Hace 216 años, en plena guerra contra los franceses, en la ciudad de Buenos Aires ocurrieron los sucesos de la llamada Revolución de Mayo en Argentina. Multicanal Radio SL inaugura un nuevo canal: MULTICANAL AMERICA TV y lo hace con una entrevista a Patricio Lons sobre esos hechos y la intervención inglesa en los mismos. Publicamos aquí un artículo sobre las tesis defendidas por el investigador argentino a quien tanto debemos.
Mayo como fractura hispanoamericana:
La interpretación de Patricio Lons sobre la génesis revolucionaria, la participación británica y la destrucción del orden anterior
José María Aguinalde
La entrevista a Patricio Lons propone una lectura radicalmente distinta de la Revolución de Mayo. No la presenta como una gesta escolar, limpia, espontánea y popular, sino como el comienzo de una fractura histórica mucho más profunda: la ruptura del orden hispánico en el Río de la Plata, la intervención de intereses británicos, la destrucción de una economía integrada y el inicio de una guerra civil entre americanos que hasta entonces formaban parte de una misma civilización política, religiosa, cultural y monetaria.
La tesis central de Lons es que Mayo no fue, en su origen, el nacimiento puro de una patria ya constituida contra una potencia extranjera, sino una crisis interna del mundo hispánico aprovechada por Gran Bretaña. Según esta mirada, en 1810 no existía todavía una Argentina plenamente formada en el sentido moderno. Existía el Virreinato del Río de la Plata, existían ciudades, cabildos, provincias, lealtades locales, intereses portuarios y una pertenencia común a la monarquía hispánica. La conciencia nacional argentina vendría después. Por eso, para Lons, proyectar hacia 1810 la idea de una Argentina moderna luchando contra España es un anacronismo.

El punto de partida es la llamada “máscara de Fernando VII”. La Junta surgida en Buenos Aires decía actuar en nombre del rey cautivo, Fernando VII, preso del proceso napoleónico. Esa fórmula permitía presentar el movimiento no como una ruptura frontal con la monarquía, sino como una defensa de la legitimidad del rey frente a la crisis española. Pero, según Lons, esa máscara se reveló rápidamente como una maniobra. Muchos hombres del interior, de Córdoba, de Montevideo, de Asunción y de otros cabildos advirtieron que Buenos Aires no estaba simplemente preservando la autoridad del rey, sino arrogándose una representación política que nadie le había concedido.
Allí aparece uno de los primeros núcleos del conflicto: ¿quién autorizaba a Buenos Aires a hablar en nombre del conjunto del Virreinato? Para la interpretación de Lons, la reacción de Córdoba, Montevideo y Asunción no fue un capricho reaccionario, sino una respuesta política legítima frente a una junta porteña que pretendía imponer su autoridad sobre territorios que no la habían elegido. Por eso Mayo no habría sido una revolución unánime, sino el inicio de una guerra civil hispanoamericana.
En esa guerra civil, los revolucionarios no combatieron solamente contra españoles peninsulares. Combatieron contra criollos, americanos, cabildos y pueblos que seguían reconociendo el viejo orden. Belgrano fue enviado al Paraguay, no contra una potencia extranjera, sino contra otro espacio americano que no aceptaba la autoridad de Buenos Aires. Las campañas al Alto Perú tuvieron el mismo signo: no eran simples expediciones de liberación nacional, sino operaciones militares destinadas a imponer el nuevo poder revolucionario sobre regiones que no necesariamente compartían el proyecto porteño.
El caso de Santiago de Liniers ocupa un lugar central en la exposición. Liniers había sido el héroe de la Reconquista y la Defensa de Buenos Aires contra las invasiones inglesas de 1806 y 1807. No era un hombre menor ni un improvisado. Había conocido de cerca al poder británico y lo había enfrentado militarmente. Fue virrey del Río de la Plata entre 1807 y 1809, luego de su actuación frente a aquellas invasiones.
Para Lons, Liniers entendió que el movimiento de Mayo podía estar vinculado a una operación de poder británica. Retirado en Córdoba, se opuso al nuevo régimen. La respuesta de la Junta fue implacable: la contrarrevolución cordobesa fue sofocada y, en Cabeza de Tigre, fueron ejecutados Santiago de Liniers, Juan Gutiérrez de la Concha, Santiago de Allende, Victorino Rodríguez y Joaquín Moreno; Juan José Castelli fue el encargado de hacer cumplir la orden de la Junta.
