Por Enrique J. Ortiz
Querido amigo, tú que quizás caminas hoy por la Gran Vía, esquivando a los turistas y el fragor de una ciudad que parece haber perdido el norte, te habrás fijado en esa marea de carteles que anuncian la llegada de León XIV. Madrid se ha despertado bajo su mirada, una mirada que nos venden desde los laterales de los autobuses y las tarjetas de transporte como el bálsamo para nuestras heridas. Pero déjame que te hable al corazón, con la crudeza de quien busca la verdad sin los maquillajes de la propaganda oficial: este viaje, que nos presentan como una misión de esperanza, esconde bajo sus pliegues una inquietante deriva hacia un globalismo que amenaza con diluir la esencia de nuestra fe y de nuestra patria.
Llega el Pontífice a una España desolada, sumida en una criminalidad institucionalizada y una corrupción que hiede en los pasillos del poder. Y en medio de este naufragio moral, vemos con dolor cómo el Papa se presta a ser la «brújula moral» de un Gobierno ateo que usa su figura para ocultar sus propias miserias. Me pregunto, amigo mío, si no es una traición a los sencillos que un vicario de Cristo se alinee de forma tan evidente con quienes han hecho de la mentira su bandera, permitiendo que Pedro Sánchez se jacte de una «sintonía» que solo sirve para desviar la atención de los escándalos familiares y políticos que lo cercan.
El espejismo de la gobernanza global

Mira bien lo que nos propone este Papa en su encíclica Magnifica Humanitas. Nos habla de una «crisis del multilateralismo» y nos pide reformas profundas de la ONU, exigiendo instituciones internacionales más eficaces. ¡Qué peligroso suena eso en los oídos de quien ama la libertad! Bajo el pretexto de cuidar el bien común, se nos invita a entregar nuestra soberanía a organismos lejanos, a una gobernanza global que, lejos de ser el Reino de Dios, se parece sospechosamente a ese «Babel tecnológico» del que él mismo dice advertirnos.
Se nos dice que la Inteligencia Artificial debe ser regulada por marcos éticos mundiales para evitar que unos pocos actores impongan su moral. Pero, ¿acaso no es ese mismo globalismo el que pretende imponernos una moral única, uniforme y desprovista de raíces? El Papa pide una «corresponsabilidad mundial» y no deja la IA al mercado, pero al hacerlo, parece abrir la puerta a una intervención internacional que anula la legítima pluralidad de los pueblos. Es el sueño de las élites, de aquellos que en Estados Unidos lo tachan de «woke» o «marxista», viendo en él no a un pastor, sino a un impulsor de agendas que poco tienen que ver con el Evangelio de los humildes.
Fronteras abiertas: ¿caridad o claudicación?
Hablemos de la migración, ese «examen decisivo» de la justicia social según León XIV. Su insistencia en los cuatro verbos —acoger, proteger, promover e integrar— resuena con una fuerza que, a primera vista, parece cristiana. Pero, querido amigo, la caridad que no tiene en cuenta la realidad del propio hogar termina siendo una injusticia. El Papa critica con dureza los «muros» y califica de «inhumanas» las políticas de control de fronteras, alineándose con un globalismo que ignora las consecuencias para los trabajadores de nuestra tierra.
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Desde las Islas Canarias, el Pontífice lanzará su proclama de fronteras abiertas, ignorando las voces de quienes le advierten que los obispos están «desconectados de la realidad». Es fácil pedir acogida desde los palacios vaticanos, pero es el pueblo llano el que sufre el impacto en su sanidad, en su seguridad y en sus salarios. ¿Dónde queda el derecho de los españoles a proteger su cohesión social? Al promover una «cultura de reconciliación» a escala planetaria, León XIV parece olvidar que la verdadera solidaridad empieza por el prójimo, no por una abstracción universal diseñada en despachos internacionales.
Sus detractores no se equivocan cuando señalan que esta visión promueve una «globalización de la impotencia» para las naciones soberanas, dejándolas a merced de procesos migratorios masivos que transforman nuestra identidad sin que se nos haya consultado.
El eclipse de lo sagrado ante lo sinodal
Lo más triste de esta deriva es cómo lo político y lo global terminan asfixiando lo sagrado. Mientras el Papa habla de «misioneros sociales» y de «fraternidad universal», en nuestras iglesias se libra una batalla por el alma de la liturgia. Hay un sector de la Curia, encabezado por hombres como Roche, que muestra una hostilidad manifiesta hacia el antiguo rito, hacia esa Misa que definió el catolicismo durante siglos y que hoy vuelve a florecer entre los jóvenes.
Se nos quiere vender una «iglesia sinodalista» que parece haber dejado de creer en la Presencia Real para convertir la Eucaristía en un mero «banquete sinodal» de convivencia social. Es el globalismo religioso: una fe simplificada, sin aristas, que no moleste a los poderes del mundo. Por eso se acusa de soberbia a quien decide comulgar de rodillas, invirtiendo el significado de un gesto que siempre fue de humildad y adoración. ¡Qué paradoja! Se nos pide que nos arrodillemos ante la «gobernanza global» y las agendas climáticas o tecnológicas, pero se nos afea que lo hagamos ante el Dios vivo.
Incluso en la comunicación, vemos cómo el Vaticano se «americaniza», entregando el control de su maquinaria a profesionales forjados en las relaciones públicas de Estados Unidos. Es la victoria de la imagen sobre el misterio, del mensaje «eficaz» sobre la Palabra que escuece y salva.
Un león que no ruge contra el sistema
Querido amigo, León XIV viene a España y su visita será un éxito de masas, con procesiones de casullas de Zara-Santa y misas multitudinarias en Cibeles. Pero no te dejes engañar por el brillo de la seda. Bajo el guante de seda de la «fraternidad», se esconde el puño de un sistema que quiere reemplazar la civilización cristiana por una «democracia liberal» que nos gobierna a través de los medios y el miedo.
Este Papa, que ama el béisbol y busca patronos para los estadios, parece sentirse más cómodo dialogando con los tecnócratas que con los defensores de la tradición. Su magisterio, centrado en lo humano frente a la máquina, corre el riesgo de convertirse en la coartada moral para un nuevo orden mundial donde la Iglesia es solo una ONG más al servicio de la paz global.
No podemos culpar solo a nuestros enemigos políticos; nosotros mismos, si aceptamos este globalismo sin alma, estaremos contribuyendo a la degradación de nuestras vidas. El siglo XX fue una gran revolución que intentó reemplazarlo todo, y este siglo XXI parece empeñado en rematar la faena bajo el disfraz de la solidaridad planetaria.
Por eso, cuando veas pasar el papamóvil, reza por el Papa, sí, pero no te arrodilles ante sus consignas globalistas. Arrodíllate solo ante el Señor, porque esa es la única garantía de que jamás te arrodillarás ante el poder de este mundo, ni ante los algoritmos de la IA, ni ante los dictados de una ONU que pretende ser nuestra nueva iglesia. España necesita recuperar su alma, no una brújula moral que apunta hacia un horizonte donde las naciones y la fe verdadera desaparecen en una niebla de fraternidad vacía. Busca la autenticidad, amigo mío, que esa no se encuentra en las agendas globales, sino en el sacrificio silencioso de quien se mantiene fiel a lo que siempre fue verdad.







