Acabadas las borrascas y vendavales, llega la Cuaresma, tiempo de meditación y penitencia en lo teológico, de desnudez rasposa en lo popular. Hace tiempo que la Cuaresma se convirtió en algo privado, que parece no tocar la vida pública, pero no es cualquier cosa que millones de personas vayan a pasar unas cuantas semanas intentando purificar su relación con Dios. Más allá del folklore, se tocan venas profundas de lo comunitario.
El catolicismo es una religión dramática allí donde el protestantismo es una religión conceptual. El catolicismo es la noticia de que una determinada historia, una determinada trama de acontecimientos, es accesible de nuevo y para siempre en el rito sagrado, en el momento sacramental. Cuando Lutero cercena la vida sacramental, mata también el relato y aísla a Dios en un silencio lejano, donde solo puede ser objeto de fe, nunca de contacto tangible. La Cuaresma es el único momento no festivo del catolicismo, no celebratorio; es el único momento orientado al futuro y no al presente. Allí donde Lutero dejó un vacío en el corazón del hombre, el catolicismo instala una disciplina de vaciamiento que en Cuaresma toma todo el protagonismo.
Nada define mejor a la España actual como la vulgaridad y no hay cosa menos vulgar que la cuaresma, con su sentido estricto de refinamiento espiritual. España ha ido a parar a una inercia ramplona y ruidosa, de malos modales y medias verdades, que ha sustituido a la España polvorienta e ignorante contra la que se alzaron las voces del 98. Valle Inclán quiso enganchar a España a la modernidad por la vía del esteticismo, Machado optó por un ateneísmo de media tarde y Unamuno la emprendió a patadas verbales con los restos del imperio, pero todos ellos tenían una España que levantar, que iluminar, que sanar. Ahora nuestra España lo que necesita es una ducha y una llamada al orden. La ruina del 98 fue la de una debilitación de las fuerzas vitales, una carcoma de las potencias; la nuestra es la de la histeria verdulera y la total ineficacia. La Cuaresma es tiempo de sutilidad, de ligereza, de reorientación. De tomar consciencia acerca de lo que sobra y lo que es esencial. No podría imaginarse un remedio mejor para la situación en la que nos encontramos.
España es católica o no es: cualquier experimento laicista o multicultural no puede más que debilitarla, porque nació justamente de la articulación de la fe como cimiento del relato común. Esto no quiere decir que haya que obligar a la gente a comulgar los domingos, sino que señala cual es la raíz que no debemos perder. En lo social, en lo político, la visión católica no se corresponde ni con las izquierdas ni con las derechas ni con ningún otro fruto ideológica de la modernidad – para empezar, porque pone en el centro lo sacramental (la presencia tangible de Dios en la eucaristía) como eje de articulación comunitario. El mundo católico está impregnado de divinidad y gracia frente al desierto angustioso del protestantismo. Dicho de manera caricaturesca: el mundo católico es Fellini y el mundo protestante es Ingmar Bergman. Si nosotros sabemos beber y perdonar y flexibilizar lo moral, ello proviene del sentido esencial de regeneración que provee, de manera constante y luminosa, la visa sacramental. El problema es que el catolicismo no dio una sola teoría política moderna: el liberalismo, el socialismo y el nacionalismo son productos del norte y los fuimos importando uno a uno a pesar de su total improductividad. En Cuaresma llega el tiempo no solo de mirar por el destino del alma, sino también por el destino de la comunidad, del pueblo de Dios, de la iglesia peregrina. Y una verdad debe ser recordada: no hay posibilidad de un catolicismo “privado” o “personal”, eso es un invento luterano. España jamás funcionará con un espacio público no tocado por lo sacramental. Demasiado tiempo hemos estado dando al César lo que es del César, ahora toca recordar que también hay que dar a Dios lo que es de Dios.






