La manipulación del nacionalismo radical
La 24ª edición de la Korrika, presentada como una marcha popular e inofensiva por el euskera, ha vuelto a revelar su verdadera cara en 2026. Organizada por AEK, esta carrera de relevos se ha convertido, una vez más, en plataforma de exaltación a los presos de ETA. Imágenes de asesinos condenados portadas por niños, vetos ideológicos y silencio cómplice de la izquierda abertzale y socialista demuestran que el evento dista mucho de ser una iniciativa cultural neutral.
La utilización de menores como propaganda etarra destaca como uno de los episodios más repugnantes. En el barrio de Txantrea, Pamplona, un niño llevó el testigo (lekuko) luciendo una camiseta con la foto de Patxi Ruiz, condenado por el asesinato del concejal Tomás Caballero en 1998. Junto a él, otro participante exhibía la imagen de Alberto Viedma Morillas, implicado en el mismo crimen y en el de Francisco Casanova. María Caballero, hija de la víctima y senadora de UPN, lo denunció con dureza: “Es una barbaridad utilizar a un niño para portar la cara del asesino de mi padre. Han dado un paso más… Es una aberración, un insulto y una vergüenza”.
Este no es un caso aislado. La Korrika ha servido históricamente para reivindicar el acercamiento de presos y su excarcelación, con colectivos como Etxerat y Sare presentes. En 2022, el exjefe de ETA Josu Ternera ya portó el testigo arropado por cientos de personas, incluidos menores. La organización AEK defiende que se trata de una marcha “abierta y popular” y que no controla todas las pancartas o camisetas. Sin embargo, permite sistemáticamente estas exhibiciones mientras veta a quienes no comulgan con su agenda.
El veto ideológico a CCOO: intolerancia en nombre del euskera
AEK ha excluido expresamente a Comisiones Obreras de participar en esta edición. El motivo: el sindicato recurrió judicialmente ofertas de empleo público (OPE) que exigían perfiles lingüísticos desproporcionados en euskera, superiores a los mínimos legales. Para AEK, quien defiende la igualdad de acceso laboral es “enemigo” del euskera. CCOO lo calificó como “apartheid social”. El PSE-EE también se desmarcó, aunque cinco alcaldes socialistas sí llevarán el testigo, mostrando la incoherencia habitual de la izquierda.
Este veto contrasta con la permisividad hacia las proclamas pro-ETA. El euskera se utiliza como arma para imponer exclusión a quienes no se pliegan al nacionalismo radical, mientras se blanquea el terrorismo.
Financiación pública y complicidad institucional
A pesar de las polémicas recurrentes, la Korrika recibe fondos públicos de instituciones vascas y navarras. El Parlamento de Navarra destinó miles de euros por kilómetro. Cuando PP, UPN y Vox exigieron retirar esas subvenciones, el PSN de María Chivite se abstuvo o votó en contra, impidiendo la medida. Chivite lamentó que se “revictimice” a las víctimas utilizando la carrera del euskera, pero evitó cortar el grifo.
EH Bildu guarda silencio ante las imágenes de etarras y solo llama a participar masivamente. El PNV critica las “exclusiones” pero mantiene su apoyo implícito al evento. Así, el nacionalismo y la izquierda española siguen financiando, con dinero de todos los contribuyentes, un acto que ofende a las víctimas del terrorismo.
La Korrika: de herramienta lingüística a instrumento político
La Korrika nació en 1980 para promover el euskera, lengua considerada en peligro. Recorre Euskal Herria durante once días sin interrupción, recaudando fondos para euskaltegis. Sin embargo, desde sus inicios ha estado vinculada al nacionalismo vasco. Polémicas pasadas incluyen prohibiciones temporales en Navarra o tensiones con el cierre de Egunkaria.
Hoy, la realidad es innegable: la Korrika no solo defiende el euskera, sino que sirve para normalizar el relato etarra. Mientras se impone el euskera en la administración pública excluyendo a no euskaldunes, se permite que niños desfilen con rostros de asesinos. Esto no fortalece una lengua; lo que hace es dividir la sociedad y humillar a las víctimas.
Es hora de acabar con la hipocresía. El euskera merece apoyo cultural real, no como coartada para blanquear el terrorismo. Las instituciones deben retirar toda financiación pública a eventos que toleran o fomentan la exaltación de ETA. Las víctimas no pueden seguir siendo revictimizadas cada dos años bajo la excusa de una “carrera popular”.
La izquierda y el nacionalismo abertzale deben elegir: o condenan sin ambages estas imágenes o asumen que defienden un proyecto que incluye el legado de la banda terrorista.
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