Vaya tela! Si uno pensaba que los enredos del Club de La Realeza eran complicados, lo que está sucediendo en las gélidas tierras del norte, concretamente en el hogar de la realeza noruega, hace que las andanzas de algunos negociantes reales españoles parezcan un juego de niños en el jardín de infancia. Me refiero, por supuesto, al joven Marius Borg Høiby, quien se ha metido en un lío de proporciones verdaderamente épicas, del tipo que dejaría a Bertín Osborne pidiendo un whisky con sifón doble antes del desayuno.
La situación, para ponerlo en términos que el viejo Gil y Gil aprobaría, es de una gravedad «estentórea». El joven Marius, ese muchacho que creció correteando por los pasillos de palacio sin real título real, pero con toda la confianza de un duque con exceso de tiempo libre, ha sido enviado a la «nevera» por un periodo de cuatro años. El juez, un hombre seguramente de mandíbula firme y poca paciencia para las tonterías juveniles, le encontró culpable de dos cargos de violación, además de otros asuntillos relacionados con agresiones y abusos en relaciones cercanas. ¡Un total de 34 condenas de 40 cargos! Es el tipo de récord del que uno no presume en el club de golf, a menos que el club sea un establecimiento de máxima seguridad.
Pero el momento estelar, el clímax de esta opereta nórdica, fue su reciente salida temporal de las celdas para visitar a su madre, la Princesa Mette-Marit. Imaginen la escena: el joven vástago, tras pasar un tiempo contemplando las paredes de su celda y escuchando el tintineo de las llaves del carcelero, recibe el permiso para estirar las piernas y acudir al regazo materno. No fue precisamente un paseo por el parque con una sombrilla; fue una expedición legalmente orquestada porque la pobre Princesa está pasando por un bache de salud considerable, aquejada de una fibrosis pulmonar que la tiene esperando un trasplante de pulmón.
Ver al joven Marius salir del «hotel de las rejas» debió ser todo un espectáculo para los cronistas locales. Se dice que sus abogados, unos caballeros que seguramente cobran por minuto lo que un trabajador medio gana en un año, lucharon con uñas y dientes para conseguir ese breve respiro. El tribunal, que inicialmente se había mostrado tan firme como una tía abuela ante un sobrino que ha roto un jarrón, finalmente permitió el encuentro ante la deteriorada salud de su progenitora.
No puedo evitar pensar que el ambiente en la residencia real de Skaugum —donde, por cierto, el tribunal dice que ocurrieron algunos de los incidentes más «desafortunados» en el sótano— no sería precisamente de risas y confeti. Entre la madre tosiendo con delicadeza real y el hijo contando anécdotas del comedor de la prisión, la reunión debió ser lo que llamamos «de primera categoría».
Para colmo de males, la reputación de la familia está más por los suelos que un calcetín usado. Los noruegos, un pueblo habitualmente tranquilo y dado a esquiar en silencio, han visto cómo su apoyo a la monarquía ha caído al 60%, el nivel más bajo en décadas. Y es que, claro, cuando no es el hijo en el banquillo por usar «pociones espirituosas» (los análisis de sangre revelaron un cóctel de cocaína, éxtasis y cannabis, una mezcla que haría palidecer al barman más curtido), es la madre pidiendo disculpas por haber tomado el té en el pasado con un tal Jeffrey Epstein, un caballero americano de dudosa reputación que parece haber sido el centro de todas las conversaciones desagradables últimamente.
Marius, en un arranque de melancolía digno de un poeta gótico con indigestión, llegó a declarar en el juicio: «Ya no soy Marius, soy un monstruo». Una afirmación un tanto dramática, sin duda, aunque quizá más acertada que sus decisiones de fin de semana. El joven admitió haber destrozado el apartamento de una exnovia mientras estaba «bebido y drogado», lo que no es la manera correcta de terminar una relación, ni siquiera en Oslo.
Así que ahí lo tenemos: un joven de la alta sociedad con un pie en el palacio y el otro en la cárcel, saliendo brevemente para ver si el aire de casa le sienta mejor que el de la celda. El mundo de la realeza noruega se ha convertido en una novela de intriga, drogas y drama familiar que ni el mismísimo Stephen King se habría atrevido a escribir por temor a que resultara demasiado increíble.
Mientras el joven Marius regresa a su alojamiento gratuito proporcionado por el Estado, la monarquía noruega intenta desesperadamente remendar su imagen, que está más rasgada que unos vaqueros rotos, de esos que están de moda. ¡Qué tiempos, mi querido lector, qué tiempos! Uno casi echa de menos los días en que el mayor escándalo era que alguien se presentara a una cena de gala con los zapatos equivocados.
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