En un día que prometía paralizar el país y «visualizar la reivindicación obrera» por Palestina, la huelga general convocada ayer por sindicatos como CCOO, UGT y CGT se ha desinflado como un globo pinchado por la realidad. El seguimiento ha sido prácticamente nulo en regiones clave como Madrid, donde portavoces autonómicos la han calificado de «sin sentido» y con una adhesión ínfima. En Baleares, menos del 4% del profesorado secundó los paros, demostrando que los trabajadores españoles priorizan su pan de cada día sobre abstracciones geopolíticas ajenas.
Los líderes sindicales intentaron maquillar el fiasco, evitando hablar de «paralizar la producción» y enfocándose en la «visualización de la reivindicación». Pero los números no mienten: servicios mínimos del 66% en transporte catalán y 30% en el vasco garantizaron que el país siguiera latiendo sin inmutarse. Esta convocatoria, mantenida a pesar del reciente acuerdo de paz en Gaza impulsado por Donald Trump y ratificado en Sharm el-Sheij, revela la desconexión de una izquierda anclada en el victimismo eterno, ignorando que España arrastra problemas reales como el desempleo juvenil al 28% y una inflación que devora salarios.
Y mientras el grueso de la huelga se evaporaba en paros simbólicos de dos horas –de 10:00 a 12:00 o 17:00 a 19:00–, Barcelona se convertía en el epicentro de la vergüenza nacional. Allí, lo que empezó como una manifestación «unitaria» desde la estación de Sants degeneró en terrorismo callejero puro y duro ante el consulado de Israel, con radicales lanzando cohetes, quemando contenedores y rompiendo escaparates de comercios. Los Mossos d’Esquadra respondieron con cargas y gas pimienta, resultando en 15 detenidos –once menores– y un caos circulatorio que paralizó la Diagonal y la Ronda del Mig.
«Ya no se trata de la paz, es puro odio contra Israel», denunció con crudeza la encargada de negocios israelí en España, Dana Erlich. ¿Apoyo al pueblo palestino? Más bien un pretexto para vandalismo: barricadas en Maria Cristina, ataques a restaurantes como Burguer King, McDonald’s y boicots fallidos al equipo de baloncesto Hapoel Jerusalén, donde piquetes intentaron impedir su salida del Hotel Barceló Sants. En Valencia, cinco detenidos más por desórdenes similares, con petardos y salvas al aire.
Este espectáculo no es solidaridad; es antisemitismo disfrazado de progresismo, financiado por una izquierda que olvida que Israel es el único baluarte democrático en Oriente Medio frente al fanatismo yihadista. Estas «protestas» ignoran el alto el fuego real en Gaza, optando por el caos en lugar del diálogo. ¿Debate de ideas? Claro: ¿Cuánto más vamos a tolerar que turbas quemen España en nombre de una causa que, con paz en el horizonte, solo sirve para desestabilizar? Debemos exigir mano dura contra estos agitadores, priorizando la seguridad nacional sobre caprichos ideológicos. España merece estabilidad, no hogueras callejeras.






