A la hora de la verdad, todo lo que se relaciona con el Foro de Davos resulta sumamente inquietante. Para empezar, su misma existencia. ¿Cómo puede ser que una entidad privada como el WEF reúna, a golpe de silbato, a todos los mandatarios y billonarios durante unos días, como si fuera el retiro anual de team-building de una empresa mediana? ¿Por qué gente a la que nadie ha votado ni votará jamás, como el hijo de George Soros o el CEO de Binance emplean una y otra vez la palabra “nosotros”? Después de lo vivido estos últimos años, ninguna conspiranoia parece lo bastante aguda, cuando uno piensa en Davos.
En cualquier caso, lo propio de los eventos del WEF es anunciar calamidades a las masas planetarias. En los últimos años, el tema dominante era el cambio climático: señora, como que en verano hace mucho calor, tiene usted que otorgarnos un total control sobre su vida y permitirnos un régimen fiscal asfixiante, y así las temperaturas bajarán. Ahora parece que la cosa ha virado hacia el espantajo de la Inteligencia Artificial y la robotización, con Elon Musk a la cabeza anunciando que en cinco años habrá sobre la tierra más robots que humanos. Pero por debajo de todo el aparato propagandístico, hay unos cuantos asuntos que merecen ser notados.

En primer lugar, la guerra sin cuartel que se ha abierto entre el mundo financiero y el mundo crytpo a propósito de la anunciada legislación estadounidense sobre “estructura de mercado”. El público general está entretenido con nubes de humo, pero se está diseñando el futuro del mundo financiero para las próximas décadas, más o menos del mismo modo en que el final de segunda guerra mundial condujo a los acuerdos de Bretton Woods que establecieron el dólar como moneda internacional de reserva. Ahora la cuestión es mucho más fundamental: qué se considera dinero y qué no. Porque si algo sirve para intercambiar valor en red, sirve para remunerar el ahorro y provee liquidez inmediata 24/7/365, parece que no hay demasiados motivos como para no considerarlo “dinero”. Pero claro, la clase dirigente, desde 1913, año de la Federal Reserve Act, ha tenido como principal privilegio el control de la oferta monetaria a través de un entramado escondido tras el control estatal de la economía. La revolución de Bitcoin es muchas cosas, pero para empezar es la total privatización del dinero: la primera consecuencia es que, si los Estados dejan de controlar la oferta monetaria, los bancos pierden interés en los Estados y sus jaquecas políticas y tienen que entrar en directa competencia con dos chavales que están programando un token en un garaje de Alburquerque. Mal escenario para los bancos.
El CEO de Black Rock propuso una solución obscenamente simple. Una única blockchain como sostén de un sistema tokenizado en el que todos los activos (acciones, materias primas, fondos, mercado inmobiliario, energía, lo que sea) pueda circular con liquidez instantánea no interferida por legislaciones nacionales. Estamos en un punto curioso cuando las élites se han vuelto anarquistas.

Elon Musk, por su parte, estuvo haciendo chistes, pero dejó un par de declaraciones notables, sobre todo cuando explicó el crecimiento exponencial de las capacidades de la Inteligencia Artificial. Estamos a punto de quedarnos a los pies de un puente que no seremos capaces de cruzar: los modelos de inteligencia generativa comenzarán a operar sobre sí mismos y ya no podremos seguirles a donde quiera que vayan. Es algo similar a lo sucedido cuando Google puso a Deep Mind a jugar al ajedrez y reventó, en una serie de famosísimas partidas, al software de ajedrez más potente del momento. Esas partidas están publicadas y ningún humano en la tierra es capaz de entenderlas; de hecho, ningún humano será capaz de comprender lo que allí sucedió, porque si le pides a la máquina que explique sus movimientos, te responde “claro que sí, pequeño homo sapiens” y te imprime 300 trillones de folios repletos de cálculos. Un volumen de análisis que jamás mente humana alguna alcanzará. Esto quiere decir en que vamos a un escenario en que las cosas funcionarán (y de hecho funcionarán mejor) pero no tendremos la menor idea de por qué. El tsunami de la IA comenzó en lo tecnológico, luego en lo industrial y está desembarcando en lo financiero: el último eslabón es la gestión política. ¿Qué prefiere usted, un concejal de Transportes socialista con la bragueta rampante o un Agente de IA que no duerme y que convierte la ciudad en un jardín plácido y seguro en un par de meses? El mundo empresarial ya tomó partido y, por lo visto en Davos, las élites financieras también.

La última constatación importante es que, para bien o para mal, estamos viviendo la Era Trump. El tipo se pasea por los escenarios institucionales como solía hacerlo por el plató de Saturday Night Live: un par de chistes, unas cuantas groserías y todo el esfuerzo en marcar territorio. Trump ha instalado en la política internacional una nueva era de total desinhibición. La presentación de su plan de convertir Gaza en un resort turístico a cargo de un organismo internacional dirigido por su yerno es el máximo ejemplo; su presión sobre Groenlandia o su insistencia en que “van a hacer mucho dinero con Venezuela” siguen el mismo patrón. No tengo que poner excusas ni dar explicaciones a tipos cuyo apellido nadie recordará en un par de años. Si quiero y puedo, lo hago. Trump no está acabando con el orden mundial, sino con la hipocresía, porque de hecho las cosas siempre han funcionado así. Él fue el primero en entender que en la época de las redes sociales se paga muy caro el andar con enredos y medias verdades. Si voy a hacerlo, lo digo tal cual.

Frente a su pose de líder sin complejos, los discursos de un Macron o un Sánchez suenan a disco rayado, a chirrido de puerta vieja, a gruñido de abuela. Apelan al mantenimiento de unos principios que jamás, nunca jamás, estuvieron en vigor. Las tres superpotencias mundiales, USA, Rusia y China, han abandonado esa manera de funcionar y Europa se está quedando atrás, atascada en burocracias estúpidas y un hiper estatalismo asfixiante. El eclipse es absoluto. De una manera u otra, el continente lleva desde 1945 entregado a la socialdemocracia, al intervencionismo, al laicismo y toda suerte de extravagancias ideológicas progresistas; en los últimos años se añadió al cocktail una política suicida de fronteras abiertas. Por lo que se oyó en Davos, en especial en la turbadora comparecencia de Macron con gafas de sol, la clase dirigente europea no se bajará de su Titanic aunque con ello arrastren a un par de generaciones al abismo. Nos toca estar preparados.
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