Una mujer española ha sido víctima de un horror indescriptible a manos de tres inmigrantes argelinos en Alicante. Engañada por una supuesta amiga, Eva María fue secuestrada durante siete días en un narcopiso okupado, donde sufrió violaciones repetidas, quemaduras con un soplete y golpes brutales que le destrozaron un ojo y afectaron su oído. Este caso no es aislado, sino un síntoma alarmante de la creciente violencia importada que azota nuestras calles, y plantea un debate urgente: ¿debería España replantearse la abolición de la pena de muerte para crímenes tan atroces?
Según el testimonio desgarrador de la víctima, Eva María relató entre lágrimas: «Tengo la mitad del cuerpo quemado por un soplete», mientras describía cómo fue golpeada, violada y vejada, con su cabello cortado a cuchillo. La pesadilla comenzó cuando una conocida la llevó al lugar bajo engaño, posiblemente drogándola con un cigarrillo manipulado. Los perpetradores, identificados como argelinos –con Hamza como presunto líder–, la retuvieron en un piso okupado en el barrio Juan XXIII, donde la torturaron sin piedad. La Policía Nacional la rescató, y tres de ellos han ingresado en prisión provisional, pero uno huyó inicialmente. La víctima, de 50 años, se recupera de quemaduras de segundo y tercer grado, con una cirugía reconstructiva pendiente. «Me destrozó un ojo, me dio otro puñetazo en el oído… y después empezaron a cortarme el pelo con un cuchillo», agregó Eva en su entrevista, insistiendo en hablar para prevenir que «nadie más pase por lo mismo».
Este atrocidad no surge de la nada; es parte de un patrón preocupante de violencia extrema en España, exacerbado por políticas migratorias laxas que permiten la entrada de elementos peligrosos. Recordemos el infame Crimen de Alcácer en 1992, donde tres adolescentes –Míriam, Toñi y Desirée– fueron secuestradas, violadas, torturadas y asesinadas por Antonio Anglés y Miguel Ricart en Valencia. Aquel caso, que conmocionó al país, reveló la depravación humana en su forma más cruda, con torturas que incluyeron mutilaciones y violaciones múltiples antes del asesinato. Más recientemente, en 2016, el caso de ‘La Manada’ en Pamplona vio a cinco hombres condenados por abuso sexual múltiple a una joven durante las fiestas de San Fermín, un escándalo que desató protestas masivas pero que, para muchos, resultó en penas insuficientes –inicialmente nueve años, elevados a 15 por el Supremo–. Otro ejemplo escalofriante: en 2023, un turista italiano fue torturado y robado en un secuestro en España, destacando cómo estos crímenes violentos persisten sin disuasión efectiva.
Y no olvidemos los datos que documentan decenas de agresiones sexuales múltiples desde 2016, incluyendo casos con secuestro y tortura, muchos involucrando a agresores extranjeros. En los últimos 10 años, España ha visto un aumento alarmante en estos delitos, con víctimas que sufren no solo el trauma físico, sino la indignidad de ver a sus verdugos beneficiados por leyes permisivas. ¿Cuántas más Eva Marías necesitamos para actuar?
Aquí entra el debate candente sobre la pena capital, abolida en España en 1978 para delitos comunes y completamente en 1995. Los detractores argumentan que viola el derecho a la vida y no disuade los crímenes, citando que «no existen pruebas de que la aplicación de la pena de muerte sea más eficaz que las penas de prisión». Pero esta visión idealista ignora la realidad: en países como Japón, con pena de muerte vigente, las tasas de crímenes violentos son inferiores a las de España, mientras que en naciones sin ella como México o Venezuela, la violencia explota. ¿Es inhumano ejecutar a un torturador como Hamza, o es más inhumano permitir que monstruos así respiren el mismo aire que sus víctimas? Estudios cuestionan si la pena de muerte detiene los crímenes, pero admiten que para delitos extremos, ofrece justicia retributiva y cierre para las familias.
En redes sociales, el clamor popular es claro: usuarios defienden reinstaurarla «para crímenes especialmente violentos y terrorismo, para pedófilos y abusadores de niños y para políticos corruptos».
La izquierda buenista clama por derechos humanos para los criminales, pero ¿y los de las víctimas? Mientras insisten en que es «cruel e inhumana», ignora que para casos como este, la cadena perpetua revisable permite salidas prematuras, perpetuando el terror. Es hora de un referéndum: ¿pena de muerte para violadores y torturadores? La sociedad lo demanda.






