Hace apenas tres generaciones, el vasco autóctono era un espécimen temible: 1,75 de media, cuello de toro, manos como palas y una capacidad pulmonar que permitía cortar un haya de 40 cm de diámetro en menos tiempo del que tarda un progre en elegir filtro de Instagram. Los aizkolaris, esos titanes de los Juegos Vascos, seguían la tradición de sus antepasados que bajaban robles del monte y luego se bebían el txakoli como si fuera agua bendita. Eran hombres que defendían la casa, la tierra y el apellido con hacha, con piedra, con puño o con lo que hiciera falta.
Hoy, según observadores con ojos en la cara, la evolución ha sido… curiosa.
Mientras los últimos aizkolaris aún compiten en plazas de pueblo levantando troncos que pesan más que un Smart eléctrico, la nueva hornada de “borroka trasmaribolloa antifaxistarako” (como ellos mismos se autodenominan en sus grupitos de tiktok o instagram) se prepara para la revolución antifascista desde el sofá, con el móvil en una mano y un capuccino-latte de avena en la otra. Su principal ejercicio físico consiste en hacer scroll indignado, cambiarse el nombre de perfil cada dos semanas y practicar el arte marcial supremo del “bloquear y denunciar”. Los kilómetros andados son proporcionales al dinero gastado en tiendas y no muy elevados, que salen ampollas.
@karolapons.nikolas2 En lo que han quedado los nuevos vascos.
♬ sonido original – Karolapons.Nikolas
👆En el vídeo que circula estos días por TikTok (ese donde un joven de complexión ligera… etérea y voz de flauta de pan intenta imitar posturas de firmeza y fuerza), se ve claramente la diferencia. El aizkolari clásico suda serrín y virutas; el activista actual suda glitter y culpa histórica. Uno corta madera y reivindica las costumbres de su tierra; el otro corta relaciones tóxicas por «Insta» con quien se atreva a decir que quizá no sea buena idea sustituir la natalidad vasca por inmigración masiva mientras se queja de “gentrificación” «o sea, tiak».
Imaginemos un escenario hipotético: un conflicto real en el que haya que defender la casa, el caserío o el barrio o te tiene que defenderte a ti:
- A la izquierda: el borroka 2.0 con piercings en sitios que ni el dermatólogo entiende, pantalones que parecen faldas escocesas y un máster en Estudios de Género. Armamento: un hilo de Twitter de 47 tuits, tres banderas de colorines, y la firme convicción de que “la violencia es siempre del fascista” (salvo cuando él la usa, claro).
- A la derecha: el aizkolari de 55 años con brazos como jamones y una txapela que parece soldada al cráneo. Armamento: aizkora, txakurrak y un “ea!” que hiela la sangre.
El resultado de esa hipotética defensa es tan previsible que hasta un sociólogo de la UPV lo admitiría en voz baja y tras tres kalimotxos: el aizkolari seguiría siendo vasco en su caserío y tú estarías probablemente sana y salva. El otro… probablemente estaría grabando un TikTok denunciando que el invasor “no respeta la diversidad” mientras le cambian la cerradura. Esto no significa que sean inútiles redomados ni nada por el estilo, seguramente sean portentos apreciables y muy necesarios cada uno en su campo, pero ni en el natural ni en el de batalla. Ni que decir tiene que en el campo amoroso clásico, tampoco, donde estén esos hombres valientes, honorables y fuertes de telenovela, que se quiten los demás.
No es que los vascos se hayan vuelto débiles de repente. Es que una parte significativa de la población autóctona ha sido sustituida cultural y demográficamente por un nuevo modelo: menos testosterona, más hormonas del sector servicios de peluquería, menos hijos y más gatos. El euskera se salva en las ikastolas, sí, pero el genotipo del montañés de siempre se diluye más rápido que la nieve en la playa de Mundaka. Ya no está de moda.
Así que, queridos lectores, la próxima vez que veáis a un aizkolari cortando troncos como si el mundo se fuera a acabar mañana, aplaudid. Porque ese señor, con sus 120 kilos de músculo y mala leche ancestral, es lo más parecido que queda a la idea original de “vasco” tan querido y tan nuestro. El resto… Bueno, al menos hacen bonitos reels para TikTok mientras la casa se les cae encima e hiperventilan si alguien les lleva la contraria.
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