El fusilamiento de Liniers es, dentro de esta lectura, un hecho simbólico decisivo. El hombre que había defendido Buenos Aires contra los ingleses terminó ejecutado por los revolucionarios que, según Lons, abrieron luego el puerto y el comercio a los intereses británicos. Esa paradoja resume la tragedia de Mayo: el héroe de la defensa contra Inglaterra fue eliminado por un poder que, en la práctica, facilitó la penetración inglesa.
La participación británica aparece en la entrevista en varios niveles. En primer lugar, como presencia naval y comercial. Lons sostiene que la flota inglesa en el Plata saludó a la nueva Junta y que comerciantes británicos acompañaron con entusiasmo el cambio político. El interés británico era evidente: la caída del monopolio hispánico abría la posibilidad de inundar el Río de la Plata con manufacturas inglesas y absorber la moneda fuerte local.

En segundo lugar, Lons menciona personajes concretos. Uno de ellos es Peter Heywood, oficial británico conocido por su relación posterior con San Martín. La figura de Heywood aparece en fuentes históricas vinculada al mundo naval británico y a su paso por Buenos Aires; algunos relatos lo relacionan con San Martín en años posteriores. En la tesis expuesta por Lons, Heywood representa ese mundo inglés instalado en el Río de la Plata, no como simple observador, sino como parte de una red de influencia británica.
Otro nombre señalado es Alexander Gillespie, oficial británico que había participado en las invasiones inglesas y dejó testimonios sobre Buenos Aires. Según la interpretación mencionada en la entrevista, Gillespie habría afirmado que una parte importante de los miembros del movimiento revolucionario era funcional a los intereses británicos. Aquí Lons utiliza a Gillespie como testigo de que los ingleses conocían muy bien el terreno político porteño y sabían quiénes, dentro de la elite local, podían servir a sus objetivos.
También aparece Agustín Wright, mencionado como inglés o descendiente de ingleses presente en el Cabildo Abierto del 22 de mayo. La figura de Agustín Wright está registrada como comerciante, militar, político y terrateniente rioplatense. Algunos textos revisionistas lo mencionan como “Augustine Wright” y lo ubican firmando como alcalde de barrio en el Cabildo Abierto de 1810. Para Lons, su presencia expresa algo muy importante: no se trataba simplemente de una discusión entre americanos y españoles, sino de un escenario ya penetrado por intereses, comerciantes y agentes ligados al mundo británico.
La destrucción de la economía
La tesis económica es tan importante como la política. Lons sostiene que una de las primeras consecuencias de Mayo fue la apertura comercial al mundo británico. Esa apertura permitió la entrada masiva de productos ingleses. Lo que el relato liberal presentaría como libertad de comercio, Lons lo interpreta como el comienzo de una subordinación económica. La eliminación del monopolio y la instauración del libre comercio son reconocidas como parte del proceso revolucionario, aunque la interpretación de sus efectos varía según la escuela histórica.
Según Lons, la entrada de manufacturas británicas destruyó talleres locales. El Río de la Plata no era, para él, un espacio vacío, atrasado e improductivo, sino parte de una economía hispanoamericana con oficios, talleres, astilleros, transporte, ganadería, cueros, monturas, carretas, barcos y comercio internacional. La imagen de una España puramente extractiva, que sólo se llevaba el oro y no dejaba nada, es para Lons una falsificación de la leyenda negra.
En su argumentación, España no sólo trajo religión, lengua, instituciones y derecho. También articuló una economía concreta. Alrededor de la vaca, por ejemplo, se organizaba una cadena productiva: quien ordeñaba, quien carneaba, quien cuereaba, quien trabajaba el cuero, quien hacía monturas, quien fabricaba carretas, quien trasladaba la producción, quien la embarcaba, quien construía los barcos y quien cobraba el flete. Esa cadena mostraba que la materia prima se convertía en producto terminado y que existía una economía más compleja que la caricatura liberal.
La moneda ocupa un lugar decisivo. Lons insiste en el valor del real de a ocho, la gran moneda de plata de la monarquía hispánica. El real de a ocho fue conocido como “dólar español”, circuló por Europa, América y el Extremo Oriente, y llegó a ser una de las primeras grandes monedas globales de la historia. Fue utilizado también en las Trece Colonias y en Estados Unidos, donde tuvo curso legal hasta 1857.

Esta moneda no era una pieza secundaria. Era plata confiable, aceptada internacionalmente. Circulaba en China, en Asia y en el comercio mundial. De allí que, para Lons, el objetivo británico no fuera solamente vender productos, sino llevarse la moneda fuerte. Inglaterra vendía manufacturas, cobraba en plata hispánica y usaba esa plata para comerciar en el mundo. El Río de la Plata, en cambio, se quedaba con productos importados, talleres destruidos y menos circulante.
