En un golpe demoledor para la credibilidad de los medios públicos, la BBC británica ha sido sacudida por un escándalo que revela no solo manipulación deliberada, sino un sesgo sistemático que favorece narrativas progresistas y anti-conservadoras. El director general Tim Davie y la CEO de noticias Deborah Turness han dimitido en medio de acusaciones de «deshonestidad deliberada», tras exponerse que la cadena editó un discurso de Donald Trump para hacerlo parecer un incitador de violencia durante los disturbios del Capitolio en 2021. Pero mientras el Reino Unido exige una reestructuración profunda, en España nos preguntamos: ¿cuándo caerán cabezas en RTVE por sus propios sesgos y manipulaciones? Esta historia no es solo un fallo periodístico; es la prueba irrefutable de cómo los grandes medios tradicionales, especialmente los financiados con dinero público, se han convertido en herramientas de propaganda ideológica.
El detonante fue un documental de Panorama emitido una semana antes de las elecciones estadounidenses de 2024, donde la BBC unió fragmentos separados del discurso de Trump para crear la ilusión de que alentaba el caos. Trump, ahora presidente, no tardó en responder: celebró las dimisiones como «algo terrible para la democracia» y amenazó con una demanda de 1.000 millones de dólares si la BBC no se retracta y compensa por el «desprecio imprudente por la verdad». Su secretaria de prensa, Karoline Leavitt, fue aún más directa: «La BBC es 100% fake news», acusando a la cadena de sesgo sistémico.
Pero el escándalo va más allá de Trump. Se denuncia un «sesgo profundo y omnipresente» en la cobertura de la guerra entre Israel y Hamás. La BBC Arabic invitó repetidamente a colaboradores antisemitas, como quienes pidieron en redes «quemar judíos como hizo Hitler» o llamaron a los judíos «diablos» e israelíes «menos que humanos». Esto no es periodismo; es promoción de odio que alimenta el antisemitismo global y blanquea las mentiras del grupo terrorista Hamás.
Altos cargos del Parlamento británico exigen una «profunda reestructuración» de la BBC, comparándola con la crisis de Jimmy Savile en 2012, donde la cadena encubrió décadas de abusos sexuales por un presentador estrella. Savile, condecorado por la Reina Isabel y el Papa Juan Pablo II, abusó de menores en hospitales y estudios de la BBC, y las denuncias fueron tapadas sistemáticamente. Hoy, la dimisión de Davie y Turness –quienes ignoraron advertencias sobre la manipulación de Trump desde mayo– es vista como un «golpe» orquestado por enemigos de la cadena. Pero es justicia: «Siente como un golpe de estado» contra el «wokismo» que ha destruido su credibilidad.
Ahora, volvamos la mirada a España. ¿Cuándo veremos algo similar en RTVE? Nuestra televisión pública ha sido acusada repetidamente de sesgo político, favoreciendo al gobierno de turno y manipulando narrativas. En octubre, RTVE tuvo que disculparse por calificar el crecimiento de iglesias evangélicas como «preocupante» y «peligroso», violando su mandato de no discriminar por creencias religiosas. ¿Dimisiones? Ninguna. Solo promesas vacías de «tratar temas religiosos con el máximo cuidado».
Desgraciadamente, esta impunidad en RTVE se extiende a un periodismo de izquierdas que ha roto todas las normas éticas, arrastrado por el Gobierno en el señalamiento a compañeros y perdiendo las formas en una guerra contra quienes publican información comprometedora. Cada vez más periodistas se atreven a dar públicamente lecciones de periodismo, cuando no de moralidad, a los que desmontan el relato oficial, mientras ignoran bombas informativas como los gastos de Ferraz o los fajos de billetes en la residencia de un ministro. No es casual que filtraciones sensibles lleguen primero a medios afines.
Este salto de la opinión sincronizada a la inquisición mediática vapulea a quienes revelan verdades, como en el caso Ábalos, donde la prensa de verdad era atacada por contar lo que hoy investiga la Justicia. Su silencio selectivo ante corrupciones del PSOE contrasta con su saña contra disidentes, y sorprende su piel fina cuando se cuestiona su testimonio, tras atacar a compañeros de otros medios. El problema es que medios como los suyos alimentaron ofensivas contra la reputación de muchos durante años, sin retractarse ni cuando la Justicia les da la razón. Un ejemplo flagrante es el acoso a Vito Quiles, periodista crítico con el poder establecido, a quien la izquierda mediática y RTVE señalan como «pseudoperiodista ultra» y «fascista», justificando incluso violencia en su contra.
Los responsables de lo que suceda a Vito Quiles… son ustedes, señores de la televisión pública, que utilizan los medios que todos financiamos para señalar, acosar y criminalizar a los periodistas que no se pliegan a su relato. En RTVE, presentadores como Silvia Intxaurrondo han sido blanco de sus preguntas incómodas, pero la cadena responde con vetos y ataques, como en un acto donde Quiles fue increpado y señalado en pantalla por hacer su trabajo.
Tertulianos de ultraizquierda en programas públicos hasta «entienden» palizas contra él, como en el caso de Navarra donde encapuchados le impidieron hablar, aplaudido por figuras de Podemos. Esto no es pluralidad; es una dictadura mediática que criminaliza la disidencia y erosiona la democracia, exigiendo un debate urgente sobre quién controla realmente la información pública.
El contraste es escandaloso. Mientras la BBC enfrenta consecuencias por su sesgo anti-Trump y anti-Israel, RTVE opera en un vacío de accountability. ¿Por qué? Porque en España, el control político es endémico: canales como TVE amplifican narrativas progresistas. Incluso en Eurovisión, RTVE votó por boicotear a Israel en 2025 si participa, alimentando debates sobre su neutralidad. ¿son los medios públicos guardianes de la verdad o marionetas ideológicas? Si la BBC puede caer, RTVE debe rendir cuentas antes de que su decadencia sea irreversible.






