Solían decir los comunistas que la mejor práctica es una buena teoría. En su mundo, el lema tenía cierta enjundia: obsesionados por la idea marxista de “práctica” tenían que justificar el hecho de que había gente que se dedicaba a escribir y a enseñar en vez de montar piquetes o tirar piedras a la policía. Pero algo de verdad hay en la idea. Cuando el sistema conceptual del que emerge un sistema contiene fallos estructurales, la política va a manifestar de manera necesaria grietas que serán solo la plasmación material de dichos fallos teóricos. Por ejemplo, no es casual que la izquierda traiga conflicto cuando en su naturaleza filosófica la sociedad se entiende, desde Marx, como pugna dialéctica de contrarios. Otro ejemplo es el materialismo original de Marx y Engels, del que surge, por pura causa y efecto, el vaciamento simbólico del espacio público.
Nuestro sistema político se basa en un pequeño catálogo de ideas matriz: sufragio universal como método de expresar la soberanía popular, la clase parlamentaria como herramienta de representación, el individuo racional como sujeto de la acción política y demás. ¿Hay fallos ahí que provoquen que, de forma necesaria e ineludible, vayamos a parar a escenarios de corrupción sistémica? Los hay.
Primero, el sufragio parece ser una forma de encauzar la “voluntad del pueblo”, pero en realidad funciona como limitador. Es difícil que nadie se considere “soberano”, cuando a uno le dan voz una vez cada cuatro años. En la empresa privada, nadie se plantearía que la máxima autoridad de una jerarquía de mando solo pudiera opinar cada cuatro años – y que cuando lo hiciera su voz solo pudiera ser oída a través de un sistema de representación. Esto significa que la soberanía está en otra parte. Y si la soberanía no está en el pueblo, es que se ha desplazado al estrato intermedio que debería encargarse de la representación, es decir, al sistema de partidos. Esto es lo que ha venido llamándose “partitocracia”.
Ahora bien, dado el rango colosal del Estado moderno, el leviatán burocrático y administrativo, los partidos que aspiran a controlarlo deben de alcanzar un rango igualmente colosal y eso no es posible sin algún tipo de acuerdo con el dinero privado. Ahí aparecen los bancos, la gran empresa, los licitadores a concursos públicos, los donantes, los lobistas, los dueños de los mass media. Si solo ellos pueden propiciar la aparición de los partidos, resulta evidente que no van a propiciar la aparición de partidos contrarios a sus intereses. Por ello ningún partido del arco parlamentario propone el desmantelamiento del cártel bancario liderado por los Bancos Centrales.
Entonces el dinero privado no es un elemento secundario y casual, sino la base que sustenta la estructura política general, de forma capilar y penetrante, infectándolo todo. Que luego el escándalo aparezca aquí o allá, encarnado en tal ministro o tal subsecretario, eso es cosa secundaria. Los manantiales se dan en la superficie, pero expresan poderosas redes de acuíferos subterráneos. En una palabra, estamos llamando “democracia” (gobierno del pueblo”) a un sistema fraudulento que no es más que un mecanismo enredoso y fraudulento por el cual se brinda a la gente un espejismo y una cierta dosis de pan y circo en forma de debate ideológico inane. Cuando luego encontramos tal caso de cohecho o de soborno o de tráfico de influencias no hacemos más que recoger las semillas que el sistema siembra de manera estructural. La corrupción no es la excepción, es la norma.
Te puede interesar:
*Parastoo Ahmadi condenada a 74 latigazos por Irán tras cantar sin velo en un concierto
*Feijóo en «El Hormiguero»: la broma sin gracia






