Sucede en los cambios de época que una generación vuelve a descubrir lo que siempre estuvo ahí. El ejemplo clásico es “Las penas del joven Werther”, de Goethe, en la que el protagonista, ejemplo sumo del espíritu romántico, gustar de caminar por el campo embriagándose de la belleza natural. La modernidad había obrado su maleficio y para un joven pasear entra las arboledas era una experiencia novedosa, la apertura a un mundo nuevo, dado que ya dos siglos de vida burguesa habían creado un nuevo tipo de ser humano (el “ciudadano” del ethos revolucionario) para el cual un bosque de hayas suponía una maravilla insólita.
Algo similar está sucediendo en #España respecto de nuestra tradición #católica. Transcurridos cincuenta años desde la muerte de #Franco, la rebeldía iconoclasta de la movida madrileña y la chaqueta de pana de Alfonso Guerra suenan para los jóvenes como elementos anquilosados de los libros de historia. Décadas de hegemonía progresista han provocado que las nuevas generaciones hayan crecido en un ambiente de laicismo precocinado y ahora la mera idea de entrar en un convento les suene a cosa exótica, transgresora y novedosa. Ya no están empalmando con la vida piadosa de sus bisabuelas, con su rosario y su copita de anís: están tanteando un paradigma de refutación total del postmodernismo woke que la cultura hegemónica les ofrece.
No se trata, pues, de un #movimiento reaccionario, sino de una auténtica exploración generacional. Cualquiera que haga vida de Iglesia a ras de parroquia sabe que el llamado “invierno vocacional” que siguió al Concilio #Vaticano II ha pasado hace tiempo y vivimos una primavera. El catolicismo se ha reconfigurado y aceptado su posición, lejos de privilegios y alianzas con el poder político, y desde allí vuelve a ejercer su función de auxilio espiritual. La vida conventual, en especial, brilla con una luz nueva a los ojos de los jóvenes, que contemplan los votos de pobreza, obediencia y castidad con una mirada que nada tiene que ver con la de quienes votaron a Felipe en el 82. ¿Pobreza? Lo que me ofrece el mundo es un mercado laboral inhumano en el que a duras penas podré conseguir una habitación compartida. ¿Obediencia? Quizás sea mejor obedecer a la llamada de mi alma que a los algortimos vampíricos de Tiktok e Instagram. ¿Castidad? La hipersexualización y la pornografía (física y emocional) no parece que puedan ser cimiento de una auténtica felicidad integral.
La historia que narra “Los domingos” es algo más que la de una chica que opta por la vida conventual, es la de una generación que ha detectado la trampa del progresismo y vuelve a tener ganas de explorar, de encontrar espacios de autenticidad, de discutir los fundamentos de una cultura deshumanizadora. Bienvenidos sean los nuevos tiempos.