Ese mecanismo inaugura, según la entrevista, una constante argentina: importar bienes supuestamente más baratos, destruir producción local y perder moneda fuerte. Lons une así 1810 con problemas contemporáneos: apertura indiscriminada, industria local destruida, fuga de divisas, dependencia del comercio exterior y pérdida de soberanía monetaria.
La comparación con el presente es deliberada. Según esta lectura, lo que hoy se presenta como modernización importadora tiene raíces antiguas. El argumento es siempre parecido: lo extranjero llega más barato y conviene abrir la economía. Pero el resultado, a largo plazo, es la desarticulación de la producción nacional. En 1810, dice Lons, ocurrió con los productos ingleses; hoy puede ocurrir con cualquier apertura que deje indefenso al productor local.
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La entrevista también discute la idea de que la independencia se produjo por una presión fiscal insoportable de España. Lons rechaza esa interpretación. Afirma que los tributos eran mucho menores que los impuestos modernos y que buena parte de lo recaudado quedaba en América. Menciona el diezmo, la circulación interna, los fondos situados y el modo en que algunos reinos o territorios más ricos ayudaban a otros más pobres. El ejemplo de Nueva España es importante: se presenta como una economía poderosa que auxiliaba a Cuba, y Cuba a su vez podía auxiliar a otras regiones, como las Floridas.
La conclusión de Lons es clara: no había un simple saqueo unilateral hacia Madrid. Había una economía imperial con circulación interna, defensa común, flotas, obras públicas, comercio y mecanismos de redistribución. Eso no significa negar abusos, conflictos o tensiones, sino rechazar la caricatura de una España exclusivamente parasitaria.
La cuestión militar
La cuestión militar revela otro aspecto de la tesis. Lons sostiene que, cuando Hispanoamérica era invadida por potencias extranjeras —ingleses, franceses, holandeses, portugueses u otras— los pueblos se levantaban para defender sus tierras, su rey y su religión. En cambio, cuando llegaron las guerras independentistas, la movilización popular no fue tan espontánea. Hubo resistencia, reclutamiento forzoso y necesidad de incorporar esclavos y sectores subalternos a los ejércitos.
San Martín aparece aquí bajo una luz menos escolar. Lons no niega su importancia militar, pero subraya el dato trágico de los soldados negros en el Ejército de los Andes. Según la entrevista, San Martín no conseguía suficientes voluntarios y recurrió a la compra o incorporación de esclavos de Cuyo para formar parte de sus fuerzas. Lons afirma que la mayoría de los soldados negros que cruzaron los Andes no volvió. Ese dato le permite sostener que la guerra de independencia no fue una movilización popular unánime, sino una guerra dura, con levas, coerción y altísimo costo humano. En la misma línea menciona a Bolívar y al reclutamiento de negros en otros teatros de la guerra. Para Lons, la llamada independencia debe ser vista más como “guerra de secesión” o guerra civil hispanoamericana que como guerra de liberación nacional clásica. El punto es fuerte: si no existía todavía un Estado nacional previo plenamente constituido, no podía hablarse de independencia en el sentido moderno, sino de separación de partes de una misma comunidad política más amplia.

O’Higgins y Cochrane también aparecen dentro de ese cuadro. Lord Thomas Cochrane, marino británico al servicio de las causas independentistas sudamericanas, encarna para Lons la intervención inglesa en el plano militar y naval. Su presencia muestra que el poder británico no sólo operaba por el comercio, sino también por el mar, por las escuadras y por la asistencia militar a los procesos de ruptura hispanoamericana.
Lord Ponsonby representa otra fase de la misma lógica: la fragmentación territorial posterior. En la interpretación de Lons, la creación de Uruguay como Estado independiente no puede separarse de la estrategia británica de impedir que Buenos Aires o Brasil controlaran plenamente la Banda Oriental y la salida del Plata. La Banda Oriental habría sido convertida en un Estado tapón, funcional al equilibrio de poder británico en el Atlántico Sur.
Así, la intervención británica no se limita a 1810. Empieza con las invasiones inglesas de 1806 y 1807, continúa con la penetración comercial tras Mayo, se prolonga con la asistencia naval a los movimientos independentistas y culmina en diseños geopolíticos como la separación oriental. La constante es dividir, abrir mercados, controlar rutas, condicionar puertos y evitar la formación de una gran potencia hispanoamericana.
