De #Quevedo dijo Cela que es la matriz de la lengua española, pero hay algo más en su figura, un cierto tintineo de fondo, sabio y burlón. Miramos al siglo de Oro y encontramos en Quevedo al intrigante, al aventurero de gabinete, al muñidor de causas. Nada que ver con Lope y sus fervores, Cervantes y sus miserias, Góngora y sus suspiros y trinos. Quevedo ha tocado los espacios de poder y no ha encontrado más que una casa por limpiar: la dejadez, la vulgaridad, la mentira ramplona, la ruina moral. El idioma quevediano, arma de triple filo, lírica y venenosa, no encuentra consuelo más que en un tipo de soledad nueva, que la constituye en precursor principal de la modernidad. La poesía occidental nace de Petrarca, extraño al mundo por la muerte de su amada – pero en Quevedo la cosa toca tierra y tenemos al desarraigado por la pura descomposición de una nación, de una cultura, de un sentido religioso de la decencia y el deber. A Quevedo le toca en suerte la época de máximo esplendor imperial y él, que ha buceado el alcantarillado de la Corte, sólo detecta máxima decadencia. Su soledad no es la del existencialista ante la muerte, ni la del amante ante la pérdida de la amada. Es la del cristiano en busca de una santidad que no sea la de la monja visionaria o el ermitaño silvestre, una decencia piadosa y mínima que pueda permitir que el país no se convierta en un sálvese quien pueda, en un botín y pillaje de cada día, en un corral alborotado.

Se dice mucho que hay que volver a Berlanga para entender la España de Ábalos y Koldo, pero a dónde hay que volver es a Quevedo, el más cabrón de nuestros sabios, el más tierno de nuestros cuchilleros. Sin llegar a hacer de Italia un credo (como en el caso de Garcilaso, perdido en su petrarquismo militante), Quevedo es un humanista que no quiere renunciar a la causa, un Erasmo con mala leche, un Savonarola de copita de anís y mantecado. Cree que a través de Roma pueden reconciliarse Atenas y Jerusalén, los dos pilares de nuestra civilización. La Roma vaticana, claro, pero también la Roma de Cicerón y Horacio. Su problema es que mira alrededor y solo encuentra a costureras y bandidos y curas comilones y arribistas y un panorama general de mera inercia. Y no es su mente política la que le quema en su denuncia civil, sino su mente lírica: él hubiera querido ser un Virgilio y se ve obligado a ser un Cátulo y esto no puede perdonarlo.

España paga desde hace cinco siglos un muy extraño pecado original: el de su gloria, su apogeo, su perfecta cita con el destino. Coinciden de manera malévola el fin de la reconquista y el viaje de Colón. Apenas asoma al mundo la España moderna y ya se encuentra con la tarea de liderar una época. Cuando Quevedo toma la palabra ya ha habido tiempo de evaluar el estropicio. ¿A quién se le encargó la vanguardia de la civilización, con territorios donde no se ponía el sol, desde las pirámides aztecas a los principados centroeuropeos o las Indias orientales? A la España del Quijote, pululante y hambrienta, aún medio morisca y medio judaica, a un caos de venteros y monaguillos y cortesanas, que huele a sopa de ajo y produce santos en cada rincón. Toda la historia española es el eco de esa calamidad inicial en forma de victoria y ambos planos llegarán hasta el siglo XX, cuando la España republicana, hambrienta de lucidez progresista y democrática, coincida con la España esperpéntica de Valle Inclán, deforme, triste y soez, espantosamente humorística. En ningún momento hemos podido ser quien teníamos que ser y el intento actual, el del régimen del 78, no parece que esté teniendo mucho éxito. Los pactos de la Moncloa, en realidad, solo consistieron en meter las pistolas en el cajón: como poco, pongámonos de acuerdo en no arreglar las cosas a tiros. Pero por lo demás, el entramado moral sigue siendo el mismo que en la época del Buscón.
La España palaciega siempre ha funcionado como un espejismo proyectado, de manera caprichosa, sobre la raspadura constante de lo real. En la actualidad, en la fase de agonía final del sanchismo, no estamos viviendo nada que no hayamos vivido, por ejemplo, en la época en que los hermanos Bécquer publicaban sus panfletos contra la corte de Isabel II. Hay un mundo de mármol y billetera donde la inmoralidad no es un pecadillo venial consentido, sino la norma misma, un mundo derramado y decadente que no tiene relación alguna con el paisano que se levanta por la mañana e intenta ganarse la vida con unas horas de trabajo decente. Quevedo lloró por los “muros de la patria”, nosotros hemos querido una patria sin muros y el paisaje se ha llenado de robagallinas y vividores.






