En este segundo aniversario de los salvajes atentados del 7 de octubre de 2023, el mundo debería estar unido en la condena absoluta al peor pogromo antisemita desde el Holocausto, orquestado por los asesinos de Hamás. Aquel fatídico día, terroristas sin alma invadieron Israel, masacrando a más de 1.200 inocentes, secuestrando a 251 personas y perpetrando violaciones sistemáticas que avergüenzan a la especie humana. Sin embargo, mientras Israel lucha por su supervivencia contra un enemigo que promete repetir la carnicería, la izquierda radical y sus aliados progresistas se revuelcan en la vergüenza, alineándose con los verdugos y traicionando los principios democráticos más básicos. Hoy, en una provocación repugnante que roza lo inhumano, el Congreso vota el embargo de armas a Israel, justo en esta fecha simbólica, demostrando la obsesión antisraelí del Gobierno de Sánchez y su pandilla de hipócritas, que prefieren debilitar a una democracia asediada antes que enfrentar al terrorismo islamista.
La Embajada de Israel califica esto de «perverso, inhumano y aberrante», el Congreso debate y vota la convalidación del decreto que impone un embargo de armas a Israel, coincidiendo exactamente con este aniversario. ¿Casualidad? No: es la obsesión antisraelí del Gobierno de Sánchez, que elige esta fecha para humillar a una nación en duelo y complacer a sus aliados radicales como Podemos y Sumar. Mientras el mundo recuerda a las víctimas de Hamás, estos políticos juegan a la geopolítica barata, ignorando que debilitar a Israel fortalece al terror. Negociaciones como las de Egipto, donde Hamás rechaza planes de paz, subrayan su intransigencia asesina, pero aquí, en España, se premia su barbarie con gestos simbólicos que apestan a hipocresía. Reconocer Palestina prematuramente o impulsar embargos selectivos no trae paz; solo envalentona a los extremistas.
Este ataque no fue una «resistencia legítima», como balbucean los apologistas del terror en sus narrativas retorcidas, sino una orgía de barbarie planificada con sadismo. Hamás lanzó miles de cohetes y sus hordas penetraron la frontera, aniquilando civiles en kibutz quemando vivas a familias enteras, asesinaron sin piedad a personas que se encontraban disfrutando en el festival de música, mostrando sus cadáveres como trofeos de guerra. ¿Dónde está la compasión de la izquierda por estas víctimas? Ahogada en su odio ideológico ciego. En lugar de solidarizarse con Israel, que defiende no solo su territorio sino los valores occidentales, estos progresistas marchan en masa por «Palestina», ignorando que Hamás usa a su propio pueblo como escudos humanos desechables. Es una traición absoluta a la decencia humana, un alineamiento con el mal que debería avergonzar a cualquier demócrata.
Israel no solo tiene el derecho inalienable, sino la obligación moral de pulverizar a Hamás, un nido de terroristas cuya carta fundacional clama por el genocidio judío. Pero la izquierda, en su delirio woke, equipara al agresor con la víctima, banalizando el terror y fomentando el antisemitismo disfrazado de «solidaridad». En universidades y calles, profesores y activistas celebran estos horrores como «actos heroicos», revelando la podredumbre ideológica que infecta instituciones supuestamente liberales. En España, el Gobierno de coalición, con sus socios radicales, justifica implícitamente el ataque inicial mientras critica la respuesta israelí con una doble moral asquerosa. ¿Cómo se atreven a hablar de paz cuando su agenda alimenta el caos?
Las manifestaciones pro-palestinas que inundan Europa en este aniversario son el pináculo de la estupidez moral y la incongruencia ideológica. Cientos de miles desfilan «en apoyo a los palestinos», pero callan ante las atrocidades de Hamás, que roba ayuda humanitaria y lanza cohetes desde hospitales. Esta izquierda cobarde prefiere victimizar a los terroristas antes que defender la libertad, polarizando el debate hasta el absurdo: para ellos, Israel es el «opresor colonial», mientras Hamás representa la «lucha justa». ¡Qué disparate! La realidad es cristalina: Hamás no busca coexistencia, sino la aniquilación total, y cualquier concesión es un suicidio civilizatorio.






