En un mundo donde el alarmismo climático ha sido elevado a dogma inquebrantable por lobbies ecologistas y organizaciones no gubernamentales, la reciente declaración de Bill Gates representa un golpe demoledor a la narrativa catastrofista que ha dominado el debate público durante años. El fundador de Microsoft, quien invirtió millones en campañas contra el «calentamiento global», ahora admite que este fenómeno, aunque problemático, no conducirá al fin de la humanidad. Esta rectificación no solo cuestiona las predicciones apocalípticas de su propio libro de 2021, Cómo evitar un desastre climático, sino que invita a un debate urgente sobre las políticas «verdes» que han estrangulado economías enteras, particularmente en Europa.
Gates, en una entrada publicada en su portal Gates Notes, afirma con claridad: «Si bien el cambio climático tendrá graves consecuencias —en particular para las personas que viven en los países más pobres—, no provocará la desaparición de la humanidad». Esta frase, extraída directamente de su artículo titulado «A new approach for the world’s climate strategy», marca un viraje de 180 grados respecto a sus posiciones anteriores, donde pintaba un futuro de destrucción inminente. Este cambio coincide con recortes en la financiación de iniciativas climáticas en sus fundaciones, priorizando en su lugar áreas como la salud y el desarrollo humano.
Este giro no surge en el vacío. Gates aboga por un «pivote estratégico» alejado de la obsesión por las emisiones cero, enfocándose en el bienestar humano. Incluso destaca su advertencia contra el «alarmismo climático».
Organizaciones como Greenpeace o el IPCC han promovido un discurso de pánico que justifica políticas extremas, pero informes cuestionan su impacto económico: Las regulaciones climáticas de la UE han aumentado los costos energéticos en un 20-30%, destruyendo empleos en industrias tradicionales. En Europa, el mercado de CO2 y las Zonas de Bajas Emisiones (ZBE) han sido un suicidio económico, elevando precios de la energía y dependencia de importaciones rusas o chinas.
El acoso al sector agropecuario, con normativas que limitan fertilizantes y emisiones, ha exacerbado tragedias como las inundaciones por DANA en España o los incendios forestales, vinculados no tanto al clima como a la falta de gestión por restricciones «verdes». El alarmismo ha intoxicado la salud mental de generaciones, promoviendo miedo infundado mientras ignora soluciones pragmáticas.
Este viraje de Gates, uno de los principales financiadores del alarmismo, debe impulsar un debate ¿Por qué persistir en legislaciones que empobrecen a las naciones mientras ignoran el bienestar humano? Es hora de desterrar el «terrorismo climático» y recuperar la sensatez, priorizando innovación real sobre ideología.






