hubiera deseado yo, y probablemente él también. Era altivo. Tenía esa facilidad para hacerte sentir que te estaba concediendo una audiencia. Supongo que, en cierto modo, esa soberbia era el impuesto revolucionario que cobraba el genio por existir.
Lo que nunca pensé es que terminaría viendo cómo Cádiz hace con él lo que mejor sabe hacer.
Matar a sus genios dos veces.
La primera, cuando se van.
La segunda, cuando descubrimos que eran personas.
Porque resulta que ahora algunos han descubierto que Juan Carlos tenía sombras. Qué sorpresa. Como si los artistas vinieran con certificado de santidad y garantía de fábrica.
A mí todo esto me provoca una duda.
¿Qué hacemos con Picasso?
Porque Picasso, precisamente una hermanita de la caridad, no era.
Y ahí sigue Málaga.
Con su museo.
Con sus homenajes.
Con sus turistas.
Con sus camisetas.
Con sus llaveros.
Con sus imanes para la nevera.
Y nadie parece especialmente preocupado.
Es más.
Juan Carlos, al lado de Picasso, era más inofensivo que un popurrí de Luis Rivero.
Y allí sigue el museo, los llaveros…
Parece que el problema no es que los artistas tengan miserias. O si no que les recuerden a Bienvenido y al Kichi cantando el estribillo de La Botica. Toma ultrafeministas
El problema es que las miserias sean útiles según el momento.
Y ahí es donde me entra la risa.
Porque hace cuatro días había quien presumía de mostrar un gargajo de Juan Carlos sobre su lengua. Parecía que cada frase suya era una encíclica y cada pasodoble un mandamiento. Perros andaluces se hacen llamar, rindiendo homenaje a Luis Buñuel, el cual hizo vivir a su mujer un verdadero calvario. Y el perro recién llegado a la tele disfruta de atacar su memoria de su verso aún caliente, huye como las ratas. Pero no te preocupes que con esta frase te explico mejor tu cobardía: “Todos los andaluces no somos tan frescos, por ejemplo si fuera por este que habla, en un cruce de espadas tú ya estabas muerto”
Hoy miran para otro lado.
Otros descubren de repente defectos que llevaban años sin ver.
Y otros intentan adaptar el pasado a las necesidades del presente.
Una habilidad muy moderna.
Parecida a la de esos que presumen de cultura mientras homenajean a personajes históricos bastante más discutibles sin que les tiemble el pulso.
Es curioso.
Hay gente capaz de separar la obra del autor cuando le conviene.
Y de confundirlas cuando le resulta rentable.
Y mientras tanto Cádiz, que tiene una relación enfermiza con sus artistas, vuelve a hacer lo de siempre.
Subir a alguien a un altar.
Esperar.
Y disfrutar del momento de tirarlo abajo.
No aprendemos.
Necesitamos santos.
Y el Carnaval nunca ha fabricado santos.
Ha fabricado golfos.
Poetas.
Canallas.
Bohemios.
Gente brillante.
Gente insoportable.
Gente contradictoria.
En definitiva…
Seres humanos.
Lo verdaderamente preocupante no es Juan Carlos Aragón.
Ni siquiera sus luces o sus sombras.
Lo preocupante es lo rápido que esta ciudad cambia de aplauso a pedrada.
Lo rápido que decide quién merece una placa y quién merece una piqueta.
Y eso sí me da pena.
Porque al final no estamos hablando de Juan Carlos.
Estamos hablando de Cádiz.
De una ciudad maravillosa que tiene la extraña costumbre de exigir santos a sus artistas…
…y artistas a sus santos.
Y mientras seguimos entretenidos derribando estatuas, se nos está olvidando una cosa.
Que el mármol no tiene la culpa de que los hombres sean hombres.
También puede leer de Roberto Alcázar y Cádiz:
“¿Y con esto se ríen ustedes? ¿Y ésta es la grasia de Cadi?”






