En una comparecencia que pasará a la historia como un monumento a la opacidad, Pedro Sánchez ha demostrado una vez más que la transparencia no es su fuerte. Ante la comisión de investigación del Senado sobre el caso Koldo, el presidente del Gobierno recurrió a más de 50 fórmulas de negación para esquivar las preguntas incisivas de la oposición. «No me consta», «no lo sé», «no tengo constancia» y otras variantes se repitieron como un mantra, sumando un total de 52 evasivas que dejan en evidencia su incomodidad y su falta de voluntad para aclarar los oscuros entresijos de la corrupción que salpica al PSOE. Esta actitud no solo frustra el debate democrático, sino que invita a cuestionar si estamos ante un caso de amnesia selectiva o, peor aún, de deliberada ocultación de la verdad.
Pero vayamos al grano: la contradicción sobre los pagos en efectivo del PSOE es flagrante y escandalosa. Sánchez insistió en que todos los pagos se efectuaron «contra factura» y que la financiación del partido es «absolutamente limpia, regular y legal». Sin embargo, esta versión choca frontalmente con las declaraciones judiciales de figuras clave del PSOE. Como revelan fuentes judiciales, la secretaria de la gestora, Celia, y el exgerente Mariano Moreno explicaron al juez que «los pagos se hacían con simples tickets y sin hacer apenas comprobaciones», llegando incluso a «pasar tickets duplicados y hasta de restaurantes en los que no habían estado». ¿Cómo se explica esto? Mentir en una comisión del Senado es delito, y estas evasivas podrían tener consecuencias penales graves. Sánchez admitió haber liquidado gastos en metálico «en alguna ocasión», siempre «dentro de los límites» y con justificante, pero evitó detalles concretos sobre cantidades o fechas, dejando un vacío que huele a encubrimiento y que podría costarle que lo llamen a testificar.
La oposición, no se quedó de brazos cruzados. El PP abrasó a Sánchez con razón: sus 52 evasivas son las respuestas de un culpable que no quiere sumar delitos. Como señaló el PP en su valoración, «‘No me consta’ y ‘no lo recuerdo’ son las respuestas que da un culpable que no quiere sumar nuevos delitos». Los populares lo retrataron como «profundamente incómodo», convirtiendo la sesión en una «imagen de deshonra» donde el presidente se atrincheró en ataques al Senado, tildándolo de «circo» y «máquina de fango». Otros opositores, como Junts, lo acusaron de ser un «escapista» como Houdini, mientras Coalición Canaria denunció su «hipocresía política». Incluso Vox exigió elecciones inmediatas, argumentando que Sánchez finge ignorancia ante hechos judicializados que involucran a su familia y partido.
Frente a esto, el Gobierno y el PSOE intentan vender una victoria pírrica, afirmando que Sánchez «resistió el intento fallido del PP» con «serenidad, datos y respeto institucional». Acusan a los populares de convertir el Senado en un «lodazal» sin pruebas, pero esta defensa suena hueca cuando las evasivas del presidente hablan por sí solas. Sánchez desvía el foco hacia la corrupción pasada del PP –el clásico «y tú más»– pero ignora que su Gobierno está salpicado por tantos escándalos ya, que nadie se lo traga.
Este episodio no es solo una decepción parlamentaria; es un golpe a la democracia. Mientras Sánchez navega con soltura su guion evasivo, no se aclara gran cosa más allá de la batalla por los titulares, dejando a España con más dudas que respuestas.






