Hay muy buenos motivos para considerar el siglo XX como el segundo Siglo de Oro de las letras españolas: de las boinas y anises del 98 a los elefantes y malabares de Gómez de la Serna; del señoritismo lírico del 27 a las vanguardias secretas de un Carlos Edmundo d’Ory o un Miguel Labordeta; del bestialismo totalizante de Cela a la finura diaria de un Ruano o un Umbral; de la Barcelona burguesa de Barral y Gil de Biedma a la Barcelona del boom de García Márquez o Vargas Llosa. Pero todo aquello ya pasó: ahora los premios de novela se los llevan los presentadores de televisión.
Juan del Val es una versión refinada de todo lo que está mal en #España. No es de izquierdas, desde luego, pero no es de nada en concreto. Opina sobre lo que le echen y es considerado gracioso solo porque es alto y Pablo Motos tiene carita de cangrejo. Forma una peculiar power-couple con Nuria Roca, que ha llegado a lo más alto de toda esta bajura siguiendo el curioso método de evitar cualquier manifestación de auténtico talento, más allá de unos ciertos modales de sobremesa constante.
No estamos, por supuesto, criticando a la editorial Planeta, que es muy libre de dar sus premios a quien quiera. Al paso que van, raro será que no acaben dándoselo a Sarah Santaolalla. Allá ellos, que con su caldo hacen su sopa. Lo que queremos hacer notar es que hemos alcanzado una situación en la que los referentes de opinión son el amigo del Val, el camarada Broncano y la peluquera de Ana Rosa Quintana. La misma España que atravesó el siglo XX apoyándose en Unamuno, en Ortega, en Julián Marías, en Eugenio d’Ors, en Tierno Galván, en Aranguren, en Escohotado, ahora busca sus referentes intelectuales en los reels de Instagram y en los chistecitos televisivos de las nueve de la noche. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Esto nunca puede acabar de saberse, claro está, pero sí parece que nuestro presente, frente al pasado inmediato, tiene un preocupante aspecto de bebedero de patos.
Estas cosas no suceden por casualidad. Una época de izquierdismo putero y traidor necesita un respaldo intelectual a la altura. Si Oscar Puente ha de estar haciendo entrevistas, no puede permitirse que una hora antes haya pasado por los micrófonos alguien mínimamente capaz de juntar sujeto y predicado. Si Irene Montero ha de poder aparecer ha de poder aparecer hablando de “les niñes” envuelta en un pañuelo palestino, ha de mantenerse el nivel en algún lugar entre la abeja Maya y el oso Yogui. Así, entre otras cosas, podemos tener al personal convencido de que todo se solucionará cuando llegue Feijoo con todas sus Gamarras a cuestas.






