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El delirio woke

Baste recordar que, según los análisis post electorales, el anuncio electoral más efectivo de la historia fue el famoso spot de #Trump 2024 que decía “Kamala is for they / them, Trump is for you”. La izquierda post moderna, encerrada en su cámara de eco, no ha llegado a percibir el daño que ha hecho a su causa las barbaridades acientíficas sobre mujeres con pene y hombres lactantes. Con su habitual pose de superioridad moral, se han dedicado a acusar de fobia a cualquiera que dudase de que el sexo es inmutable.
Si le sumamos todas las monsergas del feminismo radical y todos los delirios varios del mundo arcoíris de los #LGTBI, se forma un conglomerado ideológico sencillamente inasumible por cualquiera que no esté en estado de trance catatónico. Hay una frontera para las ideologías, más allá de la cual pierden su función aglutinadora y comienzan a incubar su propia destrucción: esa frontera es el sentido común. Nadie en su sano juicio cree que existan mujeres con pene o que los hombres puedan dar el pecho o quedarse embarazados. Son tesis que solo pueden ser defendidas por personas que hayan perdido el contacto con la realidad.
Pues bien, no solo estas tesis se han querido implantar a martillazos en nuestra cultura, sino que el ciudadano ha tenido que ver cómo se dilapidaban millones y millones en beneficiar a todo tipo de entidades de la órbita #woke y para implantar la enseñanza de la ideología de género en las aulas.
En especial, el rechazo de la juventud está siendo clamoroso. Cuando desde las tribunas del progresismo se preguntan por la causa de que los jóvenes hayan desconectado de la izquierda, nunca parecen recordar que los chavales saben distinguir (no a pesar de estar pasando por el furor hormonal, sino justamente por ello) a un hombre de una mujer.
El estropicio es tan enorme que el feminismo se ha fracturado entre las trans-inclusivas y las TERF y el movimiento #LGTBIQ ha tenido que ver cómo ha nacido la escisión LGB, que ya no quiere saber nada ni de los Trans ni de los Queer.
En una palabra, no es el fascismo que avanza, sino el sentido común que no tolera ser violentado ad infinitum.
Pero sigamos…
La defensa de la propiedad privada y la seguridad

La izquierda llora lágrimas de cocodrilo por su retroceso, pero de su lado está la culpa: olvidaron que al ciudadano no le gusta ser apuñalado mientras violan a su hija y ocupan su vivienda. ¿Es fascista no querer ser asaltado y violentado? Pues entonces claro que todo el mundo es fascista.
Estamos en un punto en que la ex ministra que favoreció a los agresores sexuales de manera insólita sigue chillando día y noche consignas feministas; en que las inmobiliarias ya incluyen una categoría en sus anuncios para agrupar aquellas viviendas que se venden o alquilan con okupas en su interior; en que la multireincidencia es noticia constante en las crónicas de sucesos, con gente paseándose por las calles con 40 o 50 detenciones a sus espaldas.
El orden público no es una opción ideológica: es la condición sine qua non de la posibilidad de una vida política civilizada.
Lo primero es saber que puedo salir con mis hijos a pasear sin temor a ser víctima de un delito violento. Cuando eso falla, todo lo demás ha de esperar.
La izquierda es tan estúpida que incluso ha inventado uno de sus términos inservibles: “antipunitivismo”, llevando sus delirios pedagógicos al ámbito de lo judicial. Pero cualquier padre sabe que una cierta severidad y disciplina es parte esencial e indispensable del proceso educativo; del mismo modo, cualquier ciudadano con dos dedos de frente sabe que un violador debe ser castigado. Si después hay procesos de reinserción o reeducación, tanto mejor. Pero de entrada debe pagar por su crimen, y debe pagar siendo objeto de un castigo, de un sufrimiento, de una limitación drástica de sus libertades y su rango civil. Hay una minoría de personas peligrosas que, simplemente, no pueden estar circulando por las calles.
Se importa a gente que proviene de zonas del planeta no civilizadas, que vienen sin alfabetizar y sin oficio conocido, y se nos pide que creamos que la llegada de estos colectivos no tiene nada que ver con el aumento de la delincuencia. Se caracteriza como fascista a alguien como Nayib Bukele que ha hecho algo tan insólito como meter a los delincuentes en la cárcel y convertir un país que era un estercolero de crimen y narcotráfico en el país más seguro de Centroamérica. De nuevo, no es el fascismo que avanza: la población se resiste a que el crimen violento campe a sus anchas por los barrios.
Continuemos…
El despilfarro

Los Estados son, en la actualidad, empresas de servicios que prestan servicios tercermundistas a precio de oro, empresas en la más absoluta de las quiebras.
El hecho de que nos hayamos acostumbrado a que siempre, en todo momento, todas las administraciones funcionen a déficit, es el síntoma de la decadencia del sistema.
Estamos en una situación en que las hipertrofiadas babilonias burocráticas requieren más y más fondos para su subsistencia. Se gasta más de lo que se ingresa y el diferencial se financia mediante emisiones de deuda, que son respaldadas por los bancos centrales (cuarteles generales del mismísimo Satanás) mediante la expansión de la oferta monetaria, que inmediatamente se traduce en #inflación, que inmediatamente se traduce en la devastación del poder adquisitivo de la población.
El cártel bancario es la raíz profunda del sistema, no un elemento más.
En la medida que el sistema de reserva fraccionario permite la expansión del crédito con un respaldo puramente ficticio, la fiesta está servida. El dinero corre sin control y se devalúa a cada minuto que pasa. Los estados pueden seguir gastando en causas absolutamente estúpidas, creciendo de manera tumoral, mientras todo se carga a una espiral de deuda que pronto lo consumirá todo.
Si la población general no fuera analfabeta para los temas macroeconómicos, habría una revolución mañana mismo, una especialmente sangrienta. La estafa es absoluta. ¿Por qué triunfó #Milei con su motosierra? Porque el ciudadano ve que no hay dinero para los deficientes servicios públicos, pero sí para dilapidar fortunas en las estupideces más absurdas. Se duplican y triplican las administraciones, se financian proyectos puramente ideológicos que en nada benefician la vida común, se invierte en ayudas al desarrollo en países remotos mientras nuestros mayores cobran pensiones de miseria y los colegios se caen a pedazos.
Cualquier ama de casa sabe que gastar por sistema más de lo que se ingresa y financiar ese estilo de vida mediante endeudamiento es un camino seguro a la ruina en cuestión de meses. Pues bien, así es como funcionan los estados actualmente. Una vez más: no es el fascismo lo que avanza, sino un sano sentido de austeridad y decencia.






