En el mundo del fútbol, las galas del Balón de Oro siempre generan debate, pero pocas veces hemos visto una reacción tan desmedida como la del padre de Lamine Yamal tras la ceremonia de 2025 en París. Ousmane Dembélé, extremo del PSG, se llevó el prestigioso trofeo por delante del joven barcelonista, quien quedó en un honroso segundo lugar. Sin embargo, Mounir Nasraoui, padre del jugador culé, no dudó en calificar el resultado como «el mayor daño moral a un ser humano» y afirmó que «aquí ha pasado algo muy raro». ¿De verdad? huele más a frustración blaugrana que a conspiración.
Recordemos los hechos: Dembélé, con una temporada en la que lideró al PSG a conquistar la Ligue 1, la Supercopa de Francia y una destacada actuación en la Champions, se impuso en una votación cerrada. Yamal, por su parte, brilló en el Barcelona, contribuyendo a sus títulos domésticos y repitiendo como ganador del Trofeo Kopa al mejor joven sub-21 –un premio que, por cierto, ya había ganado en 2024–. A sus 18 años, el chico es una promesa innegable, pero ¿el mejor del mundo «con mucha diferencia», como dice su padre? Eso es estirar la realidad como un chicle.
Nasraoui no se quedó corto en su videollamada con ‘El Chiringuito’: «Lamine es Lamine Yamal, no hay rivales», proclamó. Una declaración salida de tono que recuerda a las típicas quejas culés cuando las cosas no salen como esperan. ¿Daño moral? El verdadero daño es ver cómo un padre convierte una gala de celebración en un circo personal, eclipsando el mérito de su propio hijo, quien, hay que admitirlo, se mostró mucho más elegante al felicitar a Dembélé.
Yamal es talentoso, sí, pero el Balón de Oro premia consistencia, impacto y títulos a lo grande, no solo hype juvenil. Dembélé lo demostró con creces, y su victoria es un recordatorio de que el PSG, con sus estrellas, sigue siendo una fuerza a tener en cuenta.
Esta polémica, alimentada por posts en redes sociales y declaraciones incendiarias, solo sirve para distraer del verdadero fútbol. Que Yamal siga creciendo –le deseamos lo mejor–, pero que su padre aprenda a manejar la decepción con clase. Al final, el Balón de Oro no se gana con palabras, sino con goles y trofeos.