La balcanización de Hispanoamércia
Por eso Lons insiste en que la fragmentación de Hispanoamérica no era inevitable. Rechaza el argumento de que el mundo hispánico era demasiado grande para permanecer unido. Compara con Rusia, que posee una extensión enorme, múltiples husos horarios, diversidad étnica y religiosa, y aun así se consolidó como gran Estado histórico. Hispanoamérica, en cambio, compartía lengua, religión, derecho, instituciones y cultura. Tenía elementos de unidad más fuertes que muchos otros espacios políticos del mundo.
La ruptura, entonces, no habría sido producto de la imposibilidad geográfica, sino de una derrota política. Gran Bretaña habría comprendido que una Hispanoamérica unida habría sido una potencia inmensa. Por eso, según esta lectura, impulsó o aprovechó la balcanización: muchas repúblicas débiles en lugar de una gran nación continental.
El ensayo histórico de Lons tiene también una dimensión cultural. Él rechaza la palabra “Latinoamérica” y prefiere “Hispanoamérica”. No se trata de una diferencia menor. “Latinoamérica” diluye la raíz española y católica bajo una categoría más amplia, posterior y geopolíticamente ambigua. “Hispanoamérica”, en cambio, remite a una filiación concreta: lengua castellana, derecho indiano, catolicismo, tradición municipal, mestizaje y pertenencia a una civilización común.
La reivindicación de Isabel la Católica entra en ese mismo marco. Para Lons, Isabel representa la matriz de esa civilización hispánica. Su figura no debe ser reducida a la caricatura de la leyenda negra. La entrevista recuerda que la reina se opuso a la esclavización de los indígenas y reconoció su dignidad como vasallos libres de la Corona. Cuando Colón intentó traer indígenas como esclavos, Isabel reaccionó en sentido contrario: los naturales no debían ser tratados como mercancía humana.
Esa dimensión jurídica y moral distingue, según Lons, al orden hispánico de otros sistemas coloniales. En el mundo anglosajón, la esclavitud tuvo rasgos mucho más deshumanizadores. En el mundo hispánico, aun existiendo esclavitud, hubo posibilidades jurídicas de matrimonio, descanso dominical, salario, educación, manumisión y compra de libertad. Lons no niega la existencia de esclavos, pero insiste en que el régimen jurídico español fue distinto del modelo esclavista anglosajón o de plantación.
La figura de Colón aparece, por tanto, no como fundador intocable, sino como hombre corregido por la propia Corona. Isabel habría marcado el límite: los indígenas no eran esclavos, sino personas bajo protección real. Este punto permite a Lons defender la superioridad moral del derecho hispánico frente a la leyenda negra.
La entrevista incorpora además una reflexión sobre la población negra en Argentina. Se menciona la anécdota atribuida a Cassius Clay, que al visitar el país habría preguntado por qué no había negros en Argentina, y la respuesta irónica de que “en Argentina los negros somos nosotros”. Más allá del chiste, Lons vincula la disminución de la población negra con las guerras, especialmente con la guerra de independencia y luego con otros conflictos como la guerra del Paraguay. La tesis es que muchos negros murieron incorporados a ejércitos que los utilizaron como fuerza de choque.
De ese modo, la entrevista desmonta otra imagen escolar: la de ejércitos patriotas compuestos por pueblos entusiasmados. Según Lons, hubo sacrificios masivos, especialmente de negros, y una memoria histórica que después fue suavizada por la épica oficial.
La discusión con el profesor José Baceiches permite a Lons atacar otra idea: la supuesta superioridad británica frente a la supuesta inutilidad española. Baceiches, según el relato, decía que “por algo los ingleses son los ingleses y los españoles son los españoles”, afirmando que Inglaterra exportó la revolución industrial mientras España sólo se llevó el oro y fomentó la ganadería trashumante. Lons responde que esa visión desconoce la realidad productiva hispanoamericana: talleres, astilleros, circuitos comerciales, producción transformada, puertos propios, fletes propios y una economía vinculada con Asia.
El ejemplo de La Habana como gran astillero es significativo. También lo es la descripción de la economía del cuero, la carne, la leche, la montura, la carreta y el transporte. Lo que Lons busca mostrar es que no había una América española inerte, sino una civilización económica articulada. La Revolución de Mayo no vino a crear la industria, sino que, según él, contribuyó a destruir talleres existentes al abrir el mercado a manufacturas inglesas.
