En un nuevo episodio de la farsa que es el Gobierno de coalición progresista, Sumar lanzó un golpe directo contra la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, sugiriendo su dimisión inmediata por su supuesta inacción ante la crisis habitacional. Esta grieta expone la hipocresía de una izquierda dividida que critica internamente pero se aferra al poder como si no hubiera mañana. La portavoz de Sumar declaró que se les estaba «acabando la paciencia» con la gestión socialista y en apenas tres horas –entre las 11:00 y las 14:00– la formación se arrepintió y suavizó su postura, aunque el enfado en el PSOE ya estaba servido ¿por qué no rompen la coalición si tan graves son las discrepancias? La respuesta es clara: el sillón del poder es más fuerte que cualquier principio ideológico.
Este conflicto no es aislado. Sumar se desmarca abiertamente de la política de vivienda del PSOE, apuntando directamente a Rodríguez por no tomar medidas drásticas contra los altos precios de los alquileres. La vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, evita hablar de dimisión pero insiste en que el PSOE debe «hacer caso» a las propuestas de Sumar, como si el socio minoritario dictara la agenda. ¿No es esto una admisión velada de que la coalición es un matrimonio de conveniencia, sostenido solo por el miedo a perder escaños?
Este espectáculo subraya el fracaso de las políticas intervencionistas de la izquierda. Mientras Sumar exige más regulaciones y topes a los alquileres, el PSOE defiende que ha multiplicado por ocho el presupuesto en vivienda, responsabilizando a las comunidades autónomas de los problemas. Pero la realidad es que estas divisiones internas demuestran que el Ejecutivo está al borde del colapso. La izquierda se desgarra por dentro, pero nadie dimite porque el poder es adictivo. ¿Es sostenible un Gobierno donde los socios se apuñalan por la espalda pero se mantienen unidos por el botín del poder?






