Ya no valen ni pañuelos ni #flotillas. La realidad ha quedado para quedarse:
cuando ni los propios asesinos de #Hamás, en sus comunicados sobre el alto el fuego, usan la palabra “genocidio” sino el término “guerra”, es que toda la cruda verdad ha quedado al descubierto.
Cuando la piara podemita calla ante las masacres islamistas en Sudán o el infierno de las mujeres en Afganistán, es que ya no hay disfraz posible para lo que es puro odio antisemita.
Cuando España ha quedado en un asilamiento internacional ridículo, enfrentándose a los pilares de nuestro eje geoplítico (USA, Tel Aviv, la OTAN) para alinearse con los talibanes, es hora de exigir responsabilidades por las calamidades que vendrán, especialmente desde Marruecos, férreo aliado de Israel. Vamos a pagar facturas muy muy muy caras.
Cuando Ada Colau puede pasearse por los platós de televisión diciendo que ella y sus compañeros de flotilla sufrieron “torturas de baja intensidad” como estar sentados mucho rato en el suelo o beber agua del grifo (sic.) es que a la ultraizquierda solo le queda ya apelar a la estupidez supina de sus bases (manantial, por cierto, nada despreciable).
Cuando el Rey, ese espantapájaros, tiene que recibir de urgencia a la Federación de Comunidades Judías esta semana, para oír en persona la situación por la que atraviesan los judíos españoles en su día a día, oprimidas por la izquierda batasuna e islamista que copa el espacio público, es que la partida ya se juega en los escenarios grandes. Si España va a optar por el antisemitismo oficial y sistémico por la vía de los hechos, convirtiéndose en el referente mundial del puro odio irracional y el mejor aliado del terrorismo islamista, esto significa que van a zarpar muchos barcos a los que no se nos permitirá subir. El escenario mundial está cambiando y nosotros estamos escogiendo la peor posición posible.






