Por Enrique J. Ortiz
El 1 de mayo de las grandes empresas
Bajo el agua de este mayo de 2026, el hombre no sale a la calle con la mirada puesta en el horizonte de la justicia, cargando con el peso de siglos de fatiga en los hombros. Si lo han hecho los sindicalistas, esos que no conocen el sudor. En Málaga, símbolo hoy de esa tierra que el dinero de otros ha vuelto extraña para el que la habita, las gargantas claman bajo un lema que suena a vieja proclama de dignidad: «Derechos, no trincheras. Salarios, vivienda y democracia». Solo un desfile de banderas; no hay lucha por el pan que se encarece y por el techo que se vuelve inalcanzable, con alquileres de mil euros que asfixian el barrio obrero. Solo mentiras y demagogia,
El trabajador pide hoy lo que la razón dicta: que su jornal no se lo coma el aire de la inflación. Reclaman los sindicatos una subida de entre el 4% y el 7% para que el hogar no sea una cuenta de pérdidas. Sueñan con que el tiempo, ese único patrimonio del que no posee nada, le sea devuelto en parte: 37,5 horas de labor a la semana para que la vida no se agote entre máquinas, manteniendo el mismo sueldo que hoy apenas alcanza. Quieren que el Salario Mínimo, hoy en los 1.221 euros, se blinde por ley como un derecho sagrado, equivaliendo siempre al 60% del salario medio del país.

Pero la realidad es un campo de piedras donde la voluntad a menudo tropieza. Mientras los grandes beneficios de las corporaciones parecen un oasis de abundancia donde hay margen para repartir, el pequeño patrón, el autónomo que es casi tan esclavo de la cuenta de resultados como su operario, mira con angustia los números. Para ese hombre que levanta la persiana cada día, un trabajador al SMI le cuesta ya 23.700 euros anuales. La brecha se ensancha: donde el sindicato pide un 7%, la realidad de las empresas apenas alcanza a ofrecer un 3,5% o 3,6%.
*¿Por qué NO encuentras una vivienda?
La viabilidad de este sueño de justicia se mide en el sudor de las micropymes, donde el 75% de los negocios teme que la reducción de jornada sea la puntilla definitiva para su supervivencia. El conflicto está servido y la paz social se agrieta; las huelgas y los bloqueos se han cuadruplicado en este inicio de año, pues el pequeño taller no puede seguir el ritmo de los gigantes. En este mayo de contrastes, el PIB crece un 2,4%, pero la justicia sigue siendo un equilibrio precario entre la necesidad del que trabaja y la fragilidad del que intenta sostener el negocio en un mundo que no perdona.
Las reivindicaciones de los sindicatos trabajan para las corporaciones, no para estos otros trabajadores a los que llamamos autónomos. Al revés, esas reivindicaciones e los que comen del erario público trabajan contra (todos) los trabajadores.
La molienda del tiempo y el céntimo: Crónica de una mesa menguante
El tiempo, en su andar parsimonioso por las tierras de España, tiene una forma extraña de cobrarse sus deudas. Desde aquel junio de 2018, cuando el aire trajo nuevas banderas al palacio de la Moncloa, el hombre común —ese que madruga para que la tierra o la máquina no se detengan— ha visto cómo el horizonte de sus esperanzas se estrechaba, no por falta de esfuerzo, sino por una suerte de alquimia inversa donde el oro de su sudor se convierte en cobre al llegar al mercado. Hablamos de ese concepto que los sabios de la economía llaman poder adquisitivo, que no es otra cosa que el “poder de compra” real del dinero, la medida exacta de cuántas hogazas de pan y cuántos litros de leche caben en el bolsillo del pantalón tras la jornada.
La ilusión de los números y la realidad del pan
Se nos dice, con la frialdad de las gacetas oficiales, que los salarios han subido. Es verdad que el salario bruto medio ha pasado de unos 24.000 euros en aquel 2018 a los 28.050 euros en el año 2023. Pero para el trabajador que contempla su nómina bajo la luz amarillenta de la cocina, esos números son espejismos de un oasis que se aleja. El poder adquisitivo mide lo que realmente vale el dinero en términos de lo que se puede comprar, y la realidad es que hoy, con los mismos billetes, la cesta de la compra regresa más liviana.
*España ya no puede pagar sus deudas
Desde que Pedro Sánchez asumió la presidencia, España ha navegado por una evolución mixta y polarizada. Mientras las grandes cifras macroeconómicas se agitan como olas en un puerto, el salario neto real de las familias ha sufrido una erosión silenciosa. Según los datos que arroja el INE, este salario ajustado ha caído alrededor de un 3,4% acumulado, debido a una mayor presión fiscal que ha subido cerca de un 15% entre IRPF y cotizaciones. Es la tragedia del salario nominal que crece para ser devorado por el nivel de precios.
La inflación acumulada entre 2018 y 2025 se sitúa entre el 22% y el 23%, con picos dolorosos en los años 2021 y 2022, cuando la energía y los alimentos se volvieron artículos de lujo para muchos. No es un número abstracto: es que los alimentos subieron un 38% en ese trienio crítico, obligando a las familias de clase media a dedicar un porcentaje cada vez mayor de su esfuerzo diario a lo básico: comer, calentarse y tener un techo.
El tributo silencioso: La «progresividad en frío»
Pero hay un dolor más sutil, una subida de impuestos que no necesita de decretos ni de grandes anuncios en el boletín oficial. Se trata de la no deflactación de los impuestos, principalmente del IRPF. Es un mecanismo invisible, una subida de impuestos “silenciosa” o “en frío” que ocurre cuando el Estado decide no ajustar los tramos del impuesto al ritmo de la inflación.
Cuando los precios suben, el trabajador pierde poder adquisitivo; para compensarlo, las empresas suelen subir los salarios nominales. Pero aquí acecha la trampa: si los tramos del impuesto permanecen inmóviles, esa subida de sueldo, que solo pretendía mantener la capacidad de compra, empuja al trabajador a un tramo superior. El resultado es kafkiano: pagas un porcentaje mayor de tus ingresos en impuestos aunque tu capacidad real de comprar pan o zapatos no haya mejorado, o incluso haya empeorado. Es lo que los economistas llaman bracket creep (ustedes perdonen los palabros), una forma de que Hacienda se “coma” la compensación que el mercado te dio para sobrevivir a la inflación.

Se estima que esta falta de ajuste ha generado una recaudación extra para el Estado de entre 9.800 y 12.000 millones de euros entre 2021 y 2026. Es un dinero que sale directamente de las manos de las clases medias y bajas, aumentando la presión fiscal de manera “invisible”. Para muchos, es la confirmación de que la presión fiscal sube de forma encubierta, desincentivando el ahorro y el consumo en un ciclo que parece no tener fin.
La fractura de la clase media
En este escenario, el paisaje social de España se ha dividido. Por un lado, las políticas gubernamentales han impulsado el Salario Mínimo Interprofesional (SMI), que ha pasado de 736 euros a 1.221 euros en 2026, lo que representa una ganancia real importante para los sueldos más bajos. También los pensionistas han visto sus rentas revalorizadas para no perder el paso ante la subida de la vida.
Sin embargo, en el centro de la estructura social, la clase media y los salarios medios han quedado atrapados en un cepo de hierro. El salario mediano ha perdido poder adquisitivo —hasta un 4% en diversos análisis— debido a esa pinza que forman la inflación y los impuestos no ajustados. Muchas familias perciben hoy un estancamiento o una pérdida neta, viendo cómo su bienestar se diluye mientras el Estado aumenta su recaudación de forma automática. El hombre de la clase media siente que, aunque corra más rápido, siempre se queda en el mismo sitio, o quizás un poco más atrás.
El eco de las calles en 2026
Esta sensación de ahogo ha cristalizado en las jornadas reivindicativas, como las del 1 de mayo de 2026. Bajo un sol que ya no calienta igual para todos, las marchas en Madrid y Barcelona han puesto el poder adquisitivo como uno de sus pilares centrales. No es solo una queja por los céntimos; es la angustia de ver cómo el trabajo precario se une a la imposibilidad de acceder a una vivienda digna, un gasto que devora cada vez más parte del sueldo neto.
A pesar de que el clima social es menos crispado que en otros tiempos, la exigencia de subidas salariales acordes al coste de la vida resuena con una fuerza que nace de la necesidad diaria. La gente sabe que, aunque el Producto Interior Bruto o las cifras de empleo muestren destellos de recuperación, la percepción ciudadana se alinea con la experiencia amarga de los salarios netos frente al coste de la vida diaria.
Conclusión: El peso de lo invisible
En definitiva, la era que comenzó en 2018 deja un balance de luces y sombras alargadas. Si bien se ha protegido a los más vulnerables mediante el SMI, el poder adquisitivo agregado ha mejorado muy ligeramente a nivel macro, pero para gran parte de los trabajadores y familias de clase media, el resultado ha sido nulo o negativo en términos reales.
España se enfrenta al desafío de una baja productividad y una fiscalidad que se aprovecha de la inflación para llenar las arcas públicas sin debate parlamentario. El trabajador español, ese personaje senderiano que busca la dignidad en el sustento de los suyos, mira hoy su cartera con la sospecha de quien ha sido víctima de un truco de manos. El dinero está ahí, en los billetes nuevos, pero el poder de ese dinero —su capacidad de transformar el trabajo en bienestar— parece haberse evaporado entre los tramos de un impuesto que no se mueve y unos precios que no dejan de subir. Al final, lo que queda es la silenciosa molienda del tiempo, que sigue restando peso al pan en la mesa de los justos.
Lo mires por donde lo mires, lo cojas por donde lo cojas, el trabajador es esclavizado y el emprendedor castigado mientras quienes deben defenderlos son cada día más avariciosos.






