Vivimos atrapados en la permanente disrupción tecnológica: no hay tiempo para el cambio de paradigma y la estabilización. Lo único que sucede es que el paisaje, como si viajáramos en un tren que jamás se detiene en estación alguna, no deja de deslizarse a toda velocidad al otro lado del cristal; en nuestro caso, al otro lado de la pantalla. Como que el avance tecnológico es la matriz de la dinámica sociopolítica, los tiempos que nos han tocado vivir son los de la liquidez absoluta, la fluidez insomne, la mutación que no cesa. Y nosotros, pobres europeos de principios de milenio, ¿cómo intentamos organizarnos en este panorama? Con métodos decimonónicos de sufragio y representación.

Creíamos que la nueva #política sería política online, pero resultó ser onchain, con la descentralización del mundo blockchain a la puerta de la esquina. Creíamos que el nuevo ágora global favorecería el libre intercambio de información y un nuevo nivel de libertad de pensamiento, pero topamos con una infestación de ruido que hace imposible la argumentación sosegada. Creíamos que la Inteligencia Artificial sería herramienta de eficacia y alivio de las cargas, pero resulta que solo sirve para los video memes y la demolición cretinoide de la tradición intelectual.
Ernst Jünger publicó en 1951 su ensayo “Der Waldgang”, aquí traducido como “La emboscadura” en el que se defendía la defensa clandestina de nuevas zonas de preservación de la dignidad humana. Las ciudades son zonas venenosas, hay que huir al bosque y establecer allí nodos de resistencia. Claro está, aquí lo topológico es pura metáfora: no está hablando de residencias físicas (aunque también) sino de la transformación del paisaje espiritual. La gran conversación iniciada con Sócrates ha sido envenenada, el armazón del pensamiento europeo ha sido carcomido por los mercaderes y tiranos, los manantiales ya no ofrecen agua limpia en el interior de los muros de la civilización. El ermitaño, el borracho, el santo vagabundo, el poeta de medianoche son los modelos para la nueva supervivencia.

Desde la publicación de “Der Waldgang” el proceso no ha hecho más que acelerarse. Con la sociedad de la información transformada en un festival ininterrumpido de hipnosis de masas, la desconexión pasa a ser tarea urgente. El pequeño ritual comunitario, la destreza artesanal, la voluntad de independencia y el vigor espiritual son los valores de los emboscados, los habitantes de las profundidades del bosque, los trazadores de destinos. El regreso a lo minoritario frente a la masa, a los lazos fraternales de camaradería frente a la militancia ideológica multitudinaria, la vida artística frente a la laboral, el sabotaje por incomparecencia frente a la teología calvinista de la productividad, el arraigo en lo milenario frente al culto al futuro (cualquiera que sea el futuro) nacido del ideal de progreso.
Jünger había vivido el nazismo bajo el doble prisma del patriota y el partisano libertario: sirvió en el ejército bajo el mando nazi, por amor a su tierra paterna, mientras participó en la resistencia intelectual y política contra la tiranía hitleriana. Compartiendo en algo la suerte de Heidegger, vivió el resto de su vida de manera rebelde y sin pedir disculpas. Compartió espacio con el Círculo de Eranos y la revolución psicodélica de Albert Hoffman, reivindicó al Nietzsche helenista al mismo tiempo que buscó restituir el sentido religioso de la existencia. En cierta manera, fue para el conservadurismo europeo lo que Bertrand Russel y Sartre habían sido para el progresismo: una voz oracular, portadora de su propia constelación de sentido. En su caso, todos sus escritos están atravesados por una cierta consciencia de deber, a saber, el de transmitir el fuego sagrado a la siguiente generación. Ante sus ojos Europa fue profanada en el sentido literal del término: entregada a lo profano, a lo vacío, a la copia, al cretinismo militante.

No hay libertad en la sociedad de la compraventa, de la lectura en diagonal, del culto a lo mediocre, del asentimiento bovino – pero al mismo tiempo las viejas formas revolucionarias de rebeldía son impracticables en el mundo orwelliano del control electrónico de la población. Entonces la tarea es la de la simplificación y la serenidad: el huerto apartado, el pequeño taller, el cenáculo poético, la alcoba de los amantes, la capilla del eremita, las hierbas mágicas de la antigüedad, la maestría secreta de las armas de nuestros antepasados. Cada generación debe afrontar un cara a cara con la oscuridad y allí ser purificada. Ahora, perdidas las grandes causas nacionales o religiosas, la prueba ha de pasar por el nivel individual, articulado en pequeñas comunidades partisanas.
Como Israel en Babilonia, vivimos en exilio, bajo la autoridad monstruosa de una cultura obscena que reduce la humanidad a la más burda caricatura de sus debilidades para bien de un puñado de élites ciegas e impunes. Nada hay para nosotros en los palacios, en los salones, en los parlamentos, tampoco en una revuelta ideológica y quincallera. Como Horacio en la hora de apogeo de los enemigos de la República, es hora de volver a la clandestinidad del sencillo banquete filosófico: una jarra de vino, un par de amigos y una hiedra frondosa. Ni siquiera sabemos si estamos incubando un triunfo futuro: tal vez esta vaya a ser la forma en que la dignidad de lo humano vaya a ser preservada en el futuro. Pero una certeza rotunda puede aún animar nuestras almas: no nos venderemos, no claudicaremos, no nos prostituiremos, no aceptaremos nunca las treinta monedas de plata. Porque no vamos hacia ningún futuro, sino hacia el cielo.
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