La tesis tiene una proyección contemporánea evidente. Lons advierte sobre la Patagonia, la cuestión mapuche, Vaca Muerta y los intereses energéticos. Su razonamiento es que los mecanismos de fragmentación territorial no pertenecen sólo al siglo XIX. Ayer podía separarse la Banda Oriental para impedir una potencia rioplatense; mañana podrían estimularse separatismos identitarios para debilitar la soberanía argentina sobre recursos estratégicos, petróleo, gas, agua, territorio y salida al mar.
El paralelismo es claro: cuando una región rica y estratégica puede convertirse en problema geopolítico, los discursos de autonomía, identidad o liberación pueden ser usados por intereses externos. No todo reclamo local es necesariamente espontáneo; algunos pueden ser funcionales a poderes mayores. Así como la independencia pudo ser aprovechada por Inglaterra, un separatismo patagónico podría ser aprovechado por intereses energéticos y financieros actuales.
La génesis de Mayo, entonces, aparece como una matriz de larga duración. Allí se habrían combinado varios elementos que seguirían repitiéndose: elite portuaria, interés extranjero, apertura comercial, destrucción productiva, pérdida monetaria, fragmentación territorial, guerra civil interna y relato cultural legitimador.

Los personajes quedan organizados en esa trama. Fernando VII es la máscara legitimadora. Santiago de Liniers es el héroe antiinglés sacrificado por la revolución. Juan José Castelli es el ejecutor político de la represión contra la contrarrevolución cordobesa. Manuel Belgrano es el enviado militar al Paraguay. San Martín es el conductor militar que, según Lons, recurrió masivamente a soldados negros. Bolívar aparece como otro jefe independentista que enfrentó problemas similares de reclutamiento. O’Higgins y Cochrane encarnan la dimensión chilena y naval de la guerra. Peter Heywood, Alexander Gillespie, Agustín Wright y los comerciantes británicos expresan la red inglesa presente en el Plata. Lord Ponsonby representa la fase diplomática y geopolítica de la fragmentación posterior. Isabel la Católica representa la raíz doctrinal, jurídica y civilizatoria hispánica que la leyenda negra intentó borrar. Colón aparece como figura corregida por la Corona cuando sus actos chocaron con la dignidad reconocida a los indígenas.
La conclusión de Patricio Lons es que Mayo debe ser revisado. No para negar la patria argentina, sino para comprender que la patria no nació de la nada ni contra una España puramente opresora. Nació dentro de una fractura de la propia civilización hispánica. La Argentina posterior es hija de esa ruptura, pero también de una raíz anterior que no puede ser odiada sin consecuencias.
La independencia política, según esta lectura, no trajo automáticamente soberanía real. Si la ruptura con España derivó en dependencia británica, apertura comercial destructiva, pérdida de moneda fuerte y fragmentación continental, entonces la pregunta histórica debe cambiar. No basta con preguntar cuándo nos independizamos. Hay que preguntar de quién dependimos después.
El verdadero drama argentino, en esta interpretación, no es haber nacido de Mayo, sino haber aceptado un relato de Mayo que oculta sus condicionamientos. La historia oficial convirtió una guerra civil hispanoamericana, atravesada por intereses británicos, en una escena infantil de paraguas y cintas. Ocultó los nombres, los intereses, las muertes, la salida de plata, la destrucción de talleres, la resistencia de los cabildos y la dimensión geopolítica del proceso.
Por eso, para Lons, revisar Mayo no significa atacar la patria. Significa rescatarla de una falsificación. Significa reconocer que la Argentina sólo podrá recuperar su soberanía si vuelve a entender su raíz hispánica, su pertenencia continental, la importancia de la moneda, la necesidad de producir, la centralidad de los puertos y el peligro permanente de las potencias que dividen para dominar.
La verdadera independencia no es romper con la madre histórica para caer bajo el comerciante extranjero. No es cambiar de bandera mientras se entrega el puerto. No es fusilar al defensor de la ciudad contra los ingleses y luego abrir la plaza económica al poder británico. No es invocar al pueblo mientras se obliga a otros pueblos americanos a obedecer a Buenos Aires. No es celebrar una fecha mientras se ignora el proceso profundo de dependencia que comenzó con ella. La verdadera independencia, en la lectura de Patricio Lons, sigue siendo una tarea inconclusa: recuperar la conciencia hispanoamericana, defender la soberanía económica, proteger la producción propia, custodiar la moneda, controlar los puertos, impedir la fragmentación territorial y desmontar la leyenda negra que hizo que los argentinos aprendieran a despreciar la raíz de la cual nacieron.







