Por Enrique J. Ortiz

Se siente en el aire
Se siente en el aire, como ese aroma a tierra mojada que precede a la tormenta necesaria, o como el crujido de la madera vieja en el caserón que ha soportado demasiados inviernos de olvido. Europa, esa madre cansada de escuchar cantos de sirena en lenguas extrañas, parece haber comenzado a abrir los ojos tras un largo letargo de sombras y desamparos. No es un movimiento espasmódico, ni el capricho de una tarde de sol; es el latido estructural de un pueblo que, harto de que le arrebaten el suelo que pisa y el nombre de sus abuelos, ha decidido volver a la verdad del surco.
Dicen los hombres de gris, esos que habitan los despachos de cristal en Bruselas y que han olvidado el callo de la mano trabajadora, que este giro es una anomalía, un error de la historia. Pero se equivocan con la soberbia de quien mira el campo desde la ventana de un tren en marcha. Lo que estamos presenciando en este mayo de 2026 no es un retroceso, sino una corrección, un retorno a la cordura de las naciones frente a los excesos de un progresismo que quiso diluirlo todo en un caldo sin sabor.
La vieja Europa ha dicho basta
La vieja Europa ha dicho basta. Basta de ver cómo sus fronteras se vuelven hilos de humo ante una inmigración a la que le han enseñado a no respetar la casa que la acoge. Basta de una economía que asfixia a la clase media, donde el pan cuesta más que la esperanza y la vivienda se ha vuelto un lujo prohibido para quien suda la frente cada mañana. La gente, la de verdad, la que no sale en las crónicas de salón, siente que le han robado la seguridad, no solo la de sus calles, sino la de su propia identidad.
Miremos el mapa, ese tapiz de pueblos que hoy recuperan su color. En Italia, el sol de la derecha brilla con la firmeza de quien ha venido para quedarse, con una coalición que aglutina el treinta por ciento de las voluntades, demostrando que se puede ser pragmático sin dejar de amar a la patria. En la Francia de las luces, que tanto tiempo estuvo a oscuras, el avance de la Agrupación Nacional parece ya una fuerza de la naturaleza, un destino inevitable que lidera las encuestas con un tercio de la nación respaldando el nombre de Le Pen y Bardella.
*Por qué avanza la nueva derecha
Incluso en las tierras del norte, donde el viento suele ser más frío, las brasas del patriotismo están más vivas que nunca. Alemania, esa locomotora que parecía condenada a la inercia del centro, ve cómo la Alternativa para Alemania (AfD) se consolida como la segunda fuerza nacional, recogiendo el descontento de quienes rechazan el ecologismo regulador y el centralismo asfixiante de la Unión Europea. En Austria, el FPÖ ya es el primer partido, y en los Países Bajos, el eco de Wilders resuena en las estancias del gobierno. Es un incendio que no se apaga con discursos apocalípticos, porque el combustible es la realidad misma.
Y qué decir de nuestra España, esta piel de toro

Y qué decir de nuestra España, esta piel de toro que siempre llega a las citas con la historia europea con su propio paso. Aquí, el bloque de las derechas patrióticas camina con la seguridad del que sabe que el tiempo de los artificios se agota. El gobierno actual, desgastado por una corrupción sistemática y desbordada, por los pactos con quienes quieren romper el espejo donde nos miramos y por una gestión de la inmigración que ignora el sentir del pueblo, ve cómo su suelo se agrieta. Las encuestas no mienten: la victoria de las derechas en 2027 se perfila como una mañana clara tras una noche de tormenta, con una intención de voto que roza la mayoría absoluta y que habrá que vigilar para que no los desvíen esos centristas que están en la nada ni los políticos profesionales de la llamada ultraderecha.
Es especialmente conmovedor observar a los jóvenes. Aquellos que los sabios de café daban por perdidos en el nihilismo de las pantallas, son ahora quienes más buscan el refugio de lo propio. En España y en el resto del continente, los varones jóvenes están volviendo sus ojos hacia la derecha radical, cansados de políticas que les señalan y de una «cultura woke» que pretende reescribir su naturaleza. No buscan odio, buscan certezas; no buscan muros, buscan la puerta de su propia casa.
Perdido el norte y el sur
Los partidos tradicionales, ese bipartidismo que ha perdido el norte y el sur, asisten impotentes al espectáculo. Han intentado los «cordones sanitarios», ese invento de quienes tienen miedo a la voluntad popular, pero las vallas solo han servido para que el mensaje patriótico salte más alto. No han sabido entender que la seguridad no es solo un despl






