La reciente condena del fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz a dos años de inhabilitación por revelación de secretos en el caso de su pareja, Alberto González Amador, que incluye una multa de 7.200 euros y una indemnización de 10.000 euros, desmonta la maquinaria de lawfare orquestada por Pedro Sánchez y el PSOE contra la presidenta madrileña lo que hace que se consagre como ganadora. Mientras Sánchez la ataca con saña por el éxito imparable de Madrid, el PP interno, liderado por un Alberto Núñez Feijóo pusilánime, la traiciona desde las sombras. La base del partido está con Ayuso, pero la cúpula la odia y no la apoya.
Profundicemos en por qué esta condena representa una victoria rotunda para Ayuso. El Supremo ha fallado que García Ortiz cometió un delito al filtrar un correo electrónico relacionado con la investigación fiscal contra González Amador, revelando secretos en una nota de prensa para desacreditarlo. Esta decisión no solo inhabilita al fiscal general –un peón clave del sanchismo– sino que expone la hipocresía del PSOE, que ha usado la Fiscalía como arma política contra rivales. Ayuso gana porque esta sentencia valida sus denuncias de persecución judicial, demostrando que el Gobierno ha instrumentalizado instituciones para atacarla, todo para querer manchar el modelo madrileño de libertad y prosperidad.
Pero Sánchez y el PSOE no retrocede en su obsesión con Ayuso, precisamente porque Madrid encarna lo opuesto al socialismo clientelar: bajos impuestos, crecimiento económico y atracción de inversiones que eclipsan al resto de España. Este ataque no es casual; Sánchez busca asfixiar el déficit madrileño para «comprar voluntades» de nacionalistas, tal como Ayuso ha denunciado: «Van a frenar a Madrid para comprar voluntades de independentistas». El éxito de Madrid irrita al PSOE, que prefiere una España dependiente y subsidiada, mientras la capital prospera y atrae talento global.
Dentro del PP, las grietas son profundas y vergonzosas. Feijóo, el ‘ministro de la oposición’, actúa con cobardía, manteniendo un perfil bajo ante los escándalos y evitando confrontar directamente a Sánchez. Fuentes internas confirman que la cúpula genovesa ve a Ayuso como una amenaza a su moderación complaciente, boicoteándola en batallas como las primarias o en posturas internacionales, como el conflicto en Gaza, donde Ayuso defiende posiciones firmes sin ceder a presiones. «Internamente la gente está con Ayuso», se escucha en foros conservadores, pero Feijóo se aferra a un liderazgo mermado, incapaz de renovar un partido salpicado por corrupción. Y hablando de eso, la izquierda ahora no parará de agitar el caso de las mascarillas en Almería –siete detenidos, sobreprecios en adjudicaciones– para distraer. Pero, ¿y el PSOE? «En el PSOE unos jetas. Su corrupción empezó en la pandemia con compras fraudulentas mientras sanitarios usaban bolsas de basura», contraataca Ayuso, recordando casos como Koldo o las filtraciones del propio García Ortiz. El doble rasero es escandaloso: mientras condenan al PP por mantener cargos investigados, ignoran su propia cloaca.
Esta condena a García Ortiz intensifica el debate: ¿seguirá el PP traicionando a sus líderes más carismáticos como Ayuso, o apostará por una derecha combativa y unida? Feijóo debe elegir: ¿continuar como apagafuegos del sanchismo o liderar una oposición real? Madrid no es mero territorio; es el faro de una España libre que Sánchez quiere extinguir. La victoria judicial de Ayuso obliga a reflexionar: el lawfare socialista se desmorona, y con él, la credibilidad de un Gobierno que prioriza la venganza sobre la justicia.






