Estimado lector, imagínese usted abriendo su teléfono una mañana cualquiera, por ejemplo como la de ayer. Allí aparece una imagen cruda: un hombre herido en la acera, un asalto captado en video, o una escena de violencia que parece sacada de una película de terror gore, pero que ocurrió a pocas calles de su casa. El corazón se acelera. Usted siente una mezcla de rabia, tristeza e impotencia. Escribe un comentario: “Esto ya no se puede tolerar”. Comparte la publicación. Se indigna. Y, sin embargo, unas horas más tarde, la vida continúa como si nada hubiera pasado.
Ayer tuvimos récor de audiencia con esta noticia: Vídeo sangriento de Torre Pacheco: a martillazos un Argelino con un Senegalés
Una notica con aviso de no apta para menores, pues la escena, para la portada tuvo que ser pixelada prácticamente en su totalidad por la violencia del acto. Pues bien. la indignación aparece, y con un click, se comparte con un post de pesar y furor.
Este patrón se repite con frecuencia en nuestras ciudades. Las noticias que incluyen imágenes sensibles de violencia callejera “funcionan” muy bien: generan miles de reacciones, comentarios y compartidos en poco tiempo. Pero, ¿por qué captan tanto nuestra atención? Y, sobre todo, ¿por qué esa indignación genuina rara vez se traduce en acciones concretas, ni siquiera en el momento de votar?
😥¿POR QUÉ ESTAS IMÁGENES “FUNCIONAN” TAN BIEN?
En primer lugar, estas imágenes conectan directamente con nuestro cerebro primitivo. La amígdala, esa pequeña estructura que nos alerta ante los peligros, se activa de inmediato ante escenas de violencia. No es un defecto; es una supervivencia evolutiva. Durante miles de años, prestar atención rápida a una amenaza podía significar la diferencia entre vivir o morir. Hoy, aunque el contexto es distinto, esa respuesta sigue allí. Una foto impactante genera una emoción fuerte y rápida: miedo, empatía o furia. Esa emoción es mucho más poderosa que cualquier estadística o análisis detallado. Usted, como lector, recibe la noticia envuelta en emoción, y eso hace que sea difícil ignorarla.
🤬LA REACCIÓN EMOCIONAL: HUMANA Y COMPRENSIBLE
Su reacción es humana y comprensible. Usted se indigna porque tiene valores, porque le duele ver sufrir a otros, porque desea vivir en una sociedad más segura. Esa indignación es, en muchos sentidos, positiva: muestra que aún no nos hemos vuelto completamente indiferentes.Sin embargo, aquí surge la contradicción que quiero invitarle a reflexionar: ¿por qué esa emoción fuerte suele evaporarse sin dejar consecuencias duraderas?
👉¿POR QUÉ LA INDIGNACIÓN NO SE CONVIERTE EN ACCIÓN?
La desensibilización y la fatiga de compasión
La primera es la desensibilización. Cuando usted ve imágenes violentas día tras día, semana tras semana, su cerebro se protege bajando el volumen emocional. Lo que al principio le parecía intolerable se convierte, poco a poco, en “otra noticia más”. Los psicólogos llaman a esto fatiga de compasión. Es un mecanismo de defensa natural, pero tiene un costo colectivo: nos volvemos espectadores pasivos de nuestra propia realidad.
El efecto espectador y la sensación de impotencia
Otra explicación es el llamado “efecto espectador”. Cuando muchas personas ven el mismo problema, cada una tiende a pensar que “alguien más” hará algo. Usted puede sentir que su acción individual es insignificante frente a la magnitud del problema. “¿Qué puedo hacer yo solo?”, se pregunta. Esa sensación de impotencia es real, pero también puede convertirse en una excusa cómoda que nos libera de responsabilidad.
El activismo de sofá (slacktivism)
Además, en la era digital existe lo que se conoce como slacktivism o activismo de sofá. Compartir una publicación, firmar una petición en línea o escribir un comentario airado nos da la sensación de haber hecho algo. Es gratificante a corto plazo para uno mismo, pero rara vez cambia las políticas públicas o mejora la seguridad en los barrios.
El miedo al «qué dirán»
El click en compartir una publicación es una ventana a nuestra forma de pensar. Qué pasa si mi vecino sabe que voto a … Qué dirá mi jefe si defiendo que … Queremos cambiar las cosas pero no nos atrevemos a a defender nuestra libertad frente al vecino, no esperemos defenderla en las calles pues…
▶️EL ROL DE LAS URNAS: LA HERRAMIENTA QUE NO USAMOS
Y aquí llegamos al punto más delicado: las urnas. Usted tiene en sus manos una herramienta poderosa y pacífica para influir en el rumbo de su ciudad y su país. Sin embargo, muchas veces el voto se decide más por el enfado del momento anterior al voto, por lealtades partidistas o por promesas electorales espectaculares que por un análisis sereno de qué propuestas han demostrado resultados concretos en materia de prevención de violencia, por ejemplo. La indignación ante una imagen trágica dura días cuando hay pocos hechos, pero dura poco si vemos hechos de este tipo cada día. Cuanta más violencia más acostumbrados a ella y menos indignación a la hora de votar. Parece un chiste, pero no lo es. A más terror en las calles, menos fuerza y peso tiene a la hora de decidir el voto.
¿POR QUÉ NOS CUESTA TANTO PASAR DE LA EMOCIÓN A LA ACCIÓN?
Porque actuar implica salir de la comodidad. Requiere leer más allá de los titulares, dialogar con personas que piensan diferente sin ceder a argumentos generalistas o falaces, apoyar iniciativas locales mostrándose en público, exigir transparencia a las autoridades y aceptar que las soluciones reales suelen ser complejas. No hay un botón que lo resuelva todo. No hay un “me gusta” que reconstruya el tejido social.
Estimado lector, no pretendo juzgarle. Usted y yo formamos parte de la misma sociedad. Todos queremos volver a casa sin miedo, que nuestros hijos jueguen en la calle, que los adultos mayores caminen tranquilos. La violencia no es un problema lejano; toca nuestras familias, nuestros barrios, nuestra cotidianidad.
La próxima vez que una imagen sensible aparezca en su pantalla, le invito a hacer una pausa más larga. Sienta la indignación, pero pregúntese también: ¿qué puedo hacer yo, desde mi lugar, para que esto no se repita? Tal vez sea informarse mejor, participar en una organización, exigir cuentas a sus representantes o, simplemente, votar de forma más consciente la próxima vez sin la culpa de «hay que amar al mundo entero, incluso a los malhechores, asesinos y violadores». No. No hay que querer ni a los malhechores, ni a los asesinos y ni a los violadores. No se sienta culpable al no hacerlo. Estas imágenes son de estas semanas en nuestras calles, pronto en su barrio. Sólo así protegerá a sus hijos y nietos.






