Lo que nadie esperaba es que, al final, la agonía estrepitosa del sanchismo fuera a caer sobre los hombros de una grupito de mujeres delirantes cada una a su manera: la intrigante Leire del estrabismo cloaquero, la estropajosa Gertrudis, la dulce Jéssica con su amor tasado. En esta fase final del Sánchez cadavérico y las joyas de contrabando, el ojo de la nación (que es un ojo con cierta tendencia al cachondeo) se ha posado sobre este gineceo circense, alborotado, absurdo y bucanero.
Una vez más, parece que don José Luís Ábalos tenía razón. Sus amoríos con Jéssica responden a cánones clásicos que todo el mundo comprende y que muchos celebran, caña de cerveza en mano, como parte de nuestra más hermosa tradición patria. Jéssica representa una España juvenil, posible aún, emprendedora a tanto la hora, con las cartas puestas sobre la mesa desde el comienzo. Frente a este panorama diáfano, qué arrugados aparecen los enredos de Leire y la fidelidad perruna de Gertrudis. ¿Alguien puede imaginarse a la UCO confiscando una agenda de Jéssica? En cambio, las agendas de las otras dos gárgolas van a dar para años de esfuerzos judiciales del más alto nivel.
No se sabe si aún los caballeros las prefieren rubias, como en el Hollywood clásico, pero lo que sí sabemos ya a las claras es que Ábalos las prefería guapas. No hubiera gastado un minuto de su tiempo en especímenes como Leire o Gertrudis, por muy intrigante que fuera una o muy leal que fuera la otra. ¿Alguien habla de charocracia? No hay rastro de charismo en Jéssica, en su lencería, en su mansa disponibilidad, en su planteamiento tan cordial y crematístico. Hay dos ramas del feminismo del PSOE en todo esto, que se nos antojan irreconciliables. El de Jéssica es un feminismo de moqueta y gintonic y fin de semana relajante; el de Leire y Gertrudis es un asunto rasposo, sardinero, pura cuesta arriba.
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Por supuesto, Jéssica se va a ir de rositas y las otras dos ya tienen cargos judiciales como para escribir diez novelas de Perry Mason: hay una justicia poética en ello que nadie puede dejar de notar. La fealdad, en este universo de romanticismos y facturas falsas, acaba teniendo un precio. Ábalos quizás no encabezará la manifestación del ocho de marzo, pero su legado en cuestiones femeninas será celebrado durante años en ese archivo de la memoria colectiva que son los chistes de sobremesa. En cambio, al españolito medio se le atraganta el tinto de verano solo con pensar en Gertrudis o Leire.
Sánchez ya es solo un cadáver: su aspecto demacrado, macilento y abatido, es reflejo de su corazón apagado. Tres van a ser sus embalsamadoras y alguna de ellas quizás vaya a compartir vida carcelaria con Begoña, pero solo una brindará desde la lejanía. Hay una moraleja en la victoria final de Jéssica y más vale que la vayamos aprendiendo.






