En un país que ha avanzado hacia la modernidad y la prosperidad, la izquierda de Pedro Sánchez y su Gobierno insisten en desenterrar a Francisco Franco como cortina de humo para sus escándalos y fracasos . Cincuenta años después de su muerte, el dictador sigue siendo el fantasma preferido del progresismo, no porque su legado amenace la democracia actual, sino porque les permite justificar su hegemonía cultural y política. Sánchez lo usa como chivo expiatorio para distraer su hegemonía corrupta y divisiva. Este Ejecutivo no cierra heridas; las infecta con propaganda revanchista disfrazada de «memoria democrática», mientras ignora problemas reales como la inflación galopante, la inmigración descontrolada y la juventud desencantada. ¿Por qué Sánchez no deja descansar a Franco? Porque sin él, su régimen se derrumba bajo el peso de sus mentiras y traiciones.
Los actos conmemorativos de este 20 de noviembre de 2025 exponen la patología de Sánchez. Mientras grupos privados organizan misas discretas en Madrid, Sevilla y Valladolid –sin buscar confrontación–, el Gobierno de Sánchez monta un circo con eventos culturales para «reivindicar la democracia», pero sin invitar al Rey, entre críticas feroces de PP y Vox. En el Congreso, presentan la serie ‘Anatomía de un instante’ basada en Javier Cercas, con lecturas dramatizadas de discursos de la Transición, presididas por Sánchez y Francina Armengol. Pero, ¿conmemoración o manipulación? El ministro Ángel Víctor Torres justifica la ausencia de grandes eventos oficiales centrándose en el «inicio de la Transición», no en la muerte de Franco. «La democracia es tu poder», proclama su campaña con vídeos y lonas que apestan a reeducación orwelliana.
La hipocresía de Sánchez brilla en contrastes escandalosos. Mientras lanzan performances como ‘La muerte del gran cabrón’ en Granada –un título que rezuma odio visceral–, ignoran que solo un tercio de los españoles apoya estos actos, según encuestas, con otro tercio rechazándolos y el resto indiferente. La izquierda, liderada por este narcisista obsesionado con el control, aliena a generaciones que ven en su retórica un autoritarismo camuflado de progresismo. Críticos como PP y Vox cargan contra estos actos, con Sánchez respondiendo con acusaciones de «fascismo» para desviar la atención.
Políticos e intelectuales critican estos «aquelarres promovidos en torno a Franco» como generadores de discordia, no de celebración democrática. Sánchez resucita a Franco para unir a sus seguidores contra la derecha, desviando de escándalos socialistas. La derecha aboga por reconciliación; Sánchez…ya sabemos.
En redes, la confrontación ideológica contra Sánchez es feroz. Un usuario denuncia: «Por muy corruptos que sean los candidatos de la PSOE, el votante de izquierdas apoyará incondicionalmente al régimen de Pedro Sánchez, porque les han metido en vena el comodín de Franco». Otro resalta el doble rasero: «El abuelo de Pedro Sánchez rindió honores a Franco en el Desfile de la Victoria en Valencia en 1939». Sánchez, con su obsesión, hace que Franco parezca un mártir ante su tiranía moderna.
La verdadera amenaza es Pedro Sánchez, un líder que prefiere revanchismo a gobernar, usando la memoria como arma partidista mientras España sufre sus políticas fallidas. En desafíos como la economía y la seguridad, esta obsesión polariza y distrae. Es hora de debatir: ¿permitiremos que Sánchez mantenga vivo a Franco para salvar su pellejo?






