Como que ya nadie sabe nada, hay que volver a explicar de tanto en cuando que César fue desde el principio el candidato de las clases populares frente a las élites senatoriales y su inmovilismo. El cesarismo no es conservador, sino contestario: surge por oposición a los privilegios tradicionales y propone siempre una simplificación del sistema, una eliminación de estratos intermedios, una forma de acción política directa. Desde la izquierda (es decir desde la pura imbecilidad) se intenta hacer pasar a los cesarismos como formas encubiertas de tiranía, pero hay demasiados matices que invalidan esa visión. Para decirlo de manera simple, el cesarismo responde a un ideal de apertura de los espacios, de limpieza de elementos parasitarios y de devolución de soberanía a aquellos que venían estando limitados por las restricciones del sistema.

Los sectores del establishment progresista ven el modo en que el mundo cambia delante de sus narices y entran en pánico, en revuelo gallináceo, en histeria ideológica. ¿La democracia liberal está en riesgo? No es que esté en riesgo, es que está acabada. El nuevo mundo multipolar (Pekín, Moscú, Washington) reconoce que ya hace tiempo que estamos viviendo en regímenes de partido único. Por ejemplo, en España nos gobierna un uniparty cuya sede está en la Carrera de San Jerónimo. En las elecciones sólo entran en competencia las distintas corrientes de ese único partido que acepta la monarquía borbónica de balandros y lujurias, el oligopolio del sistema bancario y el crecimiento tumoral y asfixiante de las castas burocráticas sostenidas a costa de la asfixia de las clases medias a través de una fiscalidad vampírica y una inflación artificialmente provocada. En China, donde las cosas se presentan en su más natural crudeza, el maoísmo se ha convertido en un capitalismo orwelliano y nadie pierde el tiempo en marketings electorales. En la Rusia de Putin y Aleksandr Dugin, el liberalismo mismo ha sido desterrado en nombre de la tradición, la fe y el patriotismo. En USA, el movimiento MAGA ha superado la distinción entre republicanos y demócratas y propone, antes que nada, la vuelta al sentido común, la propiedad privada y la seguridad de las calles, además del abandono de políticas de influencia global: America first.

Trump escandaliza a los bienpensantes europeos por el simple hecho de que ejerce de forma ejecutiva el poder ejecutivo: manda a la Guardia Nacional a Chicago y acaba con el crimen callejero en una semana, establece que solo existen dos géneros con una firma presidencial que dura cinco minutos, lanza una política de aranceles que viene a decir a los aliados “yo cuido de mi gente, cuidad vosotros de la vuestra y luego empezaremos a entendernods”. En la Unión Europea todo esto suena a película de terror, porque están ocupados en la extensión de las castas burocráticas y en la financiación de todo tipo de locuras ideológicas en los cuatro confines del orbe. Cuando no se subvenciona a las lesbianas saharauis o a los paralíticos birmanos, se suben los impuestos para que no se derritan los hielos, como si la temperatura del planeta fuera regulada mediante la asfixia fiscal de los ciudadanos.
Hay una dimensión oculta del fenómeno de la inflación que suele pasar desapercibida y que este cronista aprendió del gran Alejandro Espinosa: no hay inflación económica sin inflación ideológica. ¿Qué significa la inflación económica? Que tu billete de cien euros cada vez es menos capaz de conseguir bienes y servicios en el mercado. ¿Qué significa la inflación ideológica? Que tus verdades simples y naturales cada vez son menos capaces de funcionar como guía de una vida honesta, próspera y sencilla. El paisaje de la inflación económica es el del surgimiento constante de formas voraces de succión del poder adquisitivo; el paisaje de la inflación ideológica es el del surgimiento constante de doctrinas absurdas, tóxicas, desnaturalizadas, que hacen que el legado de las verdades más sencillas (heredadas de nuestros mayores) tenga que operar en un bosque de cretinismo salvaje donde se hace casi imposible la orientación moral. Aquí la clave consiste en entender que una cosa no puede funcionar sin la otra. La extracción continua de poder adquisitivo necesita de una población desnortada, confusa, atontada hasta el entumecimiento. En este sentido los nuevos cesarismos comienzan con una higiénica simplificación del mercado ideológico: ni el planeta se enfriará porque paguemos más impuestos, ni Hamás es progresismo, ni existen las mujeres con pene ni hay motivo para sostener a una casta funcionarial y política que todo lo devora para su propio provecho.

Para entender la nueva época hay que haber escuchado a sus nuevos apóstoles, Steve Bannon desde occidente y Aleksandr Dugin desde oriente. Recuperemos dos lemas luminosos de Dugin para entender lo que está sucediendo:
- Toda política es geopolítica. No existen algo así como recetas universales que no contemplen el lugar, la tradición, la circunstancia histórica. Lo que vale para Dinamarca no tiene por qué valer para Egipto o Camboya. La Europa obtusa de la UE ve defectos en todas partes y se lanza a corregir el machismo en Madagascar o la transfobia en la Antártida. En el nuevo paradigma, los problemas de los etíopes son cosa de los etíopes, que ya son mayorcitos para pagar sus propias facturas. Si tanta necesidad tienen, que le peguen fuego a todo y acarreen con las consecuencias.
- El ser humano es cualquier cosa menos un individuo. En algún momento hay que poner coto al socratismo. El mundo woke no es más que ultraliberalismo, un escenario en que la esfera de decisión individual se ha llevado al paroxismo y alguien puede ponerse una falda y exigir entrar en el vestuario de las niñas. Vuelve el patriotismo, vuelve el paradigma del héroe, en forma de Charli Kirk o de Darya Dugina, la moral del que se sacrifica por lo común, con la mirada no puesta en un “futuro de progreso” (lo que Dugin llama el tiempo horizontal) sino en los valores trascendentales (lo que Dugin llama el tiempo vertical). El héroe no va hacia el futuro, va hacia el cielo.
La estampa de Trump ensangrentado, con el puño en alto gritando “fight, fight, fight” es el icono de los tiempos que vivimos. Ese tipo de mensaje no tiene cabida en instituciones macilentas como el Parlamento Europeo, ni va a dirigido a ninguno de los doscientos mil concejales por metro cuadrado que engordan a nuestra costa. Es un mensaje lanzado de manera directa a las clases populares. Levantaos, retomad vuestro orgullo, vuestro linaje, vuestra tradición, vuestro derecho natural a la legítima defensa frente a una civilización en decadencia. Esto ya no va de izquierda / derecha, de progresismo / conservadurismo. Llega Bukele, limpia las calles y las familias pueden volver a caminar tranquilas por las calles por el procedimiento insólito de meter a los criminales en la cárcel. Llega Orban y blinda sus fronteras, llega Milei y cierra ministerios como quien espanta moscas durante una siesta de verano. Acción directa, en nombre del más básico sentido común, saltándose todas las instancias intermedias.
La cuestión es que todo esto ya no es opinable: ha sucedido. No querer adaptarse es como no querer abrigarse en invierno o refrescarse en verano. ¿Cuál es la forma de navegar esta nueva época? Primero, reconocer los hechos. En España nos gobierna un partido único, cuya sede es el Congreso de los Diputados, que obedece solamente al Banco Central Europeo y a sus cómicas franquicias políticas. Cualquiera que intente explicar otra historia, está envenenando el ambiente y debe ser repudiado. En segundo lugar, la desobediencia luminosa y cotidiana, a ser posible en forma de microsabotajes y buen humor. Evitar pagar impuestos como sea, evitar participar en falsos debates tóxicos, evitar el idioma de los burócratas. En tercer lugar, recuperar la fe, la tradición, el amor por la familia y la patria, la moral heroica. El experimento de la laicidad ha salido mal y debe ser abandonado: vamos a recuperar la noción de lo sagrado, a enseñarla a nuestros hijos y a combatir hasta al final a quien se interponga en este camino.






