La idea no es tan nueva ni tan brillante. De hecho, viene de Julio Anguita y de la época en que el PCE post-Carrillo escogió disfrazarse de Izquierda Unida (hasta el día de hoy). Suena bien y hasta tiene cierta lógica: con el sistema de sufragio por circunscripciones, los restos que no obtienen representación se pierden, de tal manera que lo importante es sobrepasar ese listón mínimo, juntándose con quien sea, prometiendo lo que sea. Rufián esta semana se preguntaba: “¿qué sentido tiene que se presenten catorce izquierdas diferentes defendiendo lo mismo?”. Ya se ve que la idea suena bien, suena a astuta estrategia. El problema viene después, con el choque contra la realidad.
La izquierda se divide y se subdivide ella solita, hasta atomizarse de manera ridícula, creando escisiones de escisiones, sin que nadie le obligue. Este es su pecado y es un tipo de pecado original, porque tiene que ver con aquello que nutre esencialmente a la izquierda en lo ideológico, a saber, su raíz marxista. Una filosofía que solo entiende el movimiento a partir del conflicto (la dialéctica histórica) va a necesitar el conflicto para moverse. Es tan sencillo como esto. Según el esquema hegeliano, en el cual se basó Marx, tan pronto como surge una tesis, surge su antítesis y se crea un conflicto que generará movimiento. De modo que no importa lo que diga un iluminado del PCE, de la CUP, de Podemos, del BNG o de Bildu o de la madre que los parió a todos. En el mismo momento en que abra la boca, alguien propondrá una tesis radicalmente contraria y el gallinero comenzará a alborotarse. Eres progresista, pero no anticapitalista; eres anticapitalista, pero no feminista; eres feminista, pero no por trans; eres pro trans, pero no ecologista; eres ecologista, pero no animalista; eres animalista, pero no vegano; eres vegano, pero no independentista. Y así hasta el infinito.
Sobre unos cimientos filosóficos que niegan la unidad no puede construirse la unidad, ni que sea para hackear el sistema electoral. En tiempos recientes, Podemos llego a sobrepasar los setenta diputados, solo para implosionar a continuación en una ordalía de conflictos internos catastróficos, innecesarios, ridículos hasta lo hilarante. Es por eso que la operación Rufián está condenada al fracaso. Dicho de manera más general, es por eso que la extrema izquierda está condenada a ocupar espacios marginales.
La izquierda es en sí misma una semilla de discordia, de desencuentro, de desunión. La búsqueda de un mínimo común y aglutinador va contra la propia naturaleza de su discurso. Una sólida posición institucional requiere una cierta uniformidad operativa y en el ADN de la extrema izquierda está la idea marxista de conflicto como motor de la historia. Es un callejón sin salida, una apuesta inútil, una pérdida de tiempo. En la raíz fundacional está la razón de su fracaso – por tanto, para la salud de la nación, de hecho, es bueno que todos estos energúmenos estén entretenidos en este tipo de estrategias. Les mantiene ocupados logrando nuevas cotas de irrelevancia. Por muchos años.
También te puede interesar:
*Pulso en Vox: Ortega Smith se atrinchera en Madrid y desafía el liderazgo de Abascal | Última Hora y Noticias de España | Nuestra España
*Jean-Luc Mélenchon, la ignominia comunista | Última Hora y Noticias de España | Nuestra España







Comentarios 1