Autor: Octavio Cortés
A ambos lados del Atlántico la izquierda lleva años, advirtiendo de manera histérica sobre lo que ellos llaman “el avance del fascismo”, que no es otra cosa que el simple reflejo de su ineptitud intelectual: si a todo el mundo que defiende una opinión contraria a la tuya le llamas fascista, entonces es normal que salgas a la calle y veas fascistas por todas partes.

Más allá de estos diagnósticos calamitosos, lo cierto es que durante los últimos 15 años ha ido cuajando tanto en Europa como en América, una derecha distinta a la tradicional, es decir, distinta, partido republicano estadounidense, a los conservadores británicos, a la CDU alemana, o a nuestro entrañable partido popular. En muchos lugares esta nueva revolución de la “alt Right” ya ha alcanzado el éxito, configuras como Donald Trump, Javier Milei, Nayib, Bukele, Georgia, Melloni o Víctor Orbán. ¿Se trata realmente de una ofensiva fascista internacional? Por supuesto que no. Lo que está sucediendo responde un deslizamiento político muy fácil de describir y comprender: la izquierda abandonó el núcleo central de consenso de las democracias liberales para lanzarse a nuevas aventuras extremistas y ahora aquello que hace unos años eran tesis de simple sentido común son contempladas como proclamas fascistas desde las nuevas atalayas del sacerdocio woke.
¿Cuáles son estas ideas compartidas por todos hasta hace unos años y que ahora son presentadas como la quinta esencia del fascismo? Veámoslas una por una.
Libertad de expresión.

Hace un par de años el New York Times publicó un artículo que causó bastante revuelo. El título no podía ser más expresivo: es la libertad de expresión una tesis de derechista? El artículo respondía a una creciente preocupación por parte de la izquierda, por situación, en las cuales se veía forzada a debatir con tesis que ellos calificaban de extremistas. Ya se conoce el viejo lema: con el fascismo no se discute, al fascismo se le combate. Esta tensión acabó de explotar durante la crisis del COVID en que los gobiernos de todo el mundo se lanzaron a campañas de censura una obscenidad nunca vista. Desde entonces las izquierdas recelan abiertamente de aquello que en Estados Unidos se conoce como el fundamentalismo de la primera enmienda, es decir, la defensa absoluta de la libertad de expresión.
Por supuesto, es muy difícil convencer a los ciudadanos de que lo mejor para ellos es ser censurados, de manera que la causa de la libertad de expresión, puesta en bandeja por la nueva izquierda censora, no deja de ganar adeptos para la nueva derecha. El caso más conocido fue la compra de Twitter por parte de Elon Musk, pero también la actual revuelta en el Reino Unido liderada por Tommy Robinson tiene que ver con el continuo goteo de detenciones de ciudadanos ingleses por publicar en redes sociales contenidos calificados de “incitación al odio”. Elon Musk ha sido muy transparente al respecto. Al igual que una sociedad libre requiere un libre mercado económico, es necesario también un libre mercado de ideas, no intervenido por la censura estatal. En este caso, como todos los demás, la izquierda tiene muy difícil triunfar, porque todos los teóricos de la democracia liberal desde el siglo XVIII han insistido en la libertad de expresión y la libertad de pensamiento como pilares fundamentales de cualquier sistema que quiera diferenciarse de las tiranías totalitarias.
No es que esté avanzando el fascismo, sino que la población del primer mundo se resiste a renunciar al más básico de sus derechos políticos.
La islamización de la sociedad.
La nueva izquierda Post moderna se presenta una y otra vez, de manera absurda, como partidaria del avance del islam, en todos los ámbitos de las sociedades desarrolladas: en lo político, en lo educativo, en lo civil, en lo cultural. Vista desde el exterior, esta alianza entre la bandera del arco Iris y la media luna resultaría cómica si no fuera por los terribles peligros que esconde. Cuando el profesor Manuel Delgado defendió que el ramadán era cultura catalana, sin proponérselo, estaba poniendo en bandeja el avance del nuevo nacionalismo catalán de Silvia Orriols.
A todas horas vemos no solo la defensa de regímenes tiránicos como el iraní, sino directamente la reivindicación de grupos terroristas como Hamás. Tenemos que aceptar que las escuelas enseñen religión islámica que nuestras playas veamos a mujeres tapadas por el burkini o que se modifiquen los calendarios, académicos o deportivos durante el #ramadán. Los hechos, sin embargo, son tozudos. La mayoría de países islámicos son estercoleros de miseria y barbarie primitiva, con latigazos y lapidaciones a la orden del día. Solo conocen la prosperidad las monarquías de Oriente, medio bañadas en petrodólares y ninguna de ellas ha producido otra cosa que sistemas feudales alejadísimos de cualquier noción democrática básica.

La inmigración musulmana produce zonas clausuradas donde la integración es imposible y reina la ley islámica con total impunidad. Francia es el mejor ejemplo de todo ello. La nueva derecha se ha caracterizado por combatir al islam y defender la tradición judeo cristiana sobre la que se levantó la civilización europea. El tema es especialmente sensible. En cuanto hace referencia a la seguridad de las mujeres, como se demostró cuando se destapó el caso de las bandas organizadas de violadores pakistaníes en el Reino Unido.
El ciudadano medio no quiere que en su barrio las mujeres sean obligadas a llevar velo o se prohíba la venta de alcohol. Tampoco quiere oír cinco veces al día la llamada a la oración desde los minaretes.
Sobre todo el ciudadano medio se baja del carro de la izquierda en cuanto ve que todo este panorama de fanatismo religioso e intransigencia es defendido por aquellos que dicen reivindicar los derechos LGTBI o el feminismo.
No es que esté avanzando el fascismo, sino que la población se resiste a vivir como se vivía, más o menos, en los califatos medievales.
El control de las fronteras
Este es quizás el caso más llamativo. Desde siempre, se había defendido que las fronteras estaban sujetas a un cierto control administrativo y policial. De hecho, no se tiene constancia de ninguna civilización en la historia que haya sobrevivido a una política de #fronteras abiertas. En la actualidad el mero hecho de opinar que la inmigración tiene que estar controlada de alguna manera supone, de inmediato, el repudio por fascista. Las clases medias españolas como las de todo Europa, ven como tienen que afrontar la crisis de salarios y vivienda renunciando al bienestar de generaciones anteriores, mientras que a los africanos llegados de manera ilegal se les aloja en hoteles y se les reboza en ayudas sociales.

El peligro es, ni más, ni menos, que la sustitución demográfica a la vuelta de la esquina. Es famoso el caso del municipio de Salt en la provincia de Gerona, donde más del 70 % de la población es de origen Magrebí. Al norte de los Pirineos esta situación ya no es nueva. El Reino Unido, Alemania o Francia hay barrios enteros, poblaciones enteras, donde la ciudadanía de origen autóctono ya es totalmente minoritaria. No se trata de una cuestión de racismo, como quiere la nueva izquierda. Se nos dice que vienen a aportar su talento, para levantar el país, pero nunca se nos explica por qué no se quedan en su lugar de origen para aportar allí, todo su talento y su entusiasmo y levantar sus países, que falta hace.Un caso paradigmático es el de Donald #Trump que ha recuperado el control de la frontera sur y por ello ha sido tachado poco menos que de nazi. El problema en Europa es que la política migratoria viene dictada por Bruselas, es decir, por el cuartel general del globalismo desatado. El único país que resiste es Hungría, bajo el gobierno de Víctor Orbán, pagando de continuo el riesgo de ser sancionado por la comisión europea.
Lo absurdo de la posición izquierdista queda en evidencia cuando se pronuncian contra la masificación turística, diciendo que las infraestructuras y la vida de las ciudades no pueden soportar la presión poblacional provocada por la llegada de turistas. Sin embargo, para ellos, la presión poblacional ejercida por los inmigrantes ilegales no representan menor problema. De nuevo tenemos la misma ecuación. No es que esté avanzando el #fascismo, sino que los ciudadanos quieren que se controle de manera mínima quien entra y quien sale del país y quien adquiere derechos de ciudadanía.
Octavio Cortés







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