En la tarde del 20 de abril de 2026, durante la décima corrida de la Feria de Abril en la Real Maestranza de Sevilla, Jose Antonio Morante de la Puebla sufrió una cornada de pronóstico muy grave. El diestro sevillano, tras cortar una oreja en su primer toro, fue embestido brutalmente por el segundo de su lote. Este suceso no solo expone los riesgos inherentes al toreo, sino que revela la hipocresía de ciertos sectores radicales que celebran el sufrimiento ajeno mientras atacan una tradición cultural española.
El triunfo efímero y la tragedia en el albero
Morante inició la tarde con maestría. Con el primer toro, de nombre Pelifino (ganadería Hermanos García Jiménez), ejecutó una faena repleta de estatuarios, trincherillas y series al natural que culminó con un espadazo certero. El público le concedió una oreja en reconocimiento a su arte. Sin embargo, el cuarto toro de la tarde —Clandestino— salió suelto y sin fijarse bien en el capote. En un lance aparentemente controlado, la res arrolló al matador, provocándole una herida por asta de toro en el margen anal posterior.
La trayectoria alcanzó unos 10 centímetros, lesionando parcialmente la musculatura esfinteriana anal y perforando la cara posterior del recto en 1,5 centímetros. Los médicos de la enfermería, dirigidos por el cirujano Octavio Mulet, realizaron lavado de la herida, reparación de la pared rectal y aparato esfinteriano, además de un drenaje aspirativo. El parte médico oficial, emitido a las 21:30 horas, calificó el pronóstico como “muy grave”. Morante fue trasladado posteriormente a la UCI del hospital Viamed de Sevilla, donde permaneció estable pero bajo estricta vigilancia.

“El silencio se apoderó de la plaza”, como describieron testigos presenciales, mientras la cuadrilla sacaba al torero en volandas entre aplausos de respeto. A sus 47 años, Morante demostró una vez más que el toreo no admite improvisaciones.
La izquierda radical celebra el dolor ajeno
Mientras la afición taurina enviaba mensajes de #FuerzaMorante, sectores del perroflautismo y la izquierda antitaurina no ocultaron su satisfacción. En redes y foros afines, comentarios como “se veía venir” o insinuaciones sobre “las estrecheces y apreturas” del estilo de Morante se multiplicaron. No se trató de agoreros, sino de una crítica disfrazada de análisis: según ellos, el torero “cultiva las faenas en un campo de minas” por su forma de torear cercana y arriesgada. A Morante «le pesan los años», “le pesan los kilos» señaló cierta crónica.
Esta reacción no sorprende. La izquierda radical, aliada con movimientos animalistas subvencionados, ha convertido la tauromaquia en su objetivo preferido. Olvidan que figuras como Morante defienden una liturgia cultural milenaria que genera empleo, atrae turismo y forma parte de la identidad española. En cambio, prefieren moralizar desde la comodidad mientras ignoran otros sufrimientos reales. Morante, que en el pasado se enfrentó directamente a manifestantes antitaurinos gritando “yo no soy un asesino”, simboliza hoy la resistencia frente a esta intolerancia.
Frente a ellos, la derecha y VOX han defendido siempre la libertad de la fiesta nacional contra las prohibiciones y censuras de PSOE y socios radicales.
Reflexión sobre el riesgo y la grandeza del toreo
Lo que realmente define su toreo es el aplomo, la firmeza de muñeca y la lucidez ante la ferocidad de las reses. La cornada no llega por falta de recursos, sino por la entrega total al arte. El toreo no es un espectáculo seguro; es confrontación con la muerte, belleza y verdad.
Este incidente debe servir para debatir sin hipocresía: ¿Quién defiende realmente la cultura española? Mientras la izquierda aplaude cornadas y pide prohibiciones, millones de españoles valoran la tauromaquia como patrimonio vivo.
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