En un rincón cualquiera del universo, una estrella enorme agota su combustible, se derrumba sobre sí misma y, en vez de morir con dignidad, se convierte en un monstruo: un agujero negro. Su gravedad es tan brutal que ni la luz puede escapar. Todo lo que se acerca demasiado cruza una línea invisible —el horizonte de sucesos— y desaparece para siempre, estirado, triturado y tragado por una singularidad donde las leyes de la física tiran la toalla.
La cosmología es apasionante y permite analogías políticas muy entretenidas. Cambiemos “estrella masiva” por “PSOE de Pedro Sánchez”, “gravedad” por “corrupción” y “luz” por “decencia, independencia judicial o lo que quede de credibilidad”. Bienvenidos al agujero negro de la Moncloa.
En la física de los agujeros negros, el horizonte de sucesos es el punto de no retorno. En la política española, ese punto se llama Ferraz 70, o más concretamente, el círculo íntimo de Sánchez. En cuanto un militante, un ministro o un familiar se asoma demasiado, la atracción se vuelve irresistible. La corrupción aquí no es un defecto ocasional: es la singularidad central que lo deforma todo.
Sánchez, el pozo gravitacional extremo:
calmado por fuera, tragando materia a toda pastilla y soltando, de vez en cuando, alguna radiación de Hawking en forma de rueda de prensa victimista.
Un agujero negro no elige a sus víctimas; simplemente está ahí, con su masa descomunal. Sánchez llegó al poder en 2018 jurando que iba a barrer la corrupción del PP después del caso Gürtel. Ironía de nivel supernova: ocho años después, el partido que se vendió como la solución se ha convertido en un catálogo andante de escándalos. El hermano procesado por un puestecito a medida en Badajoz. La esposa investigada por tráfico de influencias y contratos sospechosos. Ábalos y Koldo con el caso de las mascarillas y comisiones millonarias. Santos Cerdán dimitido tras los informes de la UCO. Hasta Zapatero, el mentor, salpicado. Más de cuarenta imputados, decenas de millones en juego y registros en la sede del partido.
La corrupción en este sistema no es un fallo del sistema: es el sistema. Los agujeros negros supermasivos en el centro de las galaxias regulan su crecimiento; este agujero negro regula el del sanchismo: más poder, más lealtades compradas, más instituciones bajo presión. Amnistías, indultos, pactos contra natura, todo vale con tal de seguir en órbita.
Acerca del final de este drama cósmico solo podemos especular, claro, como buenos cosmólogos de sofá. ¿Chocará algún día con otro agujero (unas elecciones catastróficas)? ¿Soltará una última radiación antes de evaporarse? ¿O seguirá tragando energía y materia hasta que España se pierda para siempre? Sánchez orbita imperturbable, con esa media sonrisa de quien sabe que, superado el horizonte de sucesos, las regla normales ya no existen. La corrupción, como la gravedad, no entiende de moral. Solo entiende de masa. Y aquí la masa lleva tiempo siendo crítica. El resto es solo cuestión de tiempo relativista: eterno para algunos, inevitable para otros.
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