Escribió C.S. Lewis “si Cristo no resucitó, nada más importa; si Cristo resucitó, nada más importa”. La centralidad del acontecimiento es absoluta, porque si es verdad que un carpintero de Galilea venció a la muerte, todo cambia. El mensaje cristiano es de una concreción apabullante. No habla de una inmortalidad general, por la fusión con el Uno, o de la existencia de algún plano de trascendencia. Afirma la inmortalidad personal, la perdurabilidad gloriosa de Fulanito o Menganito en cuerpo y alma, la comunión total entre humanidad y divinidad, entre tiempo y eternidad, entre naturaleza y gracia. Los opuestos se reconcilian, la escisión metafísica ha sido sanada, la dualidad ha quedado superada.
La humanidad había hecho, en el mundo antiguo, las paces con su enemigo, la muerte, a través de la resignación y la meditación filosófica. Pero con el cristianismo llega una nueva lógica, la del amor místico, que no encaja con silogismos y geometrías. El sepulcro vacío nos enseña que tenemos a nuestro alcance, en todo momento, una fuerza más poderosa que cualquier destrucción o desengaño. Si san Pablo pudo considerar la resurrección como nueva creación es porque un mundo sin muerte, un cosmos de total iluminación, ha poseer por fuerza una estructura ontológica distinta. No vamos camino de la nada, de la oscuridad, del olvido, sino que vivimos en un permanente rumbo de restauración. La vida todo lo permea y todo lo incluye; la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencerán.
A los ojos del historiador de las religiones, el cristianismo supone una nota discordante, porque en el centro de su aparato dogmático y ritual (nacido en gran parte de la asunción de simbolismos paganos) brilla una luz tozuda y muy difícil de reducir a cualquier categoría anterior. Del judaísmo hereda su obsesión histórica, pero para trascenderla en un nuevo Kairós de esperanza; de los cultos mistéricos griegos hereda al Dios martirial, del Dios víctima, pero para superar la crueldad de los sacrificios; de los mitos de resurrección mediterráneos hereda la divinización del poder natural de regeneración, pero fuera de cualquier estructura cíclica. Hay algo en el núcleo de la fe cristiana que parece no venir de ninguna parte, que parece original hasta lo aterrador: algo que no es de este mundo. Nuestra realidad ha sido atravesada por una luz que viene de otra parte y nuestra condición ha cambiado de manera irremisible.
El día de la resurrección es hoy. Esta frase vale no solo para el Domingo de Pascua, sino para todos los días del año. El Esposo se inclina ante la doncella de Sion y ella pronuncia las palabras eternas del Cantar de los Cantares: “yo soy de mi amado y mi amado es mío” (Cant 6, 3). Siempre hemos estado en casa, la noche ya ha pasado, todo está bien.






