La Casa Real tuvo a bien publicar, el pasado jueves, una foto de los reyes en un andén, flanqueados por un par de ministros, el presidente de la Junta de Andalucía y un guardia civil que pasaba por allí. De fondo, en una muy peculiar composición, una de las locomotoras accidentadas.
Las redes están recreándose en lo goyesco, en lo terrible, en lo obsceno de la imagen, con el tipo de fuerza que tiene el pueblo cuando ya solo le queda el desprecio por quienes gobiernan. La reina aparece a la izquierda del grupo, enlutada y falsa, como si alguien hubiera tenido que recordarle que los seres humanos tienen corazón. ¿A qué mente rota se le ocurrió semejante posado? El ministro Puente y la vicepresidenta Montero se dejan ver como lo harían, con la misma desidia, con el mismo cinismo ilimitado, si estuvieran en una entrega de premios de fin de curso. Seguramente Pedro Sánchez no acompañó a los reyes por el trauma de Paiporta, pero eso qué más da ya. Puente y Montero representan la total ineptitud de la clase dirigente, su histeria inútil, su gusto por la moqueta a cualquier precio. Pertenecen al mismo gobierno que un día puso al frente de Transportes a la banda de Ábalos, Koldo y todas las jéssicas de este viejo mundo cruel. Junto a ellos está Moreno Bonilla, poniendo sus barbas a remojar después de lo sucedido con Mazón: solo le falta levantar el puño y ponerse a cantar la Internacional.
El grupo posa, con gélida compostura, junto al amasijo de hierros de una de las locomotoras siniestradas, perfecto símbolo del estado de nuestra pobre España. Los confinamientos, las inundaciones, los apagones, los descarrilamientos, todo lo paga el pueblo con sus hombros cansados y sus dolores de cada día, con nuevas ruinas y viudedades, con lágrimas de polvo doliente y abandonado.
¿Y el rey, qué hace el rey? Más o menos lo mismo que un palo de escoba o un poste de teléfonos: limitarse a mantener cierta verticalidad. Mientras España se cae a pedazos, el papel de la monarquía ha quedado reducido a la asistencia periódica a funerales, en los que los inquilinos de Zarzuela abrazan a sus propias víctimas, como si el lobo fuera repartiendo abrazos por el gallinero. Ni por un minuto la corona, en todos estos años, ha incomodado la política de tierra quemada del sanchismo. Al final de los años setenta, en algún momento pudo creerse que la monarquía sería garantía de un cierto equilibrio y sosiego, pero ahora ya sabemos que su única función es mirar hacia el infinito mientras el país se desangra en manos de sucesivas bandas de cuatreros.
No hay nadie que, provisto aún de un mínimo de moralidad, pueda ver esa foto y no desear que todos esos vividores hubieran formado parte del pasaje. Por fin hubiéramos tenido algo que celebrar.
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¿Con qué espíritu militar se encuentran nuestras tropas ante un insulso comandante en jefe, preocupado por la estabilidad con el gobierno y desatendiendo la defensa de nuestro territorio español? Supongo que a muchos se les habrá caído del pedestal este rey, al igual que a esos abuelos de fallecidos en el accidente de los trenes. Al igual que a mí. En su momento y como ex militar, hubiese dado mi vida por él. Por su padre. Por la Institución. Por la monarquía, respetando el mal menor que nos legó Franco. ¡ARRIBA ESPAÑA!