Esta semana nuestro presidente ha tenido la hermosa ocurrencia de confrontar a Elon Musk en un tuit que se ha comentado hasta la extenuación: “Marte, puede esperar, la humanidad, no”. El comentario venía a cuenta de la famosa regularización de 500.000 inmigrantes ilegales, que había merecido una mínima puya por parte del magnate americano.

Al parecer, Sánchez ha pasado a considerarse el defensor de la humanidad en estos tiempos de tribulación general: estamos apañados. Si la suerte de la especie humana va a quedar en manos del zombie de Ferraz, vamos directos a un peculiar apocalipsis de socialdemocracia tontorrona y cursilería rampante. Lo curioso del tema es que Elon Musk es el principal apóstol del transhumanismo, la doctrina levantada por Ray Kurzweil a mediados de los noventa, que postula la fusión del hombre y la máquina en un salto evolutivo cuyo umbral es la famosa “singularidad”, el momento en que la conciencia humana puede encontrar acomodo en una base cibernética que le garantice una especie de inmortalidad en el mundo virtual. De modo que, de una manera o de otra, no parece que soplen buenos vientos para la vieja y fatigada humanidad.
Por supuesto, Sánchez no tiene ni el bagaje intelectual ni la capacidad moral para liderar nada, mucho menos la esperanza de la especie. Su tuit era material de consumo interno, más o menos como cuando Ione Belarra se viene arriba y asegura que “vamos a detener a Trump”. Por el mismo precio, podrían anunciar que van a eliminar al Bayern de Munich o convencer a Quentin Tarantino para que ruede una segunda parte de Pulp Fiction. Están tomando partido en una batalla que jamás tendrá lugar.

Sánchez se limita a ir aprovechando los días que le quedan. Con su hermano y su mujer a las puertas de la cárcel y toda su flota política hecha trizas, poco puede hacer más que gesticular un poco y lanzar algo de carnaza a su tropa en desbandada. La elección de #Musk como enemigo dialéctico nos permite medir la gravedad de su estado de delirio. El hombre más rico del planeta no es un potentado cualquiera: juega con las cartas vistas, acude al podcast de Joe Rogan a fumar marihuana, fantasea con escenarios sci-fi y filosofías visionarias, planea expansiones cósmicas y se divierte difundiendo memes. En algún momento tomó la decisión de fundar una época él solito y la jugada le está saliendo redonda. A diferencia de sus compañeros de lista Forbes, gente más o menos esquiva como Jezz Bezos o Peter Thiel, disfruta del espectáculo por el espectáculo. Durante la campaña de 2024, sus apariciones en los mítines de Trump encandilaban a la afición por su tono caótico, su humor sarcástico y la profundidad alucinatoria de su mirada. Uno estará o no de acuerdo con la filosofía personal y empresarial de Musk, pero nadie negará que estamos ante la principal figura social del planeta. Frente a él, la ridícula insignificancia de Sánchez causa auténtica compasión.
Musk ha venido apoyando a Le Pen, a Tommy Robinson, a Meloni, es decir, a la nueva derecha europea que ha puesto encima de la mesa, sin ningún complejo, el problema de la inmigración y la multiculturalidad. Sánchez es, en cambio, el último líder europeo que apuesta de manera clara por una política de fronteras abiertas e islamización acelerada. La famosa regularización anunciada esta semana, presentada como cuestión humanitaria, no es más que los últimos coletazos de esa idea izquierdista de importar votantes del tercer mundo, que ya denunció Musk cuando Biden mantuvo la frontera sur abierta de par en par. Si los foráneos van a votarnos, cuantos más tengamos, mejor. La sociedad ya solo es contemplada en términos de márketing electoral, en función de un discurso simplista que nos más que la cobertura de un cálculo político despiadado.
El experimento, por supuesto, ha supuesto un terrible fracaso, que pagaremos durante generaciones y que está siendo rechazado en las urnas una y otra vez: mientras el pueblo se opone, Sánchez usa los cuatro instrumentos de que aún dispone para intentar asegurar un futuro a su proyecto de disolución nacional. Una vez la Afd haya triunfado en Alemania y Le Pen consiga la presidencia en Francia, toda esta pesadilla habrá quedado atrás, pero de momento aún nos queda un tiempo de penitencia. Estamos en esa fase que los aficionados al basket llaman “los minutos de la basura”, en la que el resultado está decidido y solo se necesita que el reloj acaba de marcar el final. En este sentido, el tiempo juega en contra de Sánchez y a favor de Musk, porque uno es un radical de la mentira y la traición y el otro es un radical del talento y la innovación; Sánchez ha vivido de explotar el pasado con la cantinela absurda del antifranquismo y Musk vive de cultivar el futuro, superando un límite tras otro y poniendo los mercados financieros a sus pies.

No hay mejor estampa para entender el lugar ridículo que ahora mismo ocupa #España en la esfera internacional: un presidente consumido en lo físico y en lo moral pegando bastonazos al aire contra todos los fantasmas que pueblan su mente enfermiza. Los libros de historia no tendrán piedad con él, los mismos libros que tendrán que dedicar una página tras otra a #Elon Musk y sus cohetes, sus implantes neurales y sus robots humanoides.
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este señor Octavio es una mente brillante, ya he visto un par de artículos y ratificó, es un figura. enhorabuena por su clarividencia y singularidad. me gustaría que opinará del foro de nabos y lo que este enero dijeron los amos no elegidos por los ciudadanos, especialmente Scott bessent el amanerado sorosista. brutal todas y cada una de las declaraciones incluida la del yerno de Trump , escalofriante todo.