En la mitología india, el dios Indra poseía una red de joyas tan puras y transparentes que cada una reflejaba todas las demás hasta el infinito: una mota de polvo se posaba en una, aparecía en todas las demás. El símbolo de la red de Indra sirvió a una escuela del budismo Mahayana (la que deriva del Avatamsaka Sutra) para enseñar la interconexión de todo con todo y el modo en que hay mil universos en un grano de arena. Pero a nosotros, hoy, nos sirve para explicar la corrupción socialista.
En cada una de las gemas de Zapatero se reflejan micro cosmos de mentira, cursilería y latrocinio, como en esferas mágicas que nos permiten adivinar las profundidades del mal que nos acecha. Y cada una de ellas sirve como conector entre los múltiples planos de la Babilonia sanchista: hidrocarburos, rescates, mascarillas, el hermano pianista, Koldo, Begoña, el fiscal general, las saunas, Leire y sus agendas, Santos Cerdán y sus amaños… Eso no son planetas flotando a la deriva en el espacio, sino piezas orbitales que giran en armonía en torno a un único centro: el del Dios-hijo Sánchez bajo la mirada amorosa del Dios-padre Zapatero.
Hay todo un rango moral que va desde las juergas prostibularias de Ábalos (herederas del legado de Roldán) hasta el ajuar principesco de Zapatero (heredero de la afición de Felipe por el diseño de orfebrería). La corrupción del PSOE cubre todos los estratos de la experiencia humana, desde lo zafio hasta lo sublime, desde los billonarios de la industria petrolera hasta los tejemanejes por un puestecito en la diputación de Jaén. Cada ámbito de la existencia humana puede ser corrompido en cuanto aparezca un socialista con el suficiente tiempo y la suficiente mezcla de audacia e imprudencia.
El socialismo nace de la idea de la apropiación de lo ajeno. Querido lector, deténgase en la frase anterior y tómese el tiempo necesario para meditarla con calma. Incluso en la versión suave que representa la llamada “social democracia” (la renuncia a la revolución y la dictadura del proletariado, la admisión de la democracia liberal y la economía de mercado) subyace la idea de que la riqueza individual, fruto del trabajo de cada uno, puede y debe ser en alguna medida expropiada por el Estado para lo que ellos llaman “redistribución de la riqueza”, término que suena muy bien a los ignorantes pero no es más que la institucionalización del robo.
Hay un nexo profundo y necesario entre socialismo y robo. La crudeza de esta verdad no debe ser obstáculo para su admisión. No es casualidad que la izquierda traiga siempre miseria y confusión; al contrario, se trata de una causa provocando su efecto de manera sencilla y natural.
Un charlatán de inspiración masónica como ZP, que llegó al poder aupado sobre una montaña de cadáveres, ha devenido sin quererlo en símbolo, en tótem mágico, en epicentro de sentido. En torno a sus joyas fabulosas, dignas de un califa, orbita todo un cosmos de mentira, robo y manipulación. Cuando la Guardia Civil abre su caja fuerte no encuentra una fruslería más, sino el centro del remolino que, en espirales de indecencia, está devorando la nación española. Si queremos sobrevivir, primero hemos de extirpar el socialismo del debate intelectual que precede a la política. Luego podremos seguir con la discusión. Esta es ahora la tarea.







Sin castigo no hay escarmiento ni redención. Si no hay castigo severo, de verdad, proporcional al daño provocado, se pierde credibilidad en el sistema, en las institciones y se banaliza absolutamente todo. Los memes, son fruto de la banalización e indefensión del contribuyente.