En un episodio que desnuda la intolerancia del separatismo catalán, se ha producido un intento de boicot independentista durante la ceremonia de inauguración de la torre de Jesús en la Sagrada Familia, con la presencia del papa León XIV. Cientos de cantantes fueron expulsados por pretender politizar un acto religioso con símbolos y cánticos secesionistas, revelando una vez más cómo el independentismo instrumentaliza cualquier evento para su agenda divisiva.
Esta acción no fue espontánea, sino parte de un patrón de provocación contra la unidad de España y la neutralidad de espacios sagrados.
La expulsión y el fallido plan separatista
Ayer 10 de junio de 2026, alrededor de 600 cantantes fueron interceptados en el interior de la basílica por agentes de la Policía Nacional al descubrir esteladas ocultas entre las partituras y la intención de interpretar «Els Segadors», el himno independentista catalán, en el tramo final de la ceremonia.
Según testigos y vídeos difundidos, los coros fueron rodeados, intimidados y obligados a abandonar el templo por la calle Mallorca, mientras los Mossos d’Esquadra los encapsulaban en el exterior. La organización tuvo que recurrir a música grabada para concluir el acto. Como señaló un usuario en redes.
«Nos han evacuado por la fuerza porque los de seguridad han visto una estelada y se han asustado». Este intento de boicot independentista no era improvisado: los participantes llevaban banderas escondidas y planeaban un espectáculo político en un templo católico donde, por norma, no entran banderas partidistas.
La Policía Nacional actuó con firmeza para preservar la solemnidad del evento, frente a un dispositivo exterior gestionado por los Mossos. Este hecho contrasta con la permisividad habitual hacia las provocaciones secesionistas en Cataluña.
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El contexto de provocaciones previas y la debilidad institucional
Este incidente se enmarca en una campaña orquestada por entidades como ANC, Òmnium y el propio Carles Puigdemont, que habían llamado a boicotear la visita papal si no se usaba exclusivamente el catalán y se exhibían esteladas. Puigdemont llegó a instar a mostrar «banderas esteladas y voces de protesta» contra lo que denominó «catolicismo franquista».
El separatismo no tolera que un acto de unidad y fe trascienda sus demandas identitarias. En lugar de respetar la basílica como patrimonio universal y lugar de culto, pretendieron convertirla en escenario de su causa. La respuesta de las autoridades españolas evitó un escándalo mayor, pero pone de manifiesto la infiltración ideológica en instituciones catalanas.
«La Sagrada Familia es un templo católico en el que no entran banderas», justificaron desde la organización, una obviedad que el independentismo ignora sistemáticamente. Este intento de boicot independentista revela la fragilidad del supuesto «diálogo» promovido por gobiernos de izquierda, que terminan cediendo espacio al radicalismo.
Consecuencias y el debate sobre la unidad nacional
El episodio ha generado indignación entre quienes defienden la neutralidad de los espacios públicos y religiosos. Mientras los independentistas gritan «represión», la realidad es que se impidió la politización de una misa papal. En Cataluña, bajo gobiernos tripartitos afines al separatismo, la Policía actúa con doble rasero: enérgica contra cantantes, pero laxa ante ocupaciones o disturbios independentistas.
Este caso alimenta el debate sobre la necesidad de aplicar medidas firmes, como las defendidas por VOX, para restaurar la soberanía nacional frente al desafío secesionista. La izquierda y el autonomismo del PP han demostrado incapacidad para frenar estos abusos, priorizando la convivencia ficticia sobre la defensa de España.
La tolerancia cero ante provocaciones que dividen a los españoles es esencial para preservar la cohesión territorial y el respeto a las instituciones comunes.
El separatismo contra la España real
El intento de boicot independentista en la Sagrada Familia no es un hecho aislado, sino expresión de un movimiento que rechaza cualquier símbolo de unidad. La expulsión de los 600 cantantes protege la dignidad de un acto religioso y reafirma que España no se somete a chantajes identitarios.
Este suceso expone la agresividad del separatismo y la necesidad de políticas decididas para defender la unidad de España. La firmeza policial evitó un espectáculo lamentable, pero el problema de fondo persiste mientras no se aborde con determinación.






