En medio del ruido constante, ha pasado sin recibir mucha atención una noticia que supone un cambio de época en el deporte: el Comité Olímpico Internacional ha ordenado que los atletas participen en las categorías que se correspondan con sus cromosomas. Se acabó el fraude constante de hombres compitiendo en competiciones femeninas y arrasando en el medallero, se acabó la murga de llamar fascistas a quienes estuvieron protestaron, en los pasados Juegos Olimpícos, por ver a un boxeador argelino aporreando a mujeres en el ring hasta conseguir el oro.
Quizás en ningún otro aspecto la izquierda ha venido haciendo el ridículo como en la cuestión trans. La ideología como distorsión de la realidad, el sentido común más simple y llano calificado de “discurso de odio”, la continua política de borrado de las mujeres. George Bernard Shaw escribió que los malos tiempos se caracterizan por ser aquellos en los que tenemos que defender lo puramente razonable; en este sentido la cuestión trans ha venido siendo el mascarón de proa del neo-fanatismo progresista. Las protestas del feminismo clásico solo sirvieron para que se le calificara de fascista y excluyente; la petición de las deportistas femeninas de mantener sus espacios y sus categorías fue despachada como maniobra de la ultraderecha reaccionaria; la defensa de minorías pintorescas pasó por encima de la tranquila normalidad de las cosas.
¿Cómo pudo llegar a considerarse progresista la mera negación de la realidad? Orwell ya anticipó en su 1984 un Estado totalitario empeñado en la aniquilación de toda sensatez, pero en su profecía no se contemplaba que el Gran Hermano se presentara cantando “Imagine” de John Lennon con guirnaldas de flores y batucadas. La gran trampa conceptual ha sido la manipulación de la idea de tolerancia: si alguien dice que dos más dos son cinco, se nos decía, ese es su estilo de vida y no molesta a nadie. Pero claro, el problema empieza cuando se empieza a explicar que dos más dos son cinco en las cátedras universitarias y en los programas de televisión. Y el asunto se vuelve sangrante cuando para defender que dos más dos son cinco se modifica el cuerpo de miles de niños, ya sea por vía quirúrgica o farmacológica.
Durante todos estos años, tener problemas para distinguir entre fantasía y realidad ha dejado de ser un problema médico (en concreto, uno bastante grave) y ha pasado a convertirse en ideología predominante. Pero esto se ha acabado ya. Los últimos coletazos de la batalla aún durarán un tiempo, pero la gente ha decidido retornar al campo base del sentido común. Por supuesto, en España vamos con retraso y tendremos el honor de formar parte de la orquesta de este Titanic que va camino del abismo. Tenemos broncanos, santaolallas y cintoras de sobra para mantener la tabarra ideológica durante décadas, mientras el dinero público siga fluyendo de manera descontrolada. Pero que no cunda la desesperanza: llegaremos tarde, pero llegaremos.







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