Enrique J. Ortiz
En esta semana de abril de 2026 en la que. según la AEMET, el invierno ha decidido regresar en plena primavera, prometiendo un desplome térmico de veinte grados y nieve donde no debería haberla. Esta semana, digo, es el escenario perfecto para un asunto turbio, o para una cumbre internacional. O para las dos cosas.
Pedro Sánchez no es un hombre que deje las cartas al azar. Preside la Internacional Socialista y sabe que, en este negocio, si no te mueves, te mueven. Va a la ciudad condal con un plan bajo el brazo: reunir a los habituales del progresismo mundial para levantar un muro contra la extrema derecha, esa red que lleva años tejiendo alianzas y soltando discursos nacional-populistas.

La ciudad intenta recuperar su viejo brillo, lavándose la cara tras los años de las turbulencias del proceso independentista y las políticas comunistas. Salvador Illa, el socialista que ahora lleva el timón en Cataluña, hará de anfitrión, con la cautela de quien sabe que las relaciones con las instituciones europeas por fin se han normalizado.
El primer acto será el viernes 17 de abril en el Palau de Pedralbes. Sánchez se verá con Luiz Inácio Lula da Silva, el hombre fuerte de Brasil. No estarán allí para hablar del tiempo, el Estrecho de Ormuz, las subidas del petróleo y del gas, y la inflación que provoca lo ven como una oportunidad para generar un relato nuevo frente a las amenazas que llegan desde el despacho de Donald Trump en Washington. El «no a la guerra» va a resonar con fuerza.
Pero el plato fuerte se servirá en la Fira Gran Via. Allí se va a presentar la ‘Global Progressive Mobilisation’, una plataforma diseñada para que los socialistas empiecen a llamarse «progresistas», un cambio de nombre que busca atraer a más gente al club. Sánchez y el sueco Stefan Löfven, jefe del Partido de los Socialistas Europeos, se han esforzado al máximo para convencer a los alemanes del SPD y a los suecos para que volvieran al redil después de diez años de disputas menores. Al final, el miedo a lo que viene de la ultraderecha pesó más que el orgullo.
El desfile de nombres será largo. Cyril Ramaphosa de Sudáfrica, Gustavo Petro de Colombia y Yamandú Orsi de Uruguay. Tipos que saben lo que es pelear en el barro. También andaban por allí los pesos pesados de Bruselas: António Costa y Teresa Ribera, una mujer que, aunque trabaje con conservadores en la Comisión Europea, no olvida de dónde viene, o mejor dicho: no puede olvidar de donde viene aunque quiera.
En la Fira, el ambiente estará cargado. Más de cincuenta paneles de debate, con activistas radicales como Maria Ressa, esa periodista filipina que tiene un desprestigiado Nobel de la Paz, Ressa es activista LGTBQ y partidaria de regular las redes. Opina que la democracia se desangra si los (sus) medios libres no tienen aire para respirar.
También estarán los economistas. Gabriel Zucman, un tipo obsesionado con el dinero de los demás que se ha hecho experto en los paraísos fiscales como si los hubiera diseñado él mismo, y Mariana Mazzucato, que cree que el dinero público debe servir para algo más que para tapar agujeros (se ve que no conoce el socialismo español). En un panel titulado «Oligarquía o democracia», la gente de Oxfam (esos clientes de Begoña Gómez) hablará de que hay que gravar a los superricos si queremos que la desigualdad deje de ser una condena a muerte para la justicia social.
Y por si es poco, en una de las salas se hablará de la «convergencia de la fe y las políticas progresistas». La Liga Internacional de Socialistas Religiosos intentará explicar que se puede tener fe y a la vez luchar por los derechos LGTBIQ+ y la igualdad de género. Todo siguiendo el guion de la Agenda 2030, ese manual que algunos siguen como si fuera el Evangelio.
No faltará la plana mayor de las fundaciones de Bill Gates y George Soros. Joe Cerrell, de la Gates Foundation, hablará de reducir la ayuda a mujeres vulnerables (sic), mientras que Pedro Abramovay, el hombre de Soros, defenderá un Estado fuerte para combatir la desigualdad (sic). Extraño juego de espejos donde el dinero de los de arriba comprará un sitio en la mesa de los que defienden a los de abajo.
Sánchez pretende investirse esta semana como el líder del progresismo global, presentando su «alternativa necesaria» a las fuerzas conservadoras y hará un llamamiento a la acción coordinada antes de que sea demasiado tarde y la nueva ola se lo lleve todo por delante.

En paralelo, se celebrará la IV Reunión en Defensa de la Democracia. Sánchez, Lula, Petro y los demás buscarán una respuesta conjunta a la desinformación, «ese veneno que se propaga por las redes y que la ultraderecha usa para envenenar los pozos de la opinión pública». ¡Que Dios nos coja confesados! Quieren demostrar que la esperanza puede ser más fuerte que la división, una frase que suena bien en un mitin.
El despliegue (español) va a ser total. Ministros como Albares, Cuerpo y Ana Redondo se mezclarán con figuras como Zapatero y Francina Armengol. No faltará nadie que quiera salir en la foto de la «mutación» de la Internacional Socialista.
El alcalde Jaume Collboni y el president Illa sonreirán ante las cámaras, sabiendo que Barcelona vuelve a ser el centro de algo, aunque sea por una semana, mientras el PSC toma el IBEX al asalto ad mayorem Sánchez gloria.
Y por supuesto la intención es que esto sea solo el primer paso de un camino largo para construir una coordinación que dure, una red que no se rompa a la primera de cambio. Sánchez habrá montado su espectáculo, había reunido a la familia y marcado el terreno. Ahora queda esperar a que ese dique que han construido en Cataluña no sea suficiente para aguantar la marea que viene del otro lado. En este negocio, las palabras son baratas. Lo que cuenta es quién sigue en pie cuando el frío de verdad empieza a apretar. Y en Barcelona, esta semana, el frío parece que no tiene intención de irse pronto.
Eso sí, mientras la derecha española sigue sumida en su propia guerra civil. ¡Dita sea!







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