Y aquí mamó to quisqui. Lo que yo te diga.
Los de la izquierda, los de la derecha, los de arriba y los de abajo. Hasta la pepa tuvo que mamá con lo tranquila que está la Plaza de España un viernes a esa hora. San Carlos siempre está tranquilo. Y aquello parecía que iba a salir la antología de Antonio Martín: PETAO.
Y es que una cosa es un mitin (o acto político o como lo quieran llamar), y otra muy distinta es entrar allí con el ambiente caldeado y salir con la sensación de que había hambre. Hambre de decir cosas que normalmente se dicen bajito… o directamente no se dicen.
Santiago Abascal soltó su pasodoble
con su estilo, señalando a Pedro Sánchez de todas las maneras posibles, algunas más políticas, otras… bueno, otras ya estaban en ese terreno difuso donde cuesta distinguir si estamos ante un adjetivo calificativo o directamente un insulto con todas las letras.
Y ahí es donde Cádiz hizo lo suyo.
Porque el buen aficionao no se queda en la pamplina. Se mete en el fango como si fuera a coger coquinas. Y claro, resonó en todo el barrio el insulto más gordo que se les ocurrió; sin filtros, sin edición y sin pedir permiso. Como se ha hecho aquí toda la vida, como cuando algo te toca los cada vez más caros huevos.
La presentación corrió a cargo de Ramón Aumesquet
presidente provincial de VOX Cádiz. A vé… no te puedo decir que estuviera a la altura de “A fuego vivo” pero bordó la de “Principiantes”. Levantó la plaza, calentó al público y le dejó a Gavira el coliseo calentito, calentito.
Gavira pudo hacer un popurrí, pero le falta terminar un par de falsetas de esas que te ponen de pie tanto a ti como a los vellos. Así que se quedó en una buena cupletina. Y digo BUENA, ojo. Bien cantaíto, bien estructurado, y que gustó. Pero cuplés al fin y al cabo.
Y cómo no, no podían faltar los derrotistas del ambigú
Es verdad que allí no había ambigú, pero está claro que habían pasado por él antes. Protestas, tensión, ese runrún que ya es habitual. Pero al final ná de ná.
Aquí hay un detalle que desde fuera no se entiende: el “gallinero”: Sánchez —y muchos como él— probablemente asocien la palabra a un teatro, a un sitio lejano, a un público secundario. Error de libro. En Cádiz, cuando ocupas una escena y el gallinero entra en juego, no estás ante público de fondo. Estás ante la más exquisita exigencia, LA CHUSMA SELECTA. Ante la presión. Ante la marea que te levanta… o te pasa por encima y te quita el valor para decir cinco letras hermosas para siempre: CÁDIZ, porque en palabras de Manolito (que Dios lo tenga en su gloria y le haya perdonado ya lo de “guasa cubana”): “aquí se suben los hombres a cantar con cariño, y los conviertes en Dioses, o salen llorando como niños chicos”.
Y lo del otro día fue eso: un gallinero desatado. Y con Santi A MUERTE.
No fue solo que se llenara la plaza
Fue cómo se llenó. Con qué actitud. Con qué nivel de implicación. Porque una cosa es ir a ver qué dicen y otra muy distinta es formar parte del espectáculo.
Aquí no hubo espectadores. Hubo actores.
Y eso, guste o escueza, es lo que marca la diferencia. Porque cuando la política deja de ser un trámite y se convierte en desahogo, en grito colectivo, en catarsis… ya no estás jugando en el terreno de los discursos. Estás jugando en el terreno de las emociones.
¿Excesivo? Puede.
¿Incómodo? También.
¿Real? Sin ninguna duda.
Cádiz no es una ciudad de término medio. Nunca lo ha sido. Aquí se aplaude fuerte o se pita más fuerte todavía. Y el que se sube a un escenario lo sabe… o debería saberlo.
Lo del mitin no fue solo un éxito de convocatoria
Fue una demostración de músculo. De esos que no salen en las encuestas, pero que se sienten cuando estás allí.
Ahora falta ver si ese ruido se traduce en algo más que ruido.
Pero una cosa está clara: el que no entienda cómo funciona el gallinero en Cádiz…
…Ese no ha entendido nada.
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