En un arrebato de furia ideológica que expone la intolerancia del comunismo latinoamericano, el presidente colombiano Gustavo Petro ha atacado con dureza al recién electo presidente de Chile, José Antonio Kast. Lo ha calificado de «nazi» y ha jurado no extenderle la mano, ni a él ni a su hijo. Este escándalo diplomático refleja el pataleo de un izquierdista radical incapaz de aceptar la voluntad popular cuando favorece la libertad sobre la opresión. Mientras el mundo celebra el triunfo democrático de Kast, Petro se aísla en su retórica de odio, recordándonos el fracaso del socialismo del siglo XXI.
El conflicto surgió tras la victoria de Kast en las elecciones presidenciales chilenas del 14 de diciembre de 2025. El líder conservador derrotó a la candidata izquierdista Jeannette Jara con promesas de mano dura contra el crimen y la inmigración descontrolada. Petro respondió en una publicación en X: «El fascismo avanza, jamás le daré la mano a un nazi y a un hijo de nazi, tampoco; son la muerte en ser humano. Triste que Pinochet tuvo que imponerse a la fuerza, pero más triste ahora es que los pueblos elijan su Pinochet: elegidos o no, son hijos de Hitler y Hitler mata los pueblos». Esta declaración no solo ignora el mandato democrático de los chilenos, sino que revela la hipocresía de Petro, un exguerrillero del M-19 que ahora se presenta como defensor de la paz mientras difama a líderes electos.
¿Quién es el verdadero extremista? Kast, un católico devoto y padre de nueve hijos, representa el rechazo al caos izquierdista bajo Gabriel Boric: aumento del crimen, inestabilidad económica y oleadas migratorias. Fuentes como The New York Times destacan que Kast «ha prometido revertir el reciente aumento de la delincuencia violenta en Chile». Por el contrario, Petro gobierna un Colombia sumida en el caos, con reformas fallidas que han agravado la desigualdad y la inseguridad. The Economist lo describe como un «presidente nefasto que se desespera». Petro critica a Kast por su herencia familiar –su padre fue miembro del Partido Nazi en Alemania–, pero ignora su propio pasado terrorista, con tomas armadas y secuestros. Esta doble moral es típica del comunismo: acusar a otros de lo que uno practica.
El gobierno chileno reaccionó con firmeza. Bajo Boric, enviaron una nota de protesta diplomática a Colombia, calificando las palabras de Petro como «inaceptables» y una «falta de respeto» a la soberanía chilena. Diputados chilenos como Diego Schalper exigieron respeto: «Cuando un presidente extranjero se refiere de manera tan despectiva a aquel que ha sido electo presidente de Chile, el Gobierno no puede permanecer impávido». Incluso líderes izquierdistas como Lula de Brasil y Claudia Sheinbaum de México felicitaron a Kast, deseándole «mucho éxito» y promoviendo la cooperación regional. Esto deja a Petro aislado en su rabieta.
Este episodio plantea un debate clave: ¿puede la izquierda aceptar la democracia solo cuando gana? Petro, al compararse con figuras como María Fernanda Cabal o Marco Rubio, muestra su paranoia ante el avance conservador en Latinoamérica –desde Milei en Argentina hasta Kast en Chile–. Fuentes como The Rio Times indican que la victoria de Kast es un «test de estrés» para el hemisferio, con celebraciones de líderes pro-libertad y nerviosismo en círculos progresistas. El comunismo, encarnado por Petro, no debate ideas; las impone con insultos y divisiones. Mientras Kast promete unidad y firmeza contra el crimen, Petro alerta sin pruebas sobre amenazas a la tumba de Pablo Neruda, como si Kast fuera un monstruo de sus fantasías.
En redes sociales, la reacción ha sido contundente. Por ejemplo, Agustín Antonetti aplaudió la nota de protesta chilena: «Aplausos para Chile, dando clases de civismo a Gustavo Petro». Alerta News 24 citó directamente las palabras de Petro, generando miles de interacciones críticas. En Colombia, Edwin Maldonado cuestionó: «Petro dice que no le da la mano a un presidente elegido democráticamente, pero se la da a un presidente de una dictadura». Estos posts ilustran el rechazo general a la intolerancia de Petro.
La elección de Kast marca un triunfo para la derecha sensata y un golpe al comunismo decadente. Petro, con su aislamiento, acelera su propia caída. Latinoamérica necesita líderes como Kast, no demagogos que siembran odio.





