Durante siglos el ser humano ha contemplado su propia inteligencia como si fuera un diamante tallado a mano en el cuello de un rey. Era pocos los que podían resolver ecuaciones diferenciales sin sudar, escribir un discurso que movilizara a multitudes o programar algo que no se cayera a pedazos al primer click. Esa escasez hacía a los inteligentes caros, cotizados, deseables para el mercado laboral. Las empresas pagaban fortunas por un cerebro que supiera pensar más rápido que la media; las universidades vendían títulos como si fueran reliquias; y los padres se hipotecaban para que sus hijos tuvieran “una buena cabeza”.
Y entonces llegó la IA. Resulta que bastaba con apilar decenas de miles de GPUs, verter sobre ellas cantidades obscenas de texto robado de internet y dejar que el sistema se pasara unos meses vomitando gradientes para que, de repente, cualquier persona con un portátil de 800 euros pudiera acceder a un nivel de razonamiento, redacción, traducción, análisis y creatividad que antes exigía décadas de estudio, másters carísimos y un ego del tamaño de una catedral gótica.

Hoy la inteligencia cognitiva es un bien tan abundante que casi da vergüenza pedir dinero por ella. Un desarrollador que antes facturaba 10.000 euros al mes por escribir código limpio ahora compite con un agente que hace lo mismo por 29 euros al mes y no pide aumento ni se queja del café de la máquina. Un consultor estratégico que cobraba 2.500 euros por una presentación de 40 diapositivas ve cómo su cliente le dice “gracias, ya lo hizo Claude en tres minutos y quedó bastante decente”. Hasta los médicos, los abogados y los investigadores empiezan a notar que sus horas de experiencia acumulada valen cada vez menos frente a un modelo que lee toda la literatura médica en una tarde y no se cansa nunca.
Es la misma dinámica que ocurre cuando un banco central decide que la prudencia fiscal es un concepto de boomers y pone a funcionar la impresora de billetes. De pronto hay tanto dinero flotando que el dinero deja de valer nada. La gente corre a comprar casas, oro, acciones, cualquier cosa que no se pueda imprimir infinitamente. Pues bien: hemos hecho exactamente lo mismo, pero con neuronas. Hemos impreso inteligencia a una escala que haría sonrojar a Jerome Powell. Cada nueva iteración del modelo, cada data center que se enciende, cada billón de parámetros que se añaden es una inyección masiva de capacidad cognitiva en el sistema. Y como en toda buena expansión monetaria descontrolada, el valor de cada unidad nueva se come al de las anteriores. Deflación cognitiva en estado puro.

Lo gracioso —o lo patético, según se mire— es que mientras la inteligencia se vuelve commodity, los que antes se creían intocables ahora miran con envidia a cosas que hace diez años les parecían vulgares: un terreno con vistas al mar, un generador diésel que funcione cuando se vaya la luz, una cuenta con saldo en una cripto que no dependa de prompts, o simplemente la capacidad de sentarse en silencio con otra persona sin que ninguno de los dos esté comprobando si la IA le ha escrito ya la respuesta perfecta al WhatsApp. Porque cuando todo el mundo puede pensar a nivel de genio por dos céntimos la consulta, lo que empieza a escasear de verdad es lo que nunca estuvo en el cerebro: la tierra finita, la energía barata, el tiempo que no se puede acelerar con un token de contexto más grande, la atención humana que no finge interés, el tacto de una mano que no es de silicona.
Así que sí, la utopía de la abundancia cognitiva ya está aquí. Podemos producir pensamiento complejo a escala industrial, podemos generar papers, código, estrategias empresariales y poesía mala las veinticuatro horas del día. Solo falta una cosa: que alguien nos explique cómo demonios vamos a seguir cobrando por pensar cuando pensar ya no es caro. Porque de momento lo único que tenemos claro es que la inteligencia, ese bien que durante siglos fue nuestro orgullo y nuestra moneda de cambio favorita, se ha convertido en el nuevo petrodólar: hay tanto que ya casi nadie lo quiere coleccionar.
Y mientras tanto, en algún lugar del mundo, un veinteañero le pregunta a Grok si de verdad vale la pena estudiar seis años de Medicina… y la respuesta llega en menos de dos segundos, perfectamente redactada, con referencias y un toque de humor irónico para que no duela tanto. Bienvenidos a la era de la cabeza barata.
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