A medida que se acerca el final del Begoñato, un detalle importante parece pasar desapercibido: el #sanchismo es un monstruo que puede perfectamente sobrevivir a su Tótem Principal. De hecho, dada su sociobiología aberrante, puede devorarlo como medio para renacer fortalecido. ¿Qué es un sanchismo sin Sánchez? Esa es la pregunta.
Apareció esta última semana Jordi Sevilla por todas partes como cabeza visible de una supuesta oposición interna socialista. La cosa es ridícula, por supuesto, pero hay elementos rescatables. Uno de ellos la mención a que el partido tiene actualmente un “ambiente de club de fans”. Los partidos políticos en el régimen actual funcionan como plataformas de acceso a los lugares de decisión. En algunos casos su funcionamiento es más asambleario, en otro menos, pero lo importante no cambia. No hay acceso al poder político sin pasar por el filtro de los mangoneos internos de tal o cual partido. Lo más normal es que tengan estructuras de tipo tribal/mafioso, pero el sanchismo ha aportado una novedad: la organización puede funcionar solo a base de histeria, siempre que se elimine cualquier objetivo que no sea la pura supervivencia del líder. Examinemos esta idea.
Los partidos suelen tener como fin el acceso al poder y la prolongación de dicho acceso. Al estar en contacto con los otros poderes (el económico, el mediático, etc) que tienen sus propias agendas y sus propias peculiaridades, se requiere que los partidos sean capaz de hablar en el idioma común de los círculos de poder. Sin embargo, si los objetivos cambian, y ya solo se busca la apoteosis del líder y su impunidad, todos los protocolos pueden cancelarse y bastan unas cuantas docenas de señoras histéricas para mantener el chiringuito en marcha. El símil del club de fans está muy bien traído: la mezcla de ceguera, tumulto insomne y emocionalidad pegajosa es lo que define ahora mismo al sanchismo, desde Silvia Intxaurrondo hasta el ministro más estúpido.
Se trata de un contagio a formas de sectarismo de la ultraizquierda: por ejemplo, Podemos es solo una maquinaria de lucro de la pareja de Galapagar y sus votantes lo aceptan encantados. Lo importante no es España, ni la justicia social ni los pepinillos en vinagre. Lo único importante es el bienestar de Pablo e Irene.
Curiosamente, mientras exista alguien lo bastante ágil como para usurpar el trono en los momentos de transición, el fervor puede sobrevivir a la muerte política del líder, del mismo modo que las monarquías sobreviven por el simple método de no generar largos lapsos de vacío de poder: a rey muerto, rey puesto. El polo de atracción de la histeria servil es reparado al instante y la maquinara de adulación no se detiene. Estamos alerta, por tanto, porque muerto el perro, la rabia puede continuar.






