Sudor, resaca, traiciones de bar, hipocresía que apesta a colonia cara y lágrimas que no valen una mierda.
Directa, sin anestesia, con el cuchillo entre los dientes. La vida de Irene Montero empieza en Moratalaz, Madrid, 1988. Hija de una maestra de párvulos y un tipo que cargaba muebles, oriundo de Tormellas en Ávila.
Barrio obrero, olor a fritanga y reuniones de la Juventud Comunista donde ella ya repartía octavillas con esa carita de ángel resentido que luego vendería tan bien. A los dieciséis ya era militante, a los veinte estudiaba Psicología en la Autónoma y rechazaba una beca en Harvard porque, claro, la revolución no se hace desde Boston, se hace desde las asambleas de Podemos, liada con el jefe y apuñalando por la espalda a quien haga falta.

Entró en el circo morado como jefa de gabinete de Pablo Iglesias. Rápida, ambiciosa, con voz de psicóloga que te diagnostica machismo mientras te clava el puñal. Se tiró al líder, parió gemelos y una niña, y siguió en primera línea como si nada. La pareja perfecta para la foto: él barbudo gritando contra la casta, ella con sonrisa de santa laica.
Mientras tanto, Tania Sánchez, la otra hembra alfa de Podemos, la que venía de Izquierda Anticapitalista y tenía más cojones que muchos, acabó apartada, machacada, expulsada del paraíso.
Irene y Pablo la usaron de escalera y luego la tiraron por la ventana
Política de alcoba y puñalada limpia. Así se hace en este negocio.
En 2018, cuando todavía gritaban “que se vayan todos” y “la casta nos roba”, la parejita se compró un chalet de mierda en Galapagar. Seiscientos mil euros, piscina, huerto, columna renacentista sacada, no se sabe cómo, de algún convento y garita de seguridad para que los fachas no les tocaran los cojones.
Lo compraron antes de que muriera el padre de Irene, hipoteca a medias, y luego ella tuvo la cara dura de decirle a una vecina que la increpaba: “Lo tengo porque mi padre murió de cáncer”. Mentira cochina. El chalet ya estaba firmado meses antes. Pero claro, en el mundo de Irene la verdad es machista si te jode el relato.
La izquierda anticapitalista viviendo como nuevos ricos
Mientras la gente normal se comía los mocos en un piso de sesenta metros en Vallecas. El chaletazo fue el primer gran vómito público. Y ellos siguieron: “Es por los niños, es por la seguridad”. Claro, camarada. La revolución necesita jardín y alarma.

Pedro Sánchez le regaló el Ministerio de Igualdad en 2020. Cartera inventada para ella, presupuesto inflado y poder para joderle la vida a medio país. Y ahí parió dos joyas:
La Ley de Libertad Sexual, la famosa “solo sí es sí”
Buena intención sobre el papel, decían. Consentimiento explícito, fin de la distinción entre abuso y agresión. Resultado: más de mil doscientos violadores y pederastas con condenas rebajadas, más de cien excarcelados antes de tiempo. Los jueces aplicaron la ley que ella había escrito con tinta de ideología barata. Irene tardó meses en reconocer el desastre. “Es propaganda machista”, repetía con esa voz calmada de terapeuta. Mientras las víctimas veían a sus agresores salir a la calle, ella culpaba al Poder Judicial, a la derecha, al patriarcado. Nunca a su propia mierda de redacción.
Luego la Ley Trans
Autodeterminación de género sin casi requisitos, desde los dieciséis o menos en la práctica, borrando el sexo biológico como quien borra un garabato. Las feministas de verdad se le echaron encima gritando que estaba vendiendo a las mujeres. Irene las llamó TERFs, tránsfobas, fascistas con vagina.
Dividió al feminismo en dos bandos que se odian más que a Vox.
Y luego estaban las lágrimas. Porque Irene llora en público como otros mean contra la pared. Lágrimas de cocodrilo que nunca aparecieron por las víctimas de sus leyes, sino por su propio ego herido.

Su ministerio fue un puto despilfarro: Falcon con toda la familia, asesores enchufados que acabaron procesados, campañas millonarias contra el machismo mientras las estadísticas seguían igual de negras.
La echaron del ministerio en 2023. Yolanda Díaz y el PSOE la tiraron como se tira un condón usado. Podemos se hundió y ella acabó de eurodiputada en Bruselas.
Desde su sueldo de europarlamentaria sigue viviendo en el chalet de Galapagar, porque claro, la coherencia es para los pringados.
Irene Montero es la perfecta impostora de esta época de mierda. Psicóloga que nunca curó a nadie, revolucionaria que vive de hipoteca pública y herencia, feminista que dividió al feminismo y puso en la calle a violadores. Madre que criticaba los permisos de maternidad largos mientras criaba a sus hijos con niñeras pagadas por todos.
Al final, como todos los salvadores de baratillo, se convirtió exactamente en lo que decía odiar: parte de la casta, con chalet, con privilegios, con lágrimas estratégicas y un currículum lleno de fracasos que costaron libertad y seguridad a mujeres de verdad.
Tania Sánchez debe de reírse amarga en algún rincón, viendo cómo la que la desplazó ahora mendiga relevancia en Bruselas.
La vida es un bar de mala muerte. Entran tipos y tipas con grandes discursos y salen con las manos llenas de billetes ajenos y la conciencia más sucia que el váter de un after. Irene Montero entró gritando revolución y salió con un chalet, dos leyes que fueron un desastre y la costumbre de llorar cuando le tocan el ego.
Y mientras ella sigue en su jardín de Galapagar, el mundo real sigue siendo el mismo: gente currando, facturas que no bajan, violadores que salieron antes gracias a ella y mujeres preguntándose por qué coño nadie habla de la vida de verdad en vez de identidades y consignas de mierda.
Eso es todo. Otra noche, otro vaso vacío, la misma certeza: los que vienen a salvarte suelen ser los que más te joden. Irene fue una de ellos. Guapa. Inteligente. Letal. Y absolutamente prescindible.
*Irene Montero ya no puede ni con Mónica Oltra | Última Hora y Noticias de España | Nuestra España







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