Hay algo profundamente enternecedor en ver a un ministerio tan preocupado por las decisiones internas… ¡de una cofradía de Semana Santa!. Enternecedor, sí. Sobre todo cuando hablamos del mismo organismo que, según se ha publicado, se permite alegrías como gastar decenas de miles de euros en regar plantas. Nada representa mejor el concepto “gestión ejemplar” como una regadera de 60.000 euros. Jardinería de alto standing. Ya le habría gustado a Luis XVI.
Y, sin embargo, ahí tenemos a los paladines del feminismo: firmes, decididos, valientes… contra una cofradía de Sagunto.
Porque claro, el problema urgente de España no era la industria, ni el turismo, ni la competitividad. Era una hermandad con cinco siglos de historia que —qué desfachatez— ha votado internamente sus normas y ha decidido mantenerlas. Democráticamente, además. ¡Pero qué se habrán creído! Pero ya sabemos que hay democracias de primera y de segunda: las buenas son las que dan el resultado correcto.
Lo interesante aquí no es el debate de fondo, sino el método. Cuando la votación no gusta, no se discute: se corrige. Y si no se corrige… se “sugiere” con cariño institucional. Ese cariño que suena sospechosamente a advertencia: cuidado, que igual perdéis la declaración de Interés Turístico Nacional. Nada grave, solo un pequeño detalle. Una cosita sin importancia. Un “bonito” incentivo. A ver si no vamos a acabar en un oscuro cuarto teniendo una conversación junto a un trapo y un cubo lleno de agua.
Una negociación al más puro estilo clásico: una mezcla entre despacho ministerial, película de mafia y manual de historia del siglo XX. Si no haces lo que toca, pasan cosas. Muy democrático todo.
Pero lo verdaderamente brillante es el enfoque ideológico: intervenir en una organización privada, tradicional, voluntaria, con reglas propias… en nombre de la libertad. Es una jugada elegante. Imponer libertad. Obligar a ser libres. Casi poético.
Porque si algo define a una cofradía es precisamente su autonomía. Nadie está obligado a formar parte. Nadie está excluido de crear otra. Si un grupo de mujeres quiere una cofradía distinta, puede fundarla mañana mismo. HOY MISMO. Con sus normas, su identidad y su forma de entender la tradición. Eso es libertad real. Lo otro es rediseñar lo que ya existe hasta que encaje en el molde oficial.
Pero claro, eso exige iniciativa. Y aquí lo que se estila es otra cosa: tomar estructuras que funcionan, que tienen historia, que tienen comunidad… y convertirlas en un experimento político. Como si fueran macetas. Y de eso, el ministerio sabe bastante.
La cuestión de fondo es incómoda: ¿por qué esta obsesión selectiva? ¿Por qué esta necesidad de intervenir precisamente en tradiciones cristianas, mientras se pisa con pies de plomo en otros ámbitos culturales o religiosos? La respuesta no suele ser técnica. Es política. Y bastante transparente.
En el Ministerio son todos muy laicos, sí. Pero para atacar a organizaciones de carácter religioso, bien que se mojan en imponer cómo deben ser las creencias. Sobre todo con aquellas que no te visitan a lo Charlie Hebdo.
Al final, lo de Sagunto no va solo de una cofradía. Va de algo mucho más simple: si una comunidad vota, decide y se organiza… pero el resultado no gusta, ¿vale esa democracia o no?
Porque si la respuesta es “depende”, entonces ya no estamos hablando de democracia. Estamos hablando de otra cosa. Y eso sí que da bastante más miedo que cualquier procesión, por mucha gente rezando con la cara tapada que procesione a la luz de las velas.
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