Hay una enfermedad que recorre la política española: el cálculo. Todo se mide, se pospone, se ensaya. Se gobierna con encuestas, no con principios. Lo que algunos en el PP llamaron “superdomingo electoral” —esa gran jornada donde varias autonomías votarían a la vez— es el ejemplo perfecto de ese mal: una idea lanzada para impresionar titulares, no para resolver problemas.
Mientras los estrategas de Génova juegan al ajedrez, los españoles siguen esperando decisiones reales. No sabemos si la ira de los barones caerá sobre María Guardiola al convocar elecciones anticipadas en Extremadura en diciembre. Al menos ha decidido hacer algo distinto y arriesgado. Algo tan ajeno al PP que podría identificarla más afín a otros grupos con más agallas. Al menos tiene algo que escasea en la política actual bipartidista: determinación.
PP y PSOE han puesto de moda una nueva forma de gobernar: prolongar el calendario al calor del sillón sin tomar decisiones ni asumir riesgos. Guardiola no parece compartir esta cobardía, lo que hace dudar si realmente comparte más cosas con sus compañeros de partido, cómodos en su tibiez.
El PP o “El partido bienqueda”
Carlos Mazón, por el contrario, encarna la otra cara del PP: la cautela que paraliza. En Valencia, el discurso oficial es la “estabilidad”, pero a menudo la estabilidad es una forma elegante de decir “no tocar nada”. El PP lleva años intentando contentar a todos y acabando por decepcionar a muchos.
Mientras Feijóo mide los tiempos, permite que el PSOE se recomponga, en lugar de dar el golpe de gracia que, entre los escándalos de Sánchez, sería muy fácil. Pero para eso habría que ser valiente. Y hace mucho que no vemos un PP valiente. Mucho…. Y Vox —que ha sido acusado de todo menos de incoherente— observa desde fuera cómo los partidos tradicionales siguen atrapados en su propio cálculo.
El desgaste del PSOE
El socialismo de Pedro Sánchez vive de la retórica de la resistencia. Cada crítica se convierte en una supuesta conspiración, cada investigación, en “ataque personal”. Pero la realidad es tozuda: los casos que rozan su entorno familiar y el desgaste de su gestión pesan más que cualquier discurso. El problema del PSOE no es que lo critiquen; es que ya los españoles no le creen.
La erosión del socialismo no necesita enemigos externos: la producen sus propias contradicciones. Hablar de igualdad mientras se gobierna a golpe de decreto y se desprecia la separación de poderes no convence a nadie fuera del círculo de fieles.
Vox, el voto incómodo que sigue creciendo
Y mientras tanto, Vox ocupa un espacio que nadie más quiere: el de la voz incómoda. Ni busca el “superdomingo”, ni teme al adelanto. Su posición es clara: que cada comunidad decida su destino sin someterse a los caprichos de Génova o Ferraz.
Cuando Vox advierte al PP de no repetir “el error del 23J”, no lo hace por oportunismo, sino por memoria. Aquel día muchos dieron por hecho un resultado que nunca llegó. Hoy, los mismos vuelven a vender victorias antes de ganarlas. Y ese exceso de confianza —más que la izquierda o los medios— puede ser lo que frene al bloque del cambio.
La política del calendario
El “superdomingo” se ha convertido en un espejismo mediático. La transparente piel de su indecisión y el tiro por la culata, pues la doble hoja de los medios ahora delata su ineficacia públicamente: “¿es un pájaro?, ¿un avión?, ¿Superdomingo?” Pues no…
…no era nada…
…No habrá nada
No habrá una gran jornada donde España vote en bloque; habrá una sucesión de elecciones locales, cada una con su contexto y su verdad. Y quizás sea lo mejor.
Porque lo que el país necesita no es una foto de unidad forzada, sino liderazgos con convicción. No más cálculos, no más encuestas, no más miedo a perder el sillón.
El ciudadano medio está cansado de la política del “ya veremos”. Necesita certezas, no promesas; La extrema situación que atraviesa el país necesita hechos, no titulares. Y si algo enseñan estos meses es que quienes actúan con firmeza, aún a riesgo de equivocarse, son los únicos que conservan credibilidad.
España no necesita superdomingos ni chorradas mediáticas. Necesita acciones inmediatas y políticos con agallas sin miedo a las viejas de visillo de los periódicos